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Acapulco

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"El Acapulco de antaño llegaba hasta Playa El Revolcadero frente al Hotel Princess, el puerto ha crecido por su población flotante, los chilangos acomodados añorantes de un trocito de brisa y vista marina, aprovechando la relativa cercanía con el DF": Gabriel Otero.

A la memoria de la tía Aída
y del primo Luis


Ayer

Dos de la tarde en Acapulco, la casa se llenaba a olor de pay de manzana mezclado con la sal de la brisa, el calor sofocaba y cualquier sombra era bendita, la tía Aída, menuda y pequeña, levitaba vaporosa con las manos llenas de harina, en unos minutos vendrían del restaurante Red Beard por la producción diaria de pays.

Era una tarde como todas las de verano, de las muchas que viviste en la bahía, el primo Luis, tu mentor en los vericuetos de la costa, se apresuraba a enfriar los pays porque habían visto buenas olas en Playa Hornos y surfear era el acto reflejo obligado. En las mañanas iban a Playa El Revolcadero, nunca te atreviste a surfear, pero sí lo acompañabas a nado para alcanzar el oleaje.

Como aprendiz de costeño, le aguantabas el ritmo al primo nadando hasta las boyas, era en lo único, te insolaste en un par de ocasiones, el agua de mar te tapó los oídos otras tantas, te bañabas en repelente para los mosquitos y jamás pudiste estampar un paso con la planta descalza en la acera o el pavimento, pericia habitual de los lugareños, que ni se inmutaban al sentir carbones encendidos en los pies.

Tu madre se mecía en la hamaca, a carcajada limpia repetía el “aplácate Luis” de la tía, debían irse el primo y tú para aprovechar las olas caprichosas. Caminaban por la costera, pasaban a un costado de los jacales favoritos de los chilangos, el Parque Papagayo estaba aún en construcción y sus albercas sin agua servían para practicar los inicios de lo que sería el skateboard guerrerense.

Surfear siempre fue un deporte extremo, tu primo era hábil en estos menesteres, comentaba que alguna vez pateó la nariz de un tiburón, elástico se levantaba en la tabla toreando las crestas, las olas eran pequeñas no rebasaban un metro, desganadas estallaban y se retiraban en la corriente para volver con menos fuerza.

Hora de partir, el tiempo va acorde a la intensidad de los instantes, tal vez habría mejores augurios para la próxima, el cielo era ya crepuscular.

Regresaban a casa a prepararse al ritual nocturno, el altar era Playa Condesa o uno de los miradores de la Quebrada, los concurrentes: costeños de piel curtida por el bronce, costeñitas precoces ligeras de ropa y el primo urbano, o sea tú, chilango por adopción, proveniente de un país tristemente reconocido por su guerra civil.

La música disco, natural depredadora del oído, fiel a su esencia detestable, era transmitida en Stereo Rey en su disco night y ellas se contorneaban con el calor en la sangre, con suerte y un poco de alquimia tendrían compañía de ahí en adelante.

Rolaba la cerveza a cantidades industriales, la altura del mar impedía que se subiera más allá de la cabeza y las nubes, de súbito surgían espectrales cuatro patrullas de la judicial estatal, el comandante del operativo se bajaba de una de ellas, pistola en mano gritaba conciliador “que no había pedo” que siguieran que no apagaran la música que nada más se bebían una chela y se irían.

El daño estaba hecho, todos petrificados intentaban ser invisibles, en el cielo brotaban los primeros rayos de sol.


Hoy

Dos de la tarde y llegaron a Acapulco, tu hijo emocionado separa el azul del cielo del mar horizontal, caminan a casa de la difunta tía Aída que hoy es el Hotel Brisa, de catorce habitaciones, llamado así en honor de la primogénita de Luis.

El primo no te reconoce por la barba de náufrago, sus ojos se extravían recordando hasta que le dices “aplácate Luis”, revulsivo necesario de la memoria causante del abrazo prolongado de familiares que no se han visto en años.

Vendrían las presentaciones de rigor, su esposa Loly, sus hijos Brisa, Pepe y Aída, tu niño Gabriel, al que sus primos se llevan a jugar de inmediato. El lenguaje de la niñez es envidiable, no hay idioma que supere a lo lúdico como forma de comunicación, las cosas son simples y directas con un sólo significado.

Durante horas platicas con el primo, partirían de viaje familiar a Oaxaca, te cuenta su desagrado por Acapulco Diamante, sector nuevo y costoso lleno de edificios de departamentos y tiempos compartidos que asemejan colmenas o nichos en un camposanto.

Tiene razón, el Acapulco de antaño llegaba hasta Playa El Revolcadero frente al Hotel Princess, el puerto ha crecido por su población flotante, los chilangos acomodados añorantes de un trocito de brisa y vista marina, aprovechando la relativa cercanía con el Distrito Federal, adquirieron departamentos de más de 100 metros cuadrados cotizados en dólares a precios ofensivos.

No hay que ser anticuado para pensar que la tierra debe estar en el suelo o cuando menos evitar la falacia que cuanto más alto se compra más cerca se está de Dios.

Tu arribo coincidió con el jueves pozolero, platillo cuya denominación de origen se disputan Guerrero y Michoacán. Loly, excelente anfitriona, los invitó a comer al restaurante del chef Reinhart, alemán nigromante que experimenta con especias y recetas antiguas, su versatilidad abarca la gama de remedios caseros para ahuyentar mosquitos, así como erradicar los tufos del cuerpo.

El pozole, cocido a leña y en olla de barro, sabía a maíz milenario, no eres afecto a los guisos caldosos prefieres la mezcla de chocolate y chiles del mole o el sabor agridulce de la cochinita pibil, pero debes reconocer la autenticidad culinaria cuando la hay.

Regresaron al hotel, instalados en la que sería su casa en los siguientes días tu hijo y tú continuarían la aventura. Este viaje significa el encuentro pospuesto entre ambos, el reconocimiento de la sangre buscando sus raíces, porque de esta vertiente del río de la vida germinó el abuelo Ignacio quien terminaría sus tiempos en el desierto de Nuevo León.

A estas horas una remota caricia del aire aparece en la sonrisa del crepúsculo.


Mañana

Dos de la tarde en Acapulco, Gabriel hijo llegará a visitar sus primos, después de un largo forcejeo verbal entre su despreocupado padre y su ansiosa madre.

Es un muchacho sano, coleccionista de excelencias, que pretende aprender vela con su primo Pepe, campeón estatal de ese deporte y candidato a competir la olimpiada del 2040.

Mañana será un mundo distinto, aún más despiadado, sus padres cansados siempre beligerantes pugnarán porque al muchacho se le otorgue lo que merece es decir todo lo que hay y lo que vendrá. El conocimiento será de él para transgredirlo, desecharlo o superarlo.

El mar será más peligroso, Gabriel hijo escribirá su propia historia en el oleaje, sonreirá cuando recuerde aquel viaje en el verano del 2008, “mi padre estaba loco” es lo que ciertamente pensará.

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Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.
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