Por Gabriel Otero.
Narra la biografía no autorizada del susodicho escribidor de estas líneas, considerado servidor y amigo de sus mercedes, quien nació vivo y pesó alrededor de diez libras, en San Salvador, El Salvador, Centro América, un domingo a las cero horas con doce minutos del 19 de septiembre de 1965 en la Policlínica Salvadoreña y que según el santoral debió llamarse Jenaro, Acucio, Arnulfo, Ciriaco, Secuano o Trófimo y lo nombraron Gabriel igual que a su tío paterno y Ernesto por el Che Guevara, y que el día de hoy, en la Ciudad de México del año dos mil veinticinco, está de plácemes por cumplir su sexta década de existencia.
Y con ello, se incorpora al sector de los adultos en edad seria o la edad en donde se acercan las verdades y desde ya se le puede expedir una credencial en la que se haga patente, aunque no necesite bastón ni tampoco cojee, que puede utilizar la sección preferencial de asientos del transporte público, sea metro o trolebús, siempre y cuando se cuelgue del cuello el carné, cual cencerro de ganado y suene en las mentes de quienes lo vean como un recordatorio del tiempo vivido, un retrato preciso que después del amanecer siempre llega el ocaso.
Y que quede constancia, de su arribo a la edad de la risa, porque los viejos día con día, se van pareciendo a los niños, y se hacen chiquitos y frágiles, de salud, pero no de cerebro, y pagan lo mismo en los cines, y el pelo se les aclara, adelgaza o se les cae y les brotan manchas en las manos semejantes a las pecas, y se les derrumban los dientes como si fueran de leche rancia y se conmueven por cualquier cosa y balbucean jerigonzas personales inventadas.
Y como dijera el poeta Efraín Huerta, no se culpe a nadie de su vida, y el susodicho escribidor le agregase al famoso poemínimo del rey cocodrilo, ni tampoco de su muerte cuando llegue, cada momento lo ha experimentado con la intensidad de las olas al golpear acantilados y sus yerros enormes son equiparables a sus aciertos, al menos eso quiere imaginar. Él se cobija en el amor de su familia y se refleja en la otredad de sus queridos amigos.
Y entre las ventajas de convertirse en sexagenario son las entradas gratis a la mayoría de los museos de la ciudad y la posibilidad de empezar a coser una mortaja con las estrellas de la madrugada.
Y como dicen, llegó el tiempo, aunque el susodicho escribidor permanezca beligerante por el resto de su vida.



