Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
La relación íntima -o lejana- entre la sociología y la historia es un debate innecesario y necesario, al mismo tiempo, y ese no es un dilema metafísico, es una paradoja sociológica. Es innecesario porque se supone que los sociólogos, más allá de su posición ideológico-teórica, tienen clara la diferencia entre ambas. Sin embargo, hoy que la vieja y nueva sociedad pernoctan en el purgatorio social, es un debate necesario, ya que los sociólogos de la generación descomprometida (negacionistas acríticos, negativistas desafiantes, cobardes de la praxis, similares y conexos) privilegian estudiar el pasado (y volver a él, en lo político) para no ampliar y estudiar el presente (eso obliga a tomar decisiones teórico-políticas y asumir las consecuencias), como si el presente existiera sólo cuando es pasado.
Así como hay coartadas perfectas para ocultar el crimen cometido (haciendo del victimario, la víctima), hay coartadas narrativas para evadir -con sofismas rústicos o por indefensión teórica- la responsabilidad elemental de la sociología crítica: comprender la realidad (lo concreto real) para transformarla, y eso demanda una teoría reinventada-reinventándose (lo concreto pensado) nutrida de pensamiento epistémico que se abre a lo inesperado y emergente. Ahora bien, “transformar” es un verbo que la sociología conjuga en el presente del indicativo, por lo que el estudio del pasado (pretérito perfecto simple) es poner luces en algunos hechos remotos, deliberadamente escogidos, que permitan ver el camino por el que ha transitado la sociedad. Por su lado, “ver” significa comprender la lógica de movimiento de la sociedad en sus bifurcaciones y retornos, visibilizando los hechos que, adrede o no, la historia oculta en los registros redactados por sus pregoneros académicos. Ese ocultamiento es lo que Boaventura llama “sociología de las ausencias”.
Para el sociólogo que cosifica lo social, como lo pidió Durkheim, la sociología y la historia son lo mismo -con líneas de tiempo de distinto largo, nada más- y esa es la excusa idónea para no estudiar a fondo el presente (reduciéndolo, al ampliar el pasado, tanto en los programas de estudio como en los análisis) y, con ello, se liberan de la responsabilidad de transformarlo, pues eso implica comprometerse. Ambas disciplinas estudian hechos en un tiempo-espacio dado (la historia estudia hechos “en” el pasado, y la sociología estudia los hechos presentes y los que son relevantes para el presente) y su contraste es abrumador si se analizan desde la especificidad de sus objetos de estudio, métodos y epistemologías que, aunque parecidas, son diferentes. Sin duda, las reflexiones se hacen sobre tiempos vividos distintos y no tienen la misma intención: la historia busca cambiar las narrativas de los muertos, y la sociología busca cambiar el mundo con las nuevas epistemologías y narrativas de los vivos (aplicabilidad), en tanto constructo cognitivo de la realidad y de los sujetos históricos que le dan significado y significante a ésta.
Y es que, la sociología y la historia tienen una comprensión distinta del mundo, y ninguna es mejor que la otra, sólo son disímiles. Así, la sociología usa la historia para recuperar -usar en tiempo presente- las prácticas sociales invisibilizadas por los historiadores sombríos que -con un “estancacionismo” historiográfico alejado de la racionalidad crítica- creen que la sociología debe ser como ella: una “maquilladora de muertos”. Sin embargo, recurriendo a una metáfora intelectualmente digerible, se puede afirmar que: mientras aquella hace autopsias (lo que es válido y necesario), la sociología hace diagnósticos de lo social a partir de lo social del conocimiento, usando las bitácoras forenses que muestran una temporalidad múltiple y, en ese sentido, vendría a ser una “maquilladora de vivos”, por cuanto éstos son los constructores de la historia y están dotados de memoria, subjetividad, intereses y utopías.
Por su naturaleza, la historia habita en el pasado (lo dado), y ninguna de sus apreciaciones teóricas lo modifica (a lo sumo lo reinterpreta), mientras que la sociología habita en el presente (lo dándose), y sus constructos teóricos tienen la intención de modificarlo, ya sea justificando el pasado para que siga pasando (sociología negacionista), o transformando la sociedad para hacerla avanzar en su proceso civilizatorio (sociología reinventándose). Ahora bien, se modifica la realidad tomando decisiones teórico-prácticas, por lo que tratar de evadir eso es, al final, un acto de cobardía epistemológica, o un acto reaccionario que se camufla con risotadas macabras o sofismas precarios propios de charlatanes de supermercado.



