Por Nelson López Rojas
Contestate a vos mismo, frente al espejo: ¿compraste la licencia o te la vendieron?
En 1995 era yo auxiliar contable en una empresa por el Bulevar del Ejército, aunque lo único que realmente contaba por entonces era chistes y cuántas veces sobrevivía al trayecto en los microbuses de la 140. Aquellos diminutos ataúdes con ruedas competían entre sí para ver quién lograba el récord nacional de pasajeros por metro cuadrado. Yo, joven, bello e ingenuo, todavía creía que la adrenalina era algo emocionante y no el preludio de la hipertensión.
Un día se le fueron los frenos. Fallaron, así, sin aviso, como fallan las instituciones y los presidentes. El motorista no pudo detenerse hasta besar el arriate frente al ISSS de Amatepec. Hubo heridos, llanto, shock y esa revelación universal que la vida es demasiado corta para seguir usando transporte público… pero aun así seguí usándolo, porque cuando uno es joven y bello, uno se cree inmortal, o por lo menos lo suficientemente flexible para no morir aplastado en la 140.
Avance rápido 25 años.
Ahora tomo el micro pirata en la Carretera de Oro rumbo a Apopa y como si la vida fuera tráiler de Netflix, me llega el flashback, el recuerdo de aquel accidente juvenil. El motorista va a toda velocidad porque tiene la noble misión de “ir a conseguir más pasajeros”, frase que al parecer autoriza violar cualquier ley, ya sea de tránsito, de física o de sentido común. Zigzaguea como si estuviéramos en un GTA actualizado y frena, acelera, corta, se mete, se sale, se teletransporta y se va pitando sin razón creyendo que el claxon es una varita mágica que abrirá el tráfico como el Mar Rojo.
Hasta que aparece otro Einstein: un iluminado que decide retornar, en uno de esos retornos en U legales, pero fatales que algún Einstein anterior diseñó, aprobó y celebró. Mi motorista no logra reaccionar y ¡pum! Y aquí viene la escena cumbre cuando el del micro se baja furioso a reclamar por la falta de direccional… sin autoridad moral para reclamar pues olvidaba que venía pegado a la cola del otro. Y el otro, sintiéndose culpable y quizá tocado por el espíritu navideño de la irresponsabilidad, se da a la fuga.
Manejar aquí no es un traslado de Apopa a Soyapango, esto es más como un videojuego. Y mientras más lo pienso, más claro lo tengo que aquí no hace falta que falle el microbús para sentir peligro, basta con que la gente siga manejando distraída. Sí, puse un cono y un triángulo para avisar del carro quedado, ¡y aun así pasó llevándoselo el otro Einstein del Camaro! No porque no los vieran, la cosa aquí es seria y pedir que vean ya es pedir demasiado.
Confieso otra vez, con la mezcla justa de vergüenza y orgullo que por mi soberbia infinita tuve que tomar cinco veces el examen práctico de manejo en Estados Unidos. Cinco. El teórico lo pasé al primer intento, pero el práctico me humilló hasta que aprendí que saber manejar en tu país no significa saber manejar en otro lado. Aquí uno se cree rey del volante, maestro del embrague y del punto muerto hasta que cruza la frontera y descubre que su “experiencia” era apenas un rumor local.
Volví a El Salvador y entendí el chiste completo, pues aquí la licencia parece venir de regalo en la bolsa de churros Diana o algo así como venían los Tazos. Nadie respeta las cebras. Ya un amigo me decía que los pasos peatonales son adornos urbanos que se leen como “acelere, no vaya a ser que el peatón ensucie las líneas blancas”. Un anciano que intenta cruzar se convierte en objetivo móvil, como si te dieran puntos por pasártelos llevando. La cortesía vial está en peligro crítico de extinción.
Las direccionales (esas cositas que se encienden a la derecha o a la izquierda de los carros) son un lujo innecesario, pues la telepatía viene en el paquete cultural. Cambiamos de carril sin aviso y con violencia y, si alguien usa las vías para cambiar de carril, aceleramos y no dejamos que pase. Bloqueamos intersecciones porque el “yo llegué primero” es nuestro undécimo mandamiento.
Y la infraestructura… ah, la infraestructura vial no se queda atrás. Calles sin rayas, sin señales, sin lógica, como si la ciudad hubiera sido diseñada por Kramer en aquel episodio de Seinfeld donde adopta una autopista y la convierte en su propio parque de diversiones. En El Salvador no es comedia, no. Es martes a las siete de la mañana. Nadie sabe cuándo una calle pasa de doble sentido a sentido único hasta que un carro aparece de frente y te menciona a tu madre con las luces altas. Las obras viales surgen sin aviso, mientras los gestores del VMT te atraviesan la moto y vos estás a su merced.
Mención aparte merecen los retornos en U, esas grietas angostas donde apenas cabe un sedán y que, por alguna razón, están colocadas en plena carretera de alta velocidad. En otros países los diseñan ingenieros; aquí parece que los trazó un niño de cuarto grado que juega a los carritos.
De noche, el panorama es directamente criminal y solo se puede manejar por fe. La iluminación pública parece diseñada por alguien que ahorra en el recibo y odia a la humanidad. Túmulos invisibles, separadores grises que se camuflan con el asfalto, baches que solo se revelan cuando ya están abrazando tu eje delantero. Manejar después de las seis es acto de fe o de masoquismo.
Y ahora que vendemos al mundo la idea del Centro Histórico bien iluminado, del paraíso turístico, los visitantes circulan con el rosario en una mano y el Waze en la otra, rezando para que la ingeniería civil tenga piedad donde la señalización decidió no aparecer.
Y… la moto, el de la moto. No podemos dejar fuera al imbécil de la moto en esta conversación sobre el tráfico. El individuo venía con audífonos, a toda velocidad, como si el barrio San Jacinto fuera su pista de aterrizaje privada. Probablemente no había un alto para él en su multiverso personal, pero, por llegar dos minutos antes y así entregar otro pedido, yo no voy a exponer mi vida ni la de nadie. El muy imbécil se tira el alto, y yo freno —porque mis frenos funcionan—, pero otro conductor buscando la canción perfecta en Spotify, o alguien que maneje un Kia Soul, —o cualquier Kia, pues—, se lo lleva de encuentro. Y aunque suene cruel, quizá eso era lo que debía pasar. Quizá ese era su destino. Yo no soy Dios para andar salvando vidas.
Ya en serio. Vivimos en la Edad Media vial con parches sobre parches, soluciones “para un rato”, presupuestos que se evaporan entre el papel y el asfalto. Urge una reeducación nacional, señalización visible, planeación que no dependa de la buena voluntad y una reingeniería que nos saque del tercermundismo automotor.
Manejar, amigos, no es solo mover un carro de un punto a otro. Es convivir. Es respetar. Es sobrevivir. Yo necesité cinco exámenes para aprender humildad al volante. Tal vez El Salvador necesite uno colectivo para aprender a circular sin matarnos en el intento.
Y pidámosle a Santa Claus que esta vez aprobemos a la primera.



