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viernes, 19 junio 2026
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Creemos lo que nos conviene, no lo que es cierto

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Nelson López Rojas

Hace poco decía que 2025 es un año de muchos cincuentenarios. Hoy en diciembre se cumplen también cincuenta años de la muerte de la filósofa Hannah Arendt, y hoy su pensamiento vuelve a interpelarnos con la incómoda lucidez de siempre.

Recordé a Arendt no por nostalgia ni por parecer intelectual, sino porque necesitamos sus diagnósticos para entender cómo operan la manipulación, la deshumanización y el desgaste interno de la democracia. La libertad no se pierde de golpe, sino que es un abandono paulatino que ocurre cada vez que compartimos memes o videos sin preguntarnos si es o no cierto. Lo cierto es que la posverdad no es culpa de la tecnología ni de la IA, ¡nosotros la aceptamos como parte de una renuncia cultural! Creemos lo que nos conviene, lo que calma o confirma nuestras emociones, y dejamos de exigir verificación.

Para Arendt, el problema no es la mentira aislada, sino cuando una sociedad deja de sentirse obligada a distinguir entre verdad y falsedad. Cuando las fake news se vuelven ambiente, los hechos dejan de sostener la conversación pública. Ya lo dice el chiste: “¿La diferencia entre ignorancia y apatía? No sé, ni me importa”. En esa mezcla de indiferencia y comodidad emocional prospera la desinformación.

Arendt hablaba del mundo común: ese espacio de significados y acuerdos mínimos que hacen posible la convivencia. ¿Qué si quiero echarle el carro encima al que se estaciona frente a mi garaje? Sí. ¿O zamparle la albóndiga al compañero que come como jabalí? También. ¿O castigar a quien pone el papel higiénico al revés o le cierra la ventana al gato para que no moleste? Claro. ¿Lo hago? No. Y no lo hago porque la vida en sociedad exige contener impulsos para sostener ese mundo compartido. Cuando ese tejido se rompe, llega la desconfianza institucional, la polarización y la reacción emotiva en vez de reflexión. Así no dialogamos y sí gritamos.

La filósofa también entendió la función destructiva de la manipulación sostenida donde su objetivo no es tanto convencer sino agotar. La saturación informativa nos vuelve incapaces de distinguir y, por ende, de actuar civilizadamente, y es así como me meto en la fila, o me robo un celular o me estaciono donde no se debe.

Frente a esa deshumanización, o desmundanización, el pensamiento aparece como última forma de resistencia. El pensar molesta, rompe la repetición automática y obliga a examinar. Ahora, en nuestra sociedad que premia lo rápido y furioso, y donde el algoritmo favorece la reacción sobre la razón, detenerse a pensar es un acto impensable, contracultural, pero necesario. No se trata de esperar iluminaciones divinas, se trata de actuar.

Mucho se habla de ser inclusivo, tolerante, plural, pero queda a nivel de habla, de papel. Para Arendt, la pluralidad no es simple tolerancia, sino condición de libertad. La política existe porque semos distintos y no porque algunos escriban todes, sino porque hemos aceptado convivir en un espacio compartido. Cuando esa pluralidad se quiebra por la polarización, la escasez de debate informado o el endiosamiento de figuras, la política degenera en propaganda. La falta de estudios culturales, la degradación del debate público y el reemplazo de la crítica por el enfrentamiento emocional muestran hasta qué punto hemos abandonado la pluralidad.

Frente a esa deshumanización, pensar debe ser el último acto de resistencia. Pensar incomoda, rompe la repetición automática, obliga a examinar. En una sociedad acelerada, dominada por algoritmos que premian la reacción sobre la razón, detenerse a pensar es contracultural, pero imprescindible. Cuando veás un TikTok con información dudosa, no te preguntés “¿qué ocurrió?” y preguntate “¿a quién conviene que yo crea esto?”.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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