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domingo, 17 de octubre del 2021

Crimen y ¿castigo?

En agosto del 2019 la justicia australiana ratificó una sentencia de seis años de prisión que, actualmente, cumple el criminal condenado: un sacerdote de 79 años. Pero no es, por decirlo de alguna manera, un simple cura; se trata más bien de alguien que fue un alto, altísimo dignatario de la Iglesia católica: el cardenal George Pell, antiguo tesorero del Vaticano que ocupó el tercer sitial en su escalafón. ¿Habría llegado tan arriba por ser considerado un dechado de valores y virtudes? Podría ser, pero luego se reveló lo que realmente era: ¡un “sepulcro blanqueado”! Ingresó a la cárcel en febrero de ese mismo año, a purgar su pena por pederasta; le endilgaron cinco cargos en perjuicio de sus víctimas: dos niños del coro de la catedral de Melbourne, Victoria, de los cuales solo uno lo denunció en el 2014 pues el otro había fallecido por una sobredosis de droga.

Acá en El Salvador, quien se asemeja a Pell ‒por su posición en la jerarquía eclesial‒ es monseñor Jesús Delgado, quien al momento de su “caída” era vicario general de la arquidiócesis de San Salvador y vicario episcopal de Educación y Cultura, además de ocupar la dirección de los medios de comunicación católicos oficiales. En un escueto comunicado, el 26 de noviembre del 2015 se informó que lo habían “suspendido de todas sus funciones sacerdotales, pastorales y administrativas” tras haber sido denunciado por “abuso sexual de menores”. De inmediato se procedió a su separación “a divinis universae” y se inició el “proceso canónico correspondiente”.

Delgado quedó, así, “lejos de todo lo divino” y sujeto a una investigación previa para luego pasar su expediente ‒de existir mérito‒ a la Congregación para la Doctrina de la Fe acusado por pederastia, que es uno de los delitos que conoce esta al igual que la pedofilia. También criminal como Pell, comenzó a abusar sexualmente de su víctima cuando era una niña de ocho años de edad; su ultraje continuado duró hasta que ya era una joven de diecisiete, pero sus secuelas quien sabe hasta cuándo se prolongaron si es que ya fueron superadas.

Tres días después de publicado el citado comunicado, se supo de otro caso similar. El señalado como pedófilo y pederasta fue Juan Francisco Gálvez, titular de una parroquia en Rosario de Mora, San Salvador. “Me comprometo con todas mis fuerzas ‒declaró entonces el arzobispo José Luis Escobar Alas‒ a luchar contra estos crímenes en la diócesis y me comprometo con todas mis fuerzas a proteger a los niños y las niñas, pues son lo más valioso que Dios nos ha dado. Exijo a la Asamblea Legislativa suprimir la prescripción del delito de abuso sexual a menores de edad para que sean castigados”. Para ser castigados, ¿quiénes? ¿Víctimas o victimarios? En realidad, Escobar Alas ‒actual presidente de la Conferencia Episcopal de El Salvador‒ se comprometió por partida doble a combatir con todo la impunidad ante tan aberrantes y condenables actos.

Casi un lustro después, a lo largo del cual salieron a la luz pública algunos casos más y probablemente fueron cubiertos otros con la cómplice oscuridad de esa impunidad, conocimos el censurable desenlace de lo ocurrido con Leopoldo Sosa Tolentino. Este estaba al frente de una parroquia en la ciudad de Santa Tecla; fue denunciado como pedófilo y pederasta por hechos ocurridos hace más de dos décadas y media, pero lo suspendieron en el ejercicio clerical hasta el año pasado. El máximo líder católico declaró que la Comisión Arquidiocesana de Protección de la Niñez, tras escuchar a la víctima, creyó en la acusación y sugirió iniciar el proceso respectivo. Surge entonces una elemental y sombría pregunta: durante ese largo período en el que siguió como si nada practicando el sacerdocio, ¿no hubo más víctimas de su vil y punible proceder? “Gallina que come huevos ‒reza el refrán‒ aunque le quemen el pico”.

Pero lo peor vino después: a Sosa Tolentino le levantaron la suspensión referida y volvió a su ministerio a finales de agosto del año en curso. Ha retornado, con todo lo que ello representa, por un formalismo: cuando abusó de su víctima, esta tenía diecisiete años y el derecho canónico vigente entonces no consideraba menores de edad a las personas que habían cumplido los dieciséis. Del 30 de abril del 2001 en adelante, eso cambió: se es mayor de edad de los dieciocho en adelante. Pero a semejante “lobo” que antes “cuidaba” ovejas, ¿debemos hoy considerarlo ahora un “buen pastor”? El arzobispo metropolitano, pese a semejante e inaceptable escenario, dijo: “Nos alegramos por el padre Leopoldo Sosa Tolentino y, con las condiciones antes expuestas, le rehabilitamos en sus facultades sacerdotales y pastorales”.

Cuánta razón tenés querido Aute, pues “vivimos el final de una era histórica porque se ha hecho crisis en prácticamente todos los ámbitos. No es solamente económica sino también política, de valores, de la educación cuyo nivel cada vez está más bajo. La Internet está poniendo todo patas arriba […] Incluso en la Iglesia hay crisis creativa, con fenómenos de pedofilia”. Se te extraña, Luis Eduardo…

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