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domingo, 01 de agosto del 2021

A mis 12

Mi hija mayor cumple 12 años hoy. La veo y me alegra que a sus doce sepa que su cuerpo es suyo, que tiene la libertad de escoger a quién querer, quién quiere ser y expresarse de la manera que lo desea.

Cuando cumplí­ 12 viviendo en el Centro de San Salvador yo ya habí­a vivido más rápido que el tiempo, como la mayorí­a de mis congéneres. Robos, terremotos, deslaves, buses quemados, policí­as untándole pega a los niños callejeros, asesinatos, heridos con cuchillas de zapatero, machetes, botellas, etc.

A mis 12 mi madre, habiendo ahorrado para ese 18 de septiembre, quiso celebrarme el cumpleaños en un restaurante de pollo atrás de la Plaza Morazán. Entramos y pedimos un platillo de adulto para mí­. La felicidad era evidente, con café y todo. Ella pidió nada más una pieza de pollo para ella. Al salir oí­mos disparos, gente corriendo sin saber a dónde ir, buses a toda velocidad, niños tosiendo, humo por todos lados, más gente corriendo y una cantidad igual de antimotines tras ellos. Corrimos queriendo regresar al restaurante para buscar refugio pero ya habí­an cerrado las puertas. Y también en la librerí­a. Y así­ sucesivamente en cada negocio al que quisimos entrar. No podí­a respirar. Mi madre me jaloneaba para poder alejarnos de las lacrimógenas. Al final llegamos a la Dalia donde nos regalaron agua.

A mis 12 ya habí­a vivido suficiente: ya habí­a esquivado una segura violación, ya habí­a chocado dos veces en el transporte colectivo, ya la Marlene me habí­a roto el corazón. Comencé a trabajar a los 6. A los 7 ya repartí­a tortillas. A los 8 cuidaba carros. A los 9 se vino el terremoto del 86, a los 10 habí­a toque de queda, a los 11 Duarte decí­a que todo era felicidad mientras yo trabajaba de embolsador en un supermercado ganando nada más propinas y mientras seguí­an desapareciendo a la gente, en fin, era extraño que no hubiera sido parte de esos fatí­dicos eventos a mis 12. Dos meses después se desencadenarí­a el caos total con la Ofensiva Hasta el Tope.

En la contienda polí­tica hoy en dí­a hay polí­ticos que, sin interés de mejorar las condiciones de vida para la niñez, quieren hacernos creer que son como nosotros. No lo son: vos no viviste las calamidades de la gente de la clase baja. Vos no sufriste la guerra como la vivimos los de abajo. Al final de cuentas, mientras yo veí­a las tortillas volar cuando tení­a hambre a vos te criaban bien maiciado.

Quiero que mis hijas y todas esas niñas en El Salvador cumplan 12, 15, 18 sin tener que preocuparse por la violencia estructural, por esa violencia heredada de una cultura de abuso donde, si uno lo mira bien, el abusador abusa y el abusado perpetúa la cadena maldita.

Deseo que haya oportunidades donde las niñas se desarrollen a plenitud sin que el padrastro o el vecino las agreda sexualmente por el simple hecho de ser niñas. Quiero que como salvadoreños creemos el paí­s que la niñez necesita para crear un nuevo paí­s, el paí­s ese que mi generación soñó y no tuvo.

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