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De las cenizas de El Mozote

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La sociedad salvadoreña vive hoy un momento polí­tico y social de excepcional trascendencia. Más allá, que toda generación formula cí­clicamente  similares declaraciones, lo cierto, es que atravesamos un momento de alcances por ahora insondables e insospechados. Un instante de parteaguas de efectos imprevisibles.

Más allá de las diferentes visiones, individuales y colectivas, sobre la naturaleza y alcance del cambio en que nos hallamos inmersos; la verdad, es que este punto de inflexión histórica demanda de todos y de cada uno empeñar nuestras mejores energí­as y espí­ritu de creatividad.

Cada quién en el ámbito de su responsabilidad, y en la medida de lo posible, debe abonar al cambio. Un esfuerzo que al final será un ejercicio de refundación social y si se quiere también moral.

Se trata de reconfigurar el orden social de tal modo, que este sea no solamente justo y democrático, sino, sobre todo, que sea auténticamente humano. Esto pasa por desarrollar un catálogo valorativo – un norte axiológico – que revise los valores que nos han inspirado hasta ahora, y que redefina las prioridades vitales que nos orientan.

Refundación social y moral ese es el reto. Un reto que supone una empresa común en la que sino se avanza, ineludiblemente,  se retrocede. Y que, además,  comporta una ingente tarea socioeducativa. Una obra humana que como el tallado de grandes obras artí­sticas requiere, sin duda alguna,  paciencia y creatividad.

Por ello,  al final se trata de promover un modelo de sociedad en el que prevalezca un depurado estándar ético en el que destaquen la solidaridad, el compromiso y el compartir. Una sociedad que se reconcilie en base a un proceso doloroso como inevitable: Reencontrarse con su pasado.

Así­, de los dolores del 32, de la guerra fratricida de los 80´s y de las aflicciones de la posguerra – de las cenizas de El Mozote- debe resurgir una sociedad salvadoreña renovada moralmente. Esto pasa por un ciclo restaurador y pro vida el de la verdad, justicia y reparación integral a las ví­ctimas y no el simple y ad- histórico del perdón y olvido.

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El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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