Por Gabriel Otero.
He visto fotografías del Centro Histórico de San Salvador en las que se puede contemplar la enorme labor de rehabilitación, no he tenido la oportunidad de visitar el país para atestiguar el mejoramiento del espacio público.
No le guardo ninguna nostalgia ni me rasgo las vestiduras por un sitio que apestaba a orines, ni tampoco extraño a parvadas de comerciantes ambulantes que se apropiaron del centro bajo el pretexto de la guerra, ni mucho menos justifico a la mafia de transportistas que atosigaban las calles cercanas, eso es romanticismo ramplón, lo imprescindible es que a todo ese universo de comerciantes se les haya proporcionado lugares dignos y con servicios para poder vender.
Siempre recuerdo el agosto patronal, las fiestas de San Salvador, la transfiguración del Divino Salvador del Mundo y los juegos mecánicos de la feria popular. En los años noventa del siglo pasado la empresa privada inventó CONSUMA, una muestra chabacana de marcas, que no tenían nada que ver con el sentido de la festividad, que ocupaba algunos pabellones de la Feria Internacional, esa misma sensación me ocasionó el Festival Latido 2025 celebrado el pasado 2 de agosto.
Es comprensible que la Autoridad del Centro Histórico de San Salvador quiera reactivar las actividades comerciales de la zona, pero no lo es autorizando a una productora la realización de un evento privado no gratuito en fechas emblemáticas. Por muchas razones, no se debe sacrificar un bien público y nodo atractor de turismo nacional y extranjero como lo es el centro de San Salvador.
Sin referirme a la curaduría de los grupos del Festival Latido, los precios de entrada oscilaban entre 20 y 145 dólares, aunque por promociones de marca, que implican consumo, permitieron el acceso gratuito a seis mil localidades con algunas dinámicas y requisitos.
La realización del Festival Latido es un llamado de atención para despertar de su letargo al Ministerio de Cultura, que pareciera incapaz de programar actividades de gran impacto en beneficio de la población, si no hay cabida para la creación se acepta lo que venga de la empresa privada.
Por eso, es primordial que los funcionarios del sector se sacudan la modorra y empiecen a producir para lo que fueron contratados. Si no existe un área de festivales, debe inventarse. Un buen promotor sabe que debe trabajar cuando los otros descansan.
Desde el gobierno, se pueden organizar festivales originales con nombres no comunes teniendo como ingredientes un adecuado nivel de gestión e imaginación desbordante pero aplicable, y contar con la participación de grupos nacionales de artes escénicas y otros solistas y grupos internacionales, muy escogidos, y buscar el patrocinio de las mismas empresas a las que La Nueva LATAM (productora del Festival Latido) presumiblemente cobró cada presencia de marca en banners, vallas o cualquier elemento publicitario, así se pueden lograr experiencias memorables que superen lo instangrameable y los molestos photo oportunities plagados de logos de empresas transnacionales de bebida y comida.
Para el escenario y la locación, “stage” y “venue” como se les llama en el argot anglo, siempre mamila, hay que contratar la producción con todo lo que conlleva: seguridad, sonido, luces, plan de protección civil y servicio médico, entre otros rubros.
He de suponer que el Festival Latido 2025 dejó una buena contraprestación en la Alcaldía, acorde al espacio y al tiempo que ocuparon y a todas las marcas que patrocinaron el evento, he buscado en la red el tarifario autorizado, lo que encontré fue el “Reglamento general para el uso de los espacios públicos en la delimitación territorial del Centro Histórico de San Salvador”, herramienta fundamental para hacerla extensiva a otros monumentos, glorietas y parques de la ciudad capital, incluso para grabaciones de comerciales y tomas fotográficas.
Lo vivido trae como consecuencia el aprendizaje, el asunto es la separación de lo público y lo privado, un evento de la naturaleza del Festival Latido no debe programarse en el centro de la ciudad, para ello es indispensable su gratuidad y limitar la grosera presencia de marca en todos los ámbitos.
Desde el gobierno también es posible la planeación, coordinación y ejecución de eventos masivos, solo hay que saber llevarlos a cabo.
Nada más y nada menos.



