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miércoles, 4 noviembre 2026

Memorias en la Zona Rosa | El regreso de Helen: Esa maldita música que no se apagaba | Parte 16

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Zarko Pinkas |

En los primeros años de los noventa, mi vida transcurría entre tres escenarios: la casa, la discoteca y la universidad. Creía haber dejado atrás una historia, pero algunas personas tienen la extraña capacidad de regresar a nuestra memoria por caminos que nunca imaginamos.


En El Búho sonaba Depeche Mode. La noche seguía su curso entre las luces, el humo de los cigarrillos y aquella música que parecía repetirse eternamente. Había algo familiar en el ambiente, aunque aquella vez me llamó la atención una ausencia: Héctor, el novio de Helen, no andaba con ella. Me pareció extraño.

Héctor era un tipo al que yo consideraba bastante bocón, de esos que proyectan una imagen de matón, pero que pueden cambiar de actitud cuando las circunstancias se complican. Aquella noche iba a tener ocasión de comprobarlo.

La historia había comenzado la noche anterior. Tres amigos míos, Gerard, Luis y Álvaro, habían tenido un problema en una gasolinera. Estaban fumando cigarrillos cuando se acercaron Héctor y otro tipo. Al parecer, no soportaban el olor del humo y comenzaron a buscarles pleito. La situación terminó mal: golpearon a Luis y a Álvaro.

A la mañana siguiente me llamó Gerard por teléfono.

—¡Puta, mirá! ¿Qué pasó? ¿Dónde puedo encontrar a ese cerote, novio de tu encule?

Así me lo dijo.

—¿Qué pasó? —le pregunté.

—Nada, que nos golpearon ayer en una gasolinera.

Le expliqué que Héctor era militar y andaba armado. No me parecía una buena idea meterse en una situación de esas, pero Gerard estaba bastante molesto.

—Decime dónde lo encontramos. Vamos a ir con todo el grupo esta noche.

Yo no tenía ningún interés en organizar una pelea. Al final le dije que nos viéramos en la discoteca. Allí estaría también mi hermana Denise, que por entonces comenzaba a salir conmigo y con algunos de mis amigos. Denise era una mujer muy bonita, realmente muy bonita, y bastante popular en el colegio San Francisco. Se llevaba con el grupo de chicas más conocido del colegio, muchas de ellas también muy guapas.

Con el tiempo me fui dando cuenta de que algunos amigos que aparecían por mi casa quizá no estaban tan interesados en mi compañía como en la de mi hermana. Pero esa es otra historia.

Aquella noche Gerard y Miguel terminaron acercándose a Héctor para hablar de lo ocurrido. Miguel era una persona bastante diplomática y trataba de mediar en situaciones complicadas. Héctor, sin embargo, pareció ponerse nervioso. El hombre que yo había imaginado como un matón comenzó a hablar demasiado. Prácticamente se puso a cantar como un perico: nombres, direcciones y lugares donde podían encontrar a los otros involucrados. Hasta ofreció llevarlos a buscarlos.

Aquello me produjo cierta gracia. No esperaba semejante demostración de solidaridad por parte de alguien que, según lo que había escuchado, había participado en una agresión.

Después supe que Héctor había pensado que yo estaba detrás de aquella situación, que había organizado a mis amigos para buscarlo. No era así. Yo no había preparado ninguna operación ni tenía interés en convertirme en protagonista de una disputa que no me correspondía.

Mientras tanto, la música seguía sonando.

No recuerdo exactamente qué canciones sonaron aquella noche, pero sí recuerdo el ambiente musical de El Búho. Depeche Mode estaba muy presente. También Erasure y otros sonidos del new wave y el synthpop que parecían formar parte permanente de la programación. Moby comenzaba a asomarse en aquel universo musical. El grunge empezaba a emerger por otros lados, aunque no era precisamente lo que uno iba a escuchar en aquella pista. Quizá aparecía algo de Blur, pero no podría asegurarlo.

Mi vida, por entonces, tenía tres puntos de realidad: la casa, la discoteca y la UCA. Y entre esos tres espacios se estaba desarrollando una historia que yo creía haber dejado atrás.

Había ingresado a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas con veinte años. Mi decisión no había sido casual. En algún momento quería regresar a Chile y sabía que necesitaba estudiar en una universidad con reconocimiento internacional. Según la información que había reunido, las opciones eran la UCA y la Universidad Nacional. Esta última, sin embargo, atravesaba un periodo complicado, con huelgas, tomas universitarias y desorden interno. El proceso de paz todavía no había terminado de asentarse y yo no quería ingresar a una institución donde la situación pudiera afectar mis estudios.

La recomendación también venía de una profesora del colegio donde me gradué de bachiller bilingüe. Ella me había dicho que tenía buenas condiciones para las humanidades y que debía continuar estudiando, pero que no me fuera a la Nacional porque la situación era bastante desordenada. No era una impresión mía: ella también había investigado el asunto.

En la UCA encontré, entre otras cosas, a Jorge Martínez, uno de los mejores amigos que he tenido. Jorge era una persona extraordinariamente inteligente, pero también empática. Y esa combinación no es tan frecuente como uno quisiera.

Ya había contado algunas de mis primeras experiencias universitarias, particularmente aquellas situaciones en las que descubrí que la discriminación podía venir de cualquier lado. Podías ser discriminado porque tenías dinero o porque no lo tenías. Por ser extranjero, por tener automóvil o por la manera de vestir. Era una ironía bastante fuerte. Con los años comprendí que ese tipo de mentalidad es difícil de cambiar y que, treinta o cuarenta años después, muchas de esas actitudes continúan apareciendo.

Yo, por mi parte, seguía disfrutando de la noche. No me había convertido en un friki ni en un estudiante encerrado entre libros. Mis notas eran entre medianas y altas, estudiaba, cumplía con mis responsabilidades y después salía.

Había formado un grupo nuevo de amistades. Estaban Miguel, Gerard, Luis, Álvaro, Mario K, mi primo Ronald y otros más. Llegábamos a ser unos quince. Era un grupo bastante desconectado de las mujeres. No estaban particularmente interesados en salir a buscar pareja ni en establecer relaciones sentimentales. Yo, probablemente, estaba mucho más conectado con ese mundo que ellos.

Miguel merece una mención especial. Era quien generalmente tenía más dinero cuando salíamos, porque se dedicaba a los negocios de su padre, pero nunca fue un tipo engreído. Era buena onda, sencillo y generoso. Y lo digo no porque pagara cuentas, sino porque realmente era una buena persona.

Después de aquella ofensiva del 89 en Guatemala y de todo lo que había ocurrido anteriormente, yo había dejado a Helen en algún lugar de mi memoria. No había decidido conscientemente terminar aquella historia; simplemente había llegado a una conclusión bastante dura sobre ella. Para mí, Helen había sido una mala persona, alguien que había crecido en un ambiente que yo percibía como superficial, sin demasiada empatía ni conciencia del otro.

Y no estoy hablando de ser comunista ni de adoptar una posición política determinada. Estoy hablando de tener una mínima conciencia social, cultural y humana. De comprender que existen otras personas y que no todo gira alrededor de uno mismo.

Sin embargo, seguía encontrándomela en las discotecas, generalmente acompañada de su novio. Hasta que apareció una persona que cambiaría nuevamente la dirección de mis recuerdos.

En la carrera de Comunicaciones y Periodismo, había pocas compañeras que me llamaran particularmente la atención. Siendo sincero, según mis gustos de entonces, quizá cinco. Pero había una muchacha que me gustaba mucho. Tenía el cabello castaño, los labios gruesos, los ojos negros y una manera de vestir que me parecía especialmente atractiva. Era guapa, muy guapa. No necesariamente mi tipo habitual, pero me llamaba la atención desde que la vi.

La había reconocido de una fiesta de Halloween de 1990. La recordaba bailando con Helen y con aquel grupo de novios y amistades. La volví a ver en la UCA, en el aula magna, y pensé inmediatamente: esta es la amiga de aquella otra.

Y también pensé en el viejo refrán: dime con quién andas y te diré quién eres. Por eso, inicialmente, no me acerqué. Pero un día fue ella quien comenzó a hablarme.

—Oye, ¿tú eres amigo de una amiga mía?

—¿De quién?

—De Helen.

—Ah, ya ¡ Felicidades!, dije con ironía.

Entonces empezamos a conversar. Le conté que había salido con Helen una vez, que habíamos ido a bailar y que después no volvimos a tener contacto. Ella me explicó que Helen había terminado su relación sentimental y que estaba bastante deprimida.

Me dijo que consideraba que yo podría salir con ella, aunque también me aclaró que no creía que fuera una buena idea porque nosotros no habíamos hecho clic. No había habido una conexión especial entre los dos.

—Podríamos salir juntos —me propuso.

Me pareció interesante. Pero debo confesar algo: también me servía aquella amistad para acercarme a la muchacha que realmente me interesaba, que era su amiga.

Comenzamos a estudiar juntos y nos fuimos conociendo. Ella había dejado la carrera y comenzado a estudiar diseño gráfico y de interiores. Tenía conversación, era agradable y poseía una curiosidad que yo encontraba mucho más atractiva que las conversaciones superficiales que había tenido con Helen. Mientras me hablaba de Helen, yo, debo confesarlo, pensaba en ella, en sus labios, sus muslos, su cuello. Toda ella me hacía sentir vivo en esos momentos.

En la tercera o cuarta visita a su casa comencé a entender que probablemente no iba a pasar nada entre nosotros. Era una situación extraña porque compartimos varias Navidades, creo que unas tres, y también algunos finales de año. Llegamos a amanecer en su casa después de las celebraciones. Sin embargo, nunca le pregunté directamente si le interesaba algo conmigo. Tampoco le dije abiertamente lo que sentía.

Había ciertos códigos. Yo los entendía y, de alguna manera, esos códigos me mantenían a raya. Una mujer sabe perfectamente cómo establecer una distancia sin tener que expresarla de manera directa. Puede hablarte de alguien con quien está saliendo, mencionar a otros hombres o introducir determinadas conversaciones que te hacen entender que hay una frontera que no deberías cruzar. Hoy es cuando te dicen: “Hola, amiguito”.

Y Helen, de una manera u otra, siempre terminaba apareciendo en nuestras conversaciones.

A mí, en realidad, Helen ya no me interesaba. Hacía bastante tiempo que no la veía. Por medio de un amigo que estudiaba en su universidad supe que había comenzado a perder mucho peso y que se veía bastante distinta de como yo la había conocido. Nunca le pregunté nada a su amiga sobre eso. No me parecía que fuera asunto mío.

Con la amiga de Helen, en cambio, había algo diferente. Me gustaba su conversación, su manera de ser y, por supuesto, también su físico. Tenía unas piernas preciosas. Hay que decirlo. Todavía recuerdo ese detalle.

En esos años, también había cambiado mi situación personal y familiar. Sin entrar en asuntos privados, nuestras circunstancias ya no eran las mismas y aquello pudo haber influido en mi manera de relacionarme con ella. Su situación económica era más holgada y quizá yo sentía esa diferencia como una barrera. No estoy seguro, pero con el paso del tiempo he pensado que pudo haber sido uno de los motivos por los que nunca me atreví a dar el paso.

Por medio de aquella amistad apareció también un amigo mío al que todos llamaban El Negro. Era una excelente persona, con unos gustos musicales extraordinarios. Le gustaban los libros, la música y compartíamos muchas afinidades. Gracias a él fui ampliando mis referencias musicales. Conocí mejor a The Smiths y a Morrissey, que terminaron convirtiéndose en una especie de referencia personal para mí. También me fui acercando a U2, Tori Amos, Björk y otros artistas que me permitieron salir de los gustos que había tenido hasta entonces.

La música, una vez más, comenzaba a convertirse en parte de mi memoria.

En algún momento organizamos una salida doble. La muchacha que me interesaba tenía relación con El Negro y nos pusimos de acuerdo para salir. Antes de ir a comer, pasamos buscando a Helen.

Y aquí sucedió algo que todavía recuerdo.

Fuimos a la misma casa donde yo había pasado a recogerla en 1987. La misma casa. Cuando Helen salió y se subió al automóvil, se sentó atrás, mientras yo iba adelante con su amiga. Fue una sensación extraña, un verdadero déjà vu. La casa, el automóvil, Helen volviendo a aparecer después de tantos años y yo sentado en una posición distinta. Era como si alguien hubiera recuperado una escena vieja y hubiera cambiado únicamente la ubicación de los personajes.

Fuimos a comer comida japonesa. La pasamos bien, aunque la conversación con Helen me resultó tan aburrida como aquella primera vez. Volví a tener la impresión de que era una mujer sin demasiada profundidad, con un universo cultural bastante limitado a lo trivial.

Su amiga, en cambio, era otra cosa. Con ella podía hablar de muchas cosas. Teníamos conversación y una relación mucho más natural.

Después de aquella salida le comenté que me gustaría salir con ella. Le pedí que no lo presentara como si yo siguiera interesado en Helen, porque no era así. No estaba detrás de Helen. Me interesaba su amiga.

Pero tampoco podía negar que volver a verla había despertado algo que creía superado.

Hay una clase de emoción que resulta difícil de explicar. Uno puede sentir algo por una persona que nunca fue su pareja, con quien nunca tuvo una relación sentimental y que, sin embargo, permanece en algún lugar de la memoria. No hubo una historia propiamente dicha, no hubo convivencia ni una intimidad que justificara semejante permanencia. Y, aun así, algo queda.

Me ha sucedido en dos ocasiones. Una fue con Helen. La otra ocurrió muchos años después, con una persona con quien sí llegué a tener intimidad, pero cuya relación terminó fracasando. En ambos casos hubo una especie de prolongación emocional que sobrevivió a la realidad.

Con Helen, sin embargo, la situación era particularmente extraña.

La seguí viendo en algunos momentos y, hacia 1997, habían pasado aproximadamente diez años desde aquella primera salida. En algún momento volví a buscarla. La fui a recoger a un gimnasio y nuevamente fuimos a comer comida japonesa.

La vi muy delgada. Eso recuerdo. Comenzamos a hablar y me contó algunas cosas de su familia. Me habló de un primo que estaba detenido en Palestina y comenzó a hacer comentarios sobre los israelíes, sobre lo que pensaba de ellos y sobre determinadas circunstancias del conflicto.

Yo tenía presente que mi apellido tiene raíces judías, aunque no me considero judío y tampoco suelo hablar demasiado de ese asunto. Durante mucho tiempo he preferido explicar que mi apellido es húngaro o de origen austrohúngaro. Es una manera de evitar conversaciones que pueden convertirse en algo incómodo. El antisemitismo es un problema que viene de siglos y nunca ha desaparecido del todo. Siempre está ahí.

No recuerdo todos los detalles de aquella conversación, pero sí la impresión que me produjo volver a verla. Estaba soltera, había terminado con su antiguo novio y, por lo que me decía, no tenía intención de regresar con él.

Y, sin embargo, yo no estaba con ella.

Tampoco tuve la fuerza de decirle que había permanecido emocionalmente pendiente de aquella historia durante tantos años. No podía llegar de pronto y confesarle que había pasado seis o siete años pensando en alguien con quien apenas había tenido una relación. Me parecía absurdo, incluso para mí.

La cena terminó, pagué la cuenta y después volví a dejar de verla.

Lo curioso es que, mientras todo aquello ocurría, yo seguía manteniendo mi amistad con su amiga. Con ella sí había una relación que valoraba. Era una buena persona, de esas con las que uno puede compartir muchas cosas sin necesidad de estar demostrando nada. Si hubiera tenido la oportunidad de establecer una relación con ella, incluso de casarme, lo habría hecho. Pero la vida no siempre sigue el camino que uno imagina.

Con el paso del tiempo empecé a pensar en una contradicción que todavía me llama la atención.

Helen no fue el amor de mi vida. El amor de mi vida fue otra persona, pero no tengo un recuerdo musical asociado a ella, ni una canción, ni un libro, ni un lugar que me devuelva a esa relación. No existe ese vínculo.

Con Helen ocurre exactamente lo contrario.

Cada vez que escuchaba una canción de Heart, por ejemplo, me acordaba de ella. También la relacionaba con A-ha, The Police y Pet Shop Boys. Estaba conectada con Guatemala, con determinados lugares, con recuerdos de aquellos años e incluso con el tipo de automóvil que conducía. Su presencia se había extendido por toda una década.

Y eso es lo verdaderamente extraño: una persona que no fue el amor de mi vida terminó asociada a una cantidad de recuerdos que el verdadero amor de mi vida no dejó en mi memoria de esa manera.

Helen había ganado. Pero había ganado sin hacer nada.

Fui yo quien construyó aquella idea mental. Fui yo quien relacionó canciones, lugares, conversaciones y situaciones hasta convertirla en una especie de personaje permanente de mis recuerdos. Las personas muy imaginativas tenemos ese problema: podemos terminar construyendo un universo entero alrededor de algo que, en la realidad, quizá fue mucho más pequeño.

Y hay otra cosa que ahora entiendo: las relaciones también tienen que terminarse. No se puede seguir construyendo ideas sobre los huesos del pasado. A veces uno debería enterrar una historia y dejarla descansar, porque volver a encontrar a alguien no significa que haya que recuperar lo que alguna vez se imaginó con esa persona.

En realidad, la mujer que más me había interesado durante aquellos años había sido su amiga. Todavía hoy, cuando veo alguna fotografía de ella, me sigue pareciendo atractiva. Quizá lo que quedó pendiente fue precisamente eso: una posibilidad que nunca me atreví a explorar, una conversación que nunca terminé de tener, una emoción que mantuve bajo control porque era demasiado racional para dejarme llevar.

Pero los años siguieron pasando. Y al llegar 1997, cuando creía que aquella historias extrañas ya habían agotado sus posibilidades, llegó lo que solamente puedo describir como la destrucción casi total de mi realidad juvenil.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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