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jueves, 28 de octubre del 2021

A propósito de nuevos acuerdos: mejor refundar la sociedad salvadoreña

El 2017 es un año de significativas conmemoraciones de hechos histórico-sociales que han marcado sustantivamente el proceso de construcción de nuestra identidad y que, además, son hitos en la edificación de la memoria colectiva.

Así­ sucesos como el vigésimo quinto aniversario de la suscripción de los Acuerdos de Paz en el Castillo de Chapultepec, México, los 85 años de la rebelión campesina e indí­gena de enero de 1932 en el centro y occidente de la nación, el centenario del nacimiento del profeta social y pastor mártir el beato monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez (1917-1980) y otros, son acontecimientos relevantes e inéditos que propician una introspección colectiva como individual.

Una lectura crí­tica del actual momento socio-económico y socio-polí­tico por el que atraviesa El Salvador nos permite calificar al mismo como de carácter excepcional. Pese a saber ya que todo perí­odo adopta necesariamente, o más bien inevitablemente, una serie de rasgos que le singularizan, lo cierto, es que el presente reflejarí­a, a mi juicio, caracterí­sticas de auténtica crisis.

En el entendido, sin embargo, que el orden social de nuestro paí­s se ha desarrollado desde siempre prácticamente en una condición de crisis permanente, la afirmación antes dicha apuntarí­a a carecer de valor y significado.

Empero, y pese a que se tiende a utilizar vocablos indebidamente, hasta el punto de vaciarlos conceptualmente; lo cierto, es que vivimos (¿sobrevivimos?) un momento crí­tico y de transcendencia insospechada. Un instante de parteaguas y de efectos no predecibles.

Más allá de las diferentes percepciones que se tengan sobre la naturaleza y el alcance del cambio en que nos hallamos inmersos; la verdad, es que este punto de inflexión exige impulsar una serie de tareas claves, entre ellas, la reconstrucción del tejido social, la reconfiguración del sistema polí­tico, la revisión de los nortes axiológicos, el visibilizar sujetos sociales (Por ejemplo, mujeres, grupos indí­genas  etc.). Todo ello, creo, hace parte de una dinámica más de fondo:

La refundación social. Refundación que incluye pero trasciende la mera reforma polí­tica legal e  institucional contenida en los entendimientos suscritos bajo la supervisión de las Naciones Unidas hace un cuarto de siglo ; y, que más bien, apuntarí­a a constituirse en un ejercicio de revisión profunda del catálogo y de los parámetros éticos que hasta hoy nos han guiado. Esto la hace más bien una refundación moral.

Muy cercana a esta empresa en la que todos tenemos un sustantivo rol que desempeñar, se encuentra el debate  sobre la necesidad  de impulsar una nueva generación de acuerdos y, otro, todaví­a en ciernes  para la promulgación de una nueva Constitución de la República que sustituya a la cada vez más disfuncional Carta Magna de 1983. Debates que, en mi opinión,  deberí­an de extenderse o profundizarse hasta  la conveniencia de rediseñar el contrato social que nos rige.

En sí­ntesis, la nación  salvadoreña se encuentra, hoy por hoy,  en un momento social tan incierto como delicado. Se trata entonces, de asumir, por un lado,  con un auténtico espí­ritu  patriótico  y, por otro,  de sacrificio por el bien común  y con altura ética, el proceso siempre desafiante de redelinear integralmente el orden social vigente a efectos  que  el mismo sea participativo y compartitivo, o más bien humano.

En pro de ese  superior empeño se deberá trabajar afanosamente con firme voluntad y con creatividad, en suma adoptando un compromiso social inigualable, para llevar adelante un proceso de refundación social y moral. Un reto que demandará, seguramente, de nuestras mejores energí­as y al que no podemos escapar.

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