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sábado, 24 de julio del 2021

Déjí  vu

“Siempre será diecinueve, […] siempre será julio heroico, avanzando siempre sin retroceder. Ellos sembraron el sol, ellos sembraron amor. Y hoy nosotros defendemos la vida, la cosecha encendida, la revolución…” Así­ termina el “Canto final” que cierra el álbum doble denominado “Canto épico al FSLN”, creación inigualable de los entrañables Carlos y Luis Enrique Mejí­a Godoy; exaltación justificada y legí­tima de la gesta encantadora que puso fin en Nicaragua a la tiránica dinastí­a somocista. Escuchar esa obra hoy ‒tras haberlo hecho cuando la consigna acá era: “Si Nicaragua venció, ¡El Salvador vencerá!”‒ enchina la piel. ¿Por qué? Porque, sufriendo solidario con lo que ocurre en la tierra de Darí­o, el déjí  vu es inevitable.

“El Gobierno de Nicaragua es responsable de graves atentados al derecho a la vida, en transgresión, además, de las normas del derecho internacional humanitario”; le impidió a la Cruz Roja “actuar debidamente”; es “responsable de muertes, graves abusos, detenciones arbitrarias y otras violaciones a los derechos humanos”; ha “violado gravemente el derecho a la integridad personal”, aplicando “torturas y otros apremios fí­sicos a numerosos detenidos”. Además, hubo represión generalizada contra jóvenes de entre catorce y veintiún años de edad. Esto es parte de las conclusiones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), incluidas en su informe tras su visita in loco al paí­s en octubre de 1978.

Hoy la CIDH concluye en su reporte de junio de este año ‒también después de una visita a Nicaragua‒ que el Estado “violó los derechos a la vida, integridad personal, salud, libertad personal, reunión, libertad de expresión y acceso a la justicia”. Le generó “especial preocupación” los asesinatos, las ejecuciones extrajudiciales, los malos tratos, los “posibles actos de tortura” y las detenciones arbitrarias en perjuicio “de la población mayoritariamente joven”. También expresó su preocupación por “la violación al derecho a la salud y a la atención médica”.

Anastasio Somoza Debayle, ya derrocado y en Paraguay, declaró en una entrevista veinte dí­as antes de que lo asesinaran el 17 de septiembre de 1980 que el Gobierno estadounidense, por último, “cuando vio que estábamos resistiendo y que casi tení­amos derrotada a la revolución marxista, anduvo por los pasillos de la OEA [Organización de los Estados Americanos] buscando los diecisiete votos que hací­an falta para intervenir en Nicaragua”. El 19 de julio recién pasado Daniel Ortega, en su perorata durante el acto oficial por el 39 aniversario del triunfo de la verdadera revolución sandinista ‒luego de pedir a los obispos nicaragüenses “rectificar” y no levantar “a estas sectas satánicas, golpistas y asesinas”‒ dijo: “las decisiones de Nicaragua no se toman en Washington, se toman en Managua”.

Un dí­a antes, en la sede de la OEA ubicada en la capital federal estadounidense su Consejo Permanente ‒entre otros asuntos‒ condenó fuertemente “los actos de violencia, represión, violaciones de derechos humanos y abusos, incluyendo aquellos cometidos por la policí­a, grupos parapoliciales y otros actores contra el pueblo de Nicaragua”. No fue con diecisiete votos que se emitió tal resolución; fueron veintiuno a favor, tres en contra e ‒incluida la salvadoreña‒ siete abstenciones.

Para lograr la caí­da de Somoza lucharon ‒cada quien desde su trinchera‒ los siempre sandinistas y nunca “orteguistas” hermanos Mejí­a Godoy, Gioconda Belli, Sergio Garcí­a Ramí­rez, Mónica Baltodano, Henry Ruiz, Dora Marí­a Téllez, Hugo Torres, Luis Carrión, Ernesto Cardenal, Ví­ctor Hugo Tinoco y Julio López Campos junto a tantas y tantas otras personas más. Esa misma gente ahora ‒pasados tantos años y como puede‒ está expresando abiertamente su oposición y repudio al régimen encabezado por Ortega y Rosario Murillo, su esposa vicepresidenta.

Lo novedoso de la situación actual es que al anterior listado se sumó José Mujica, el respetado expresidente uruguayo. “Siento que algo que fue un sueño ‒sostuvo el “Pepe”‒ se desví­a, cae en autocracia y entiendo que quienes ayer fueron revolucionarios perdieron el sentido de que en la vida hay momentos en los que hay que decir me voy". Eso declaró en el Senado del cual es miembro, donde se condenó la represión oficial en Nicaragua.

¿Quién se atreve a acusar a este personaje de “golpista” o “agente imperialista”? Ni siquiera el desbocado “chavista” venezolano Diosdado Cabello, quien solo osó decir que “los egos enferman”. En realidad, no creo que Mujica padezca tal “enfermedad”. Eso sí­, hay también otras relacionadas y muy peligrosas en polí­tica. Por eso, hoy, la situación de Nicaragua hay que observarla con una única lupa: la de la coherencia con el respeto de la dignidad humana, no las de la conveniencia y la estulticia.

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