Redacción ContraPunto |
Francis Halzen fue reconocido por sus contribuciones decisivas al observatorio IceCube, un gigantesco detector instalado bajo el hielo del Polo Sur que permitió detectar neutrinos de alta energía procedentes de fuentes astrofísicas.
A 2,500 metros bajo el hielo de la Antártida existe un instrumento científico que no funciona como los telescopios tradicionales. No busca estrellas, planetas ni galaxias mediante la luz. Intenta detectar algo mucho más difícil de atrapar: partículas subatómicas llamadas neutrinos.
Francis Halzen, físico belga-estadounidense de 82 años, fue reconocido este martes con el Premio Nobel de Física 2026 por sus contribuciones decisivas al desarrollo del Observatorio de Neutrinos IceCube y por la detección de neutrinos de alta energía de origen astrofísico.
El reconocimiento premia una idea que comenzó a tomar forma en 1988: utilizar el hielo transparente y profundo del Polo Sur como un enorme detector capaz de registrar las huellas dejadas por estas partículas cuando, en ocasiones extremadamente raras, interactúan con la materia.
Los neutrinos son conocidos popularmente como “partículas fantasma” porque atraviesan la materia con una facilidad extraordinaria. Miles de millones de ellos atraviesan constantemente la Tierra y nuestros cuerpos, pero casi nunca interactúan con los átomos que encuentran a su paso.
Esa misma característica que durante décadas convirtió a los neutrinos en uno de los grandes desafíos de la física terminó convirtiéndolos en una herramienta para estudiar el universo.
Un telescopio construido dentro del hielo
Halzen concibió la posibilidad de aprovechar el hielo antártico para detectar neutrinos. La idea consistía en instalar miles de sensores ópticos a gran profundidad y esperar a que alguna de esas partículas extremadamente evasivas chocara con un átomo.
Cuando un neutrino de alta energía consigue interactuar con la materia del hielo, produce partículas secundarias que generan un pequeño destello de luz. Los sensores pueden registrar ese destello y, a partir de sus características, reconstruir información sobre la energía y la dirección de la partícula que lo produjo.
Así nació IceCube, un observatorio que utiliza aproximadamente un kilómetro cúbico de hielo antártico como detector. Más de 5,000 sensores ópticos están distribuidos a profundidades que llegan aproximadamente a 2,500 metros bajo la superficie.
La instalación está situada cerca de la estación Amundsen-Scott del Polo Sur, en uno de los ambientes más extremos del planeta.
Durante el invierno antártico, las temperaturas pueden descender por debajo de los 50 grados Celsius bajo cero y durante meses no es posible utilizar aeronaves para transportar personas o suministros. Un pequeño grupo de trabajadores permanece entonces en la estación para mantener en funcionamiento las instalaciones científicas.
Una nueva forma de mirar el universo
El verdadero alcance de IceCube va más allá de la construcción de un gigantesco detector bajo el hielo.
Los neutrinos de alta energía pueden viajar enormes distancias sin ser desviados por campos magnéticos y sin perder fácilmente la información sobre su origen. Por ello pueden convertirse en una especie de mensajeros cósmicos.
La detección de estas partículas permite estudiar fenómenos que resultan difíciles de observar mediante la astronomía convencional, entre ellos procesos relacionados con explosiones estelares, agujeros negros y otros acontecimientos extremadamente energéticos. Reuters
En 2013, IceCube anunció la detección de neutrinos de muy alta energía procedentes del exterior del Sistema Solar. Posteriormente, las observaciones permitieron relacionar algunos de estos neutrinos con fuentes astrofísicas situadas fuera de la Vía Láctea.
La importancia de estos hallazgos está en que los científicos pueden estudiar el cosmos utilizando una señal distinta de la luz.
En lugar de observar únicamente lo que llega a los telescopios como radiación electromagnética, la llamada astronomía de neutrinos permite seguir las partículas que atraviesan el universo prácticamente en línea recta desde sus fuentes.
Es una nueva manera de preguntarse de dónde vienen las partículas más energéticas del universo y qué fenómenos pueden producirlas.
Una idea que tardó décadas
Halzen propuso su concepto para utilizar el hielo antártico como detector en 1988. La construcción de IceCube comenzó años después y el observatorio quedó completado en 2011.
El proyecto reunió a científicos e instituciones de distintos países y convirtió una enorme extensión de hielo antártico en uno de los instrumentos de detección de neutrinos más importantes del mundo.
Halzen, profesor de la Universidad de Wisconsin-Madison, ha dirigido durante décadas el esfuerzo científico relacionado con IceCube. La propia Universidad de Wisconsin-Madison es la institución principal responsable del observatorio.
La magnitud del proyecto también ayuda a explicar la dimensión de la apuesta científica. En lugar de construir un detector convencional, los investigadores utilizaron un volumen gigantesco de hielo natural para aumentar las posibilidades de que un neutrino dejara alguna señal detectable.
La naturaleza se convirtió, literalmente, en parte del instrumento científico.
El Nobel reconoce una ventana hacia lo desconocido
El Comité Nobel destacó las contribuciones decisivas de Halzen al Observatorio IceCube y el descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico.
La distinción llega cuando el observatorio continúa ampliando sus capacidades. Está previsto desarrollar IceCube-Gen2, una nueva generación del detector que abarcará un volumen de hielo mucho mayor y podría multiplicar considerablemente la cantidad de neutrinos detectados. La nueva instalación está proyectada para comenzar a operar hacia 2033.
Al conocer la noticia, Halzen explicó que esperaba que el premio ayudara a conseguir respaldo para una propuesta científica en la que actualmente trabaja. También señaló que, pese a los descubrimientos realizados hasta ahora, considera que los principales frutos científicos del proyecto todavía están por llegar.
La historia de Halzen tiene algo particularmente llamativo: una idea planteada hace casi cuatro décadas terminó convirtiendo el hielo situado bajo sus pies en una ventana hacia las regiones más lejanas y violentas del universo.
El Nobel de Física de 2026 reconoce así una forma distinta de observar el cosmos. No mediante imágenes tomadas desde la Tierra o desde el espacio, sino siguiendo el rastro casi invisible de partículas que atraviesan el planeta y que pueden conservar información sobre acontecimientos ocurridos a miles de millones de años luz.


