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lunes, 20 de septiembre del 2021

Derechas e Izquierdas: ¿O cuál es más de culpar?

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TEGUCIGALPA – El verso de sor Juana Inés de la Cruz viene a la mente al observar posiciones de las derechas e izquierdas nacionales e internacionales, que en varios puntos son tan parecidas aún siendo diferentes. ¿Habrá una de ellas que sea más de culpar, “aunque cualquiera mal haga…”?

Ciertas posiciones de las derechas e izquierdas coincidieron en el pasado, como cuando ambas teorizaban, ¿o complotaban?, sobre la “imposibilidad” de la lucha en Bolivia, Cuba, El Salvador, Nicaragua o Uruguay… Los párrafos a continuación no tratan sobre esas viejas convergencias sino que sobre las actuales.

¿Puede justificarse de alguna manera un mundo tan polarizado social y económicamente, como el que dejó el capitalismo a fines del siglo XX; o salvar sus “burbujas” privadas con fondos públicos a inicios del XXI? ¿Puede alguien, por otra parte, explicar que estados socialistas fueran incapaces de administrarse con efectividad a pesar de haberlo controlado todo; y que hayan alimentado cultos a personalidades y nomenklaturas, o que actualmente admitan piñatas, reelecciones y dinastías?

¿Es que las derechas mundiales creen que se salvarán de la debacle ecológica generada por su producción sin control, y consideran a los ecologistas como rojos reciclados; mientras las izquierdas piensan que éstos son hippies trasnochados que fastidian a sus camaradas chinos en su “derecho” a contaminar, justificándolo equivocadamente en que Occidente así ha venido haciéndolo? ¡Pareciera que ambas no vivieran en este derretido por sobrecalentado planeta!

En cuanto a la condición de la mujer, ¿hay una diferencia real -y no sólo en declaraciones oficiales- entre lo que practica un gobierno de uno y otro lado del espectro político?

¿Capturan los gobiernos de derechas y de izquierdas en todo el continente americano a los verdaderos jefes de jefes del crimen organizado, o ambos sólo montan mascaradas propagandísticas al arrestar a piezas intermedias y menores?

¿Puede llamarse capitalismo al sistema defendido por las derechas criollas, cuando las condiciones de vida de sus trabajadores no llegan ni siquiera al Minimum Vital que cualquier régimen auténtico de esa tendencia da a sus trabajadores desde el siglo pasado? ¿Pueden, por otro lado, las izquierdas locales reclamarse herederas de las que en el siglo XIX blandían como arma la ciencia y el pensamiento crítico para conquistar el porvenir; cuando ahora las nuestras califican desdeñosamente como “burguesa” a la excelencia académica, y justifican la mediocridad para ingresar y permanecer en una universidad sostenida con fondos públicos?

¿Por qué ni una ni otra hace un esfuerzo significativo para fortalecer las instituciones nacionales, empezando por el éticamente escuálido poder judicial? ¿Hay algo que evidencie más la confluencia de ambas que el Decreto 743, donde tricolores y ganosos panicaron con el petate de los muertos por los escuadrones; paconas y pescados porque los magistrados les habían aplicado la ley, y ellos están acostumbrados a sortearla; los rojos no votaron, pero cuando a los areneros “les cayó el cinco” y quisieron dar marcha atrás, los farabundos evidenciaron el temor que las masas elijan a candidatos no ungidos por su cúpula; y el Presidente del supuesto Cambio no sólo corrió a sancionarlo, sino que destituyó a un crítico que había sido respetado aún por sus rivales políticos respondiéndole el equivalente a “yo tampoco te tengo confianza”, y acusándole ridículamente que quería seguir “lucrando” de un tremendo puestazo de embajador de $50 al mes…

¿Y qué decir de la común incapacidad de derechas e izquierdas para ponerse de acuerdo en que cumpla su función contralora una vergonzosa Corte de Cuentas, que sólo cuentos cuenta, apañando entuertos a correligionarios y aliados? Ambas sólo coinciden en negociar cuáles adeptos nombrar para supuestamente dirigirla.

¿Quiénes son más ciegas, si ninguna encuentra consensos: unas derechas que se resisten a la redistribución del polarizado ingreso nacional, sin entender que la pobreza de la mayoría de la población no conviene ni a ellas mismas, pues les limita el mercado interno; o unas izquierdas que llaman “pacto” fiscal a dictar una reforma?

¿Y cuál es más burlesca: una derecha que al cantar su himno sigue pretendiendo enterrar rojos cuando estos más bien ya están en el poder y, además, ello no trajo el “fin del mundo” como también panicaban con ese tema; o una izquierda que no se ha dado cuenta que el muro cayó hace más de 20 años, y en su imaginario sigue soñando con la dictadura del proletariado?

Derechas e izquierdas locales recuerdan a aquellos soldados japoneses de la II Guerra Mundial, que adentrados en la selva continuaban en lucha años después que el conflicto había terminado: las derechas pipiles siguen defendiendo la disminución del rol del Estado, a pesar de que los ideólogos del neoliberalismo hace años hicieron su mea culpa; y, por otra parte, las izquierdas cuscatlecas siguen defendiendo el papel centralizador del mismo, cuando los gobiernos de esas tendencias en Europa, Asia y recientemente en Cuba ya han relativizado ese rol.

Todo esto me lleva a recordar al recién fallecido Jorge Semprún: “He perdido mis certidumbres, pero no las ilusiones…”

Por eso, contrariamente al verso de sor Juana Inés, el punto central no es averiguar quién es más de culpar entre derechas e izquierdas; sino que reclamarles que actúen en política conforme a valores éticos universales que vuelvan coherente lo que piensan con lo que digan y con lo que hagan. Que ambos liderazgos y sus correspondientes bases busquen una verdadera formación en sus respectivos marcos teóricos, que abran opciones realmente diferenciadoras entre unas y otras, pero todas democráticas, y que se renueven en función de la época rompiendo paradigmas pero siendo a la vez fieles a sí mismas.

Ambas deben comprender que negociar no es entenderse por debajo de la mesa y -en cuanto a sus diferencias reales- deben estar conscientes que si bien hay océanos ideológicos que las separan, también hay espacios comunes que las dos deben cuidar. Y deben hacerlo a la luz del sol.

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José Arnoldo Sermeño
Ph. D. y Maestría en Demografía, Licenciatura en Ciencias Sociales y Licenciado en Ciencias Naturales y Matemática. Ex funcionario de ONU, BCIE y SICA. Salvadoreño-hondureño y columnista de ContraPunto
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