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viernes, 03 de diciembre del 2021

Cuenteros y cuenteretes

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Por Benjamín Cuéllar

“Como el alfarero de Ilobasco modela sus muñecos de barro: sus viejos de cabeza temblona, sus jarritos, sus molenderas, sus gallos de pitiyo, sus chivos patas de clavo, sus indios cacaxteros y en fin, sus batidores panzudos; así, con las manos untadas de realismo; con toscas manotadas y uno que otro sobón rítmico, he modelado mis Cuentos de Barro”. Este es el inicio de la tranquera que instaló Salarrué para ingresar a la presente obra; el falso para meterse en la realidad salvadoreña de entonces, a finales de la década de 1920 e inicios de la siguiente. “La botija”, “La honra” y “Semos malos” son los primeros. Muy buenos… Un siglo después hay otros cuenteros; no tan buenos pero, eso sí, bien colocados en el Gobierno.

Uno aseguró en diciembre del 2020 que la guerra salvadoreña y los acuerdos para finalizarla hace ya casi 30 años, fueron una farsa. No es cierto. Desde el asesinato de Ernesto Regalado Dueñas ‒millonario secuestrado por la incipiente guerrilla en su versión denominada “El Grupo”‒ el 18 de febrero de 1971 hasta el magnicidio de monseñor Óscar Arnulfo Romero el 24 de marzo de 1980, pasaron once años de represión y violencia política intensa y creciente hasta que el 10 de enero de 1981 empezaron los combates entre los ejércitos gubernamental e insurgente.

Así se consumó esa contienda bélica a la que se llegó ‒fundamental y lamentablemente‒ por las graves violaciones de derechos civiles, políticos, económicos y sociales cometidas en perjuicio de las mayorías populares. Violaciones que se fueron acumulando durante 160 años, después de que la criollada centroamericana se adelantara a proclamar la independencia regional antes de que lo hiciera el pueblo. Era demasiado peligroso permitirlo y así quedó escrito en el acta firmada el 15 de septiembre de 1821.

Pasó el tiempo y, tras el intento fallido emprendido con el golpe de Estado del 15 de octubre de 1979, el cierre de todas las posibilidades racionales y pacíficas para impulsar las transformaciones necesarias y urgentes que reclamaba la realidad nacional, dio paso a un nivel superior de la lucha armada en el país. Lo que se nos vino encima no fue ninguna farsa y los mencionados acuerdos tampoco; fueron estos últimos los que le permitieron instalarse en la silla presidencial a quien hizo esa temeraria afirmación: Nayib Bukele.

Su segundo, Félix Ulloa, en su reciente gira por Europa reaccionó a los señalamientos de un entrevistador el pasado 20 de octubre; gira en la que buscaba, entre otros objetivos, “dar la narrativa que corresponde a la realidad de El Salvador”. “Porque ‒le aseguró al periodista‒ todos los hechos que tú planteaste en tu nota de contexto son medias verdades; algunas son leyendas urbanas”. Más adelante afirmó que entre estas últimas se ubicaba eso de la “deriva autoritaria” de Bukele, pues “todas las actuaciones que se han realizado, han sido apegadas estrictamente a la ley”.

En ese marco, Ulloa fue cuestionado por la destitución arbitraria de la magistrada y sus colegas de la Sala de lo Constitucional el 1 de mayo del año en curso. “Sencillamente ‒respondió ufano‒ es una cosa que funciona dentro de la institucionalidad de El Salvador, porque la narrativa fue que el presidente Bukele había destituido a jueces”. Y argumentó que su jefe “no tiene ni la facultad ni la capacidad para nombrar jueces ni para destituir”. Una perogrullada tras la cual ocultó algo. Porque formalmente no puede hacer ni lo uno ni lo otro, pero dentro de su bancada legislativa y las de sus aliados no existe nadie ‒¡nadie!‒ que ose contradecir sus dictados, mucho menos desobedecerlos. ¡Ay de quien se atreva! Por eso, el mismo día, Bukele tuiteó a quienes “brincaron” extrafronteras: “Estamos limpiando nuestra casa y eso no es de su incumbencia”. Punto…

Viene bien, entonces, traer a cuenta a nuestro santo. Roberto Cuéllar, quien tuvo el privilegio de acompañarlo en su pastoral de derechos humanos, fue fundador y primer director del Socorro Jurídico Cristiano adonde Ulloa colaboró hace muchos años. Cuéllar recuerda que el 22 de marzo de 1980 ‒en la víspera de su llamado a la tropa a no cumplir leyes inmorales y de su magnicidio‒ Romero le dijo que el Código de Justicia Militar vigente entonces no tenía “legitimidad sustantiva, ni material ni ética”. Pero era ley aprobada por la dictadura. Entonces, no siempre deberá equipararse lo legal con lo legítimo, lo justo y lo moral. No son sinónimos.

Así las cosas, en función de “la botija” se puede perder “la honra” y terminar aunque sea pensando que “semos malos”, porque el “para vos nuay” continúa insultantemente vigente. No serán cuentos de barro, pero sí cuentos de…

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Benjamín Cuéllar
Salvadoreño, Fundador del Laboratorio de Investigación y Acción Social contra la Impunidad, así como de Víctimas Demandantes (VIDAS). Columnista de ContraPunto
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