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jueves, 29 octubre 2026

Memorias en la Zona Rosa: Halloween y un disfraz de pobre y triste weón | Parte 15

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Una historia de Halloween, una conversación interminable sobre las drogas y una lección que aprendí con el tiempo: la gente puede juzgarte por el dinero, por tus amistades o simplemente porque no encajás en el grupo.


Después de aquellas vacaciones en la Costa del Sol y de las alucinaciones con mi bisabuelo, me quedé pensando que realmente la vida era extraña. Lo curioso es que, en lugar de normalizarse, las cosas fueron convirtiéndose en situaciones todavía más extrañas. Ahora me pregunto si seré una especie de imán para ese tipo de experiencias, porque a veces me suceden cosas que no sé muy bien cómo explicar.

Nunca quise ser conflictivo ni meterme en situaciones de poca altura. Y no me refiero a que unas personas sean inferiores a otras, sino al contenido de ciertas situaciones, a la calidad de las relaciones humanas, a esas dinámicas que terminan convirtiéndose en algo desagradable y que uno no necesita para vivir. Desde entonces ya quería tener un cierto nivel de paz. Lo de Helen había sido muy patético y me había hecho sentir mal profundamente. Sin embargo, me quedaba la sensación de que había algo más, algo que todavía no podía definir.

En cierta forma, entrar a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, la UCA, fue para mí una manera de abrir un nuevo campo de realidad. Tenía veinte años y pensaba que ya era necesario establecer una relación seria, de esas que eventualmente terminan en matrimonio. Y escribo la palabra matrimonio y se me pone la piel de gallina. Pero así pensaba en aquel momento. Comencé mis estudios junto a mi primo Ronald y, extrañamente, encontré en la UCA cosas que no había encontrado en otros lugares.

Yo había estudiado en colegios de clase alta, aunque no en los de mayor élite, como la Escuela Americana, la Británica o la Alemana, sino en instituciones como el San Francisco, donde había gente pudiente y familias con buenas relaciones. Sin embargo, no recuerdo haber encontrado allí determinadas actitudes racistas o discriminatorias de la forma en que empecé a percibirlas en la universidad.

Me sorprendió que algunas personas de condiciones más populares parecieran manejar estereotipos muy marcados. Bastaba con tener automóvil, ser extranjero o vestirse de determinada manera para que alguien comenzara a hacer sus propias interpretaciones. No es que me impresionara, pero sí me parecía extraño.

Yo había sido de clase media en Chile, aunque la clase media chilena es muy amplia y tiene muchas diferencias en su interior. Además, mi familia siempre me transmitió una percepción bastante importante de la justicia social. Por eso me llamó la atención encontrar en la UCA gente que parecía cargar con un profundo resentimiento. Un profundo resentimiento. De eso hablaremos con más detenimiento en otra ocasión.

Los primeros meses fueron tranquilos. Y entonces apareció Isabel.

Ella cursaba conmigo una materia que creo que se llamaba Historia I. Era una asignatura densa, con bastante estudio y un profesor cuyo nombre ya no recuerdo. La historia nunca fue una materia que me apasionara, aunque se me daba bien, sacaba buenas notas y tampoco la consideraba particularmente complicada. Lo difícil para mí era retomar el método de estudio, acostumbrarme a esa dinámica y organizarme.

Isabel comenzó a mandarme saludos por medio de una compañera que teníamos en común y que conocía a mi amigo Jorge Martínez. Jorge es una de las personas más inteligentes que he conocido en mi vida, en todo el sentido de la palabra. Era un tipo que leía muchísimo, tenía su cuarto lleno de libros y había leído filosofía de Sartre, Schopenhauer, Hegel, Kant y toda esa gente que uno menciona y que no siempre ha leído tanto como quisiera. También leía Wired, entendía de lo que hablaba y tenía una manera de anticiparse a los tiempos. Era un adelantado para su época.

Isabel había sido compañera de Jorge y, por lo visto, me había visto en mis noches de juerga.

En aquellos años yo salía bastante con mis amigos y mi primo. Íbamos con frecuencia a las discotecas. Ellos no eran precisamente discotequeros, pero yo los fui introduciendo en ese mundo y, por distintas razones, terminaron adaptándose. Yo ya no tomaba alcohol en absoluto. Lo que me gustaba era ir a bailar, sentir la música, escucharla, dejarme llevar por ella y, si se presentaba la oportunidad, encontrar alguna mujer con quien pasarla bien. No andaba buscando una pareja formal. La verdad es que en aquel momento mi idea de la noche era bastante sencilla: bailar, escuchar música y ver qué ocurría.

Así fue como apareció Isabel, una mujer un par de años mayor que yo, graduada de un colegio de buen nivel y con bastante dinero. Tenía una casa enorme en la colonia Escalón, una de esas casas que te hacen entender rápidamente que su familia pertenece a otro estrato económico.

Cuando fui a visitarla, comenzamos a conversar y, casi de inmediato, me hizo una pregunta que me pareció extraña:

—¿Vos consumís drogas?

Yo le respondí que no consumía ni siquiera alcohol. Que solamente fumaba cigarrillos.

La expresión de su cara fue de tremenda decepción. Me preguntó por qué no consumía y yo le dije que, sencillamente, no me gustaban las drogas y que les tenía miedo. Y la verdad es que sí les tenía miedo.

Había tenido una experiencia con la marihuana que fue la primera y la última. Me dio lo que llaman la pálida, terminé con una arritmia cardíaca aceleradísima y estuve a punto de acabar en el hospital. Fue una experiencia espantosa. Después de aquello quedé curado del tema. Además, había otras circunstancias relacionadas con mi salud que me hacían tener cuidado con cualquier cosa que pudiera alterar mi percepción de la realidad.

Aclaro algo: nunca tuve nada contra la gente que consumía drogas. Siempre he creído en la libertad individual. Si alguien considera que consumir algo le hace bien o le hace sentirse bien, es asunto suyo. Tampoco creo que la marihuana sea necesariamente peor que el alcohol. El alcoholismo puede ser devastador, pero no voy a meterme aquí en una discusión sobre drogas porque ese es un tema complejo y no viene al caso. El punto es que yo había tenido una experiencia desagradable y había decidido no volver a pasar por ella.

Entonces Isabel me dijo que me había visto en las discotecas. Me había visto en la que frecuentaba y también en El Búho.

—¿Pero dónde me has visto? ¿En la discoteca o en El Búho? —le pregunté.

—En las dos.

—¡ No te he visto!

—¿Por qué no ponés atención?

—Porque realmente no pongo atención en lo que no me interesa. Es la verdad.

Entonces me explicó que me había visto con algunos de mis amigos, personas que, según ella, consumían drogas. Por eso había llegado a la conclusión de que yo también consumía.

Y ahí le solté una de esas frases que a uno le salen sin haberlas preparado:

—Que yo ande con botas no significa que tenga un caballo afuera.

Ella se rio.

Lo que estaba haciendo Isabel era establecer una asociación: si yo me relacionaba con personas que consumían drogas, entonces debía consumirlas también. Como razonamiento, podía entender de dónde venía. Pero una cosa es asociar y otra muy distinta es conocer a una persona.

—No, yo creo que sí consumís —insistió.

Y yo volví a decirle que no.

Hasta que le pregunté:

—¿Y vos sí consumís?

—Sí, yo consumo.

Ahí estaba, finalmente, el tema de fondo.

Le dije que, si ella consumía y lo que estaba buscando era una pareja de juerga, alguien que compartiera ese mundo con ella, probablemente iba a aburrirse conmigo. A mí me gustaba bailar, escuchar música y fumar cigarrillos. Eso era todo. Si me había visto en las discotecas, seguramente habría notado que andaba con un grupo de hombres, con mis amigos, y que lo que buscaba era pasarla bien bailando.

No me interesaba el asunto de las drogas. No me parecía atractivo. Y tampoco quería calificarla a ella por lo que hacía. No iba a juzgarla, pero tampoco tenía por qué fingir que compartía sus gustos.

Ella se quedó pensando y finalmente dijo algo parecido a un «ah, bueno».

El problema fue que aquella conversación, que debía haber servido para conocernos, se convirtió prácticamente en un interrogatorio sobre las drogas. Pasamos cerca de dos horas hablando del mismo asunto. Para mí fue tedioso, desalentador y, en cierto modo, absurdo. Yo no entendía por qué algo que no formaba parte de mi vida tenía que convertirse en el centro de una relación que apenas comenzaba.

Isabel me atraía, eso es cierto. Tenía unas piernas muy bonitas y un busto también muy bonito. Su rostro era cuadrado, la nariz recta y el pelo ondulado, con ese corte que todavía conservaba algo de los años ochenta, aunque ya estuviéramos entrando en los noventa. Tenía una voz ronca. No diría que era bonita en el sentido convencional de la palabra, sino una mujer atractiva y simpática.

Pero profunda, no. Al menos yo no la percibí así. Después de aquellas dos horas hablando casi exclusivamente de drogas, no había encontrado mucho más de lo que conversar.

Aun así, seguimos hablando por teléfono, nos veíamos en la universidad y quedamos en salir para la fiesta de Halloween que se acercaba. Aquello debió de ocurrir alrededor de 1990, hace ya unos treinta y seis años.

Halloween siempre me ha encantado. Desde mucho antes me gustaba disfrazarme, inventarme personajes y participar en esas fiestas. Para mí tenía algo atractivo esa posibilidad de convertirse, aunque fuera por una noche, en otra persona.

En aquella ocasión decidí disfrazarme de pirata. Era sencillo de preparar y, sobre todo, fresco. Ya me había disfrazado antes de verdugo, con una máscara y cosas en la cabeza, pero aquello era un suplicio. En una pista de baile, con el calor que hacía, uno terminaba sudando como si estuviera trabajando en una fundición. Y si a eso le sumabas el humo de los cigarrillos, porque entonces fumábamos dentro de las discotecas, la experiencia podía resultar espantosa. No iba a volver a meterme en un disfraz que me cubriera completamente.

Quedamos en ir a una fiesta de disfraces en El Búho. Todo parecía marchar bien. Llegó la noche, me puse mi disfraz de pirata y fui a buscarla.

Isabel salió de su casa con una minifalda negra que todavía recuerdo. Pero, en lugar de prepararse para ir a la fiesta que habíamos acordado, me dijo:

—Vamos a ir a la fiesta de Antonio.

Antonio había sido vecino mío en un apartamento. Era un hombre de una familia con mucho dinero, de complexión grande, bastante engreído y que, según lo recordaba, solía andar armado. Era gay, pero ese no era el problema. Su orientación sexual me tenía sin cuidado. El asunto era que me parecía antipático y no me sentía cómodo con él.

Yo ya estaba disfrazado de pirata. No tenía intención de cambiarme para ir a una fiesta distinta, con gente que no conocía y donde probablemente me habría sentido fuera de lugar. Tampoco quería llegar a una reunión de alguien con quien no tenía confianza y convertirme en el invitado incómodo, ese tipo que aparece de pronto y al que todos observan tratando de averiguar quién es.

No quería someterme a esa situación. Ni siquiera me parecía justo para los demás.

Así que le dije:

—Mirá, hagamos algo. Andá a la fiesta de Antonio y después nos vemos en la otra discoteca.

Ella se me quedó viendo y aceptó.

Aquello me pareció lo más razonable. Yo no iba a permitir que alguien decidiera por mí lo que tenía que hacer, mucho menos después de haber acordado otra cosa. Si ella quería ir a la fiesta de Antonio, estaba en su derecho. Yo, por mi parte, seguiría con mis planes.

Esa noche fui a la discoteca donde habíamos quedado de encontrarnos. Andaba mi hermana, una amiga de ella y un amigo mío italiano. Estábamos ahí, en nuestro grupo, bailando y pasando la noche.

En algún momento apareció Isabel con Antonio.

Se acercó y me saludó:

—Ah, hola. ¿Qué tal? ¿Cómo te fue?

—Bien —le respondí.

Ella se me quedó viendo un momento, dijo algo parecido a un «ah, bueno» y me volteó la cara.

Entendí el mensaje inmediatamente. No necesitaba que me explicara nada más. Me fui donde estaban mi hermana, su amiga y mi amigo, y nos quedamos ahí.

La noche pasó. No recuerdo si bailé mucho ni qué canciones sonaron. Hay noches de las que uno conserva la música, los rostros y hasta los olores; de aquella recuerdo sobre todo aquella escena y la sensación de que la historia con Isabel había terminado antes de empezar.

Al día siguiente hablamos y ella me dijo que ya no quería que le hablara. Según ella, yo había despreciado a sus amigos y era un pendejo.

Entonces pensé: no, no soy un pendejo. Soy un pobre y weón, como dicen en Chile. ¿Por qué? Porque había dado pie a toda aquella situación, había aceptado salir con ella y hasta había ido a buscarla, cuando en realidad quizá lo que ella estaba buscando era que yo entrara en su círculo y consiguiera la aprobación de su grupo.

Eso me parecía un asco. Un asco.

Con el tiempo volví a encontrarme con esa misma dinámica en otras situaciones: la necesidad de obtener la aprobación del grupo, de demostrar que uno pertenece, de aceptar sus códigos y comportarse de acuerdo con lo que los demás esperan. Como si la gente necesitara un tribunal de amigos que decidiera quién merece entrar y quién debe quedarse afuera.

A mí aquello me empezó a parecer cada vez más absurdo.

Yo tenía amigos que poseían mucho más dinero que Isabel y Antonio. Había personas de mi entorno con familias acomodadas, automóviles, propiedades y relaciones sociales importantes. Y me fui dando cuenta de que el dinero podía funcionar como una especie de filtro para juzgar a los demás. La gente siempre se fija en la plata. Siempre va a evaluar y a predisponerse ante alguien por lo que tiene, por la ropa que viste, por el automóvil que conduce o por el grupo con el que se relaciona.

Después dicen que no, que lo importante es el interior, que no se fijan en el dinero. Pero muchas veces esa es una falsedad.

Me ocurre algo parecido cuando veo a determinadas personas que viajan a la India para encontrar profundidad espiritual y regresan convertidas, según ellas mismas, en gurús. Vuelven hablando como si hubieran descubierto los secretos del universo, como si hubieran alcanzado una iluminación extraordinaria, mientras hablan maravillas de un país donde existen una pobreza enorme y un sistema de castas que ha marcado profundamente la vida de millones de personas.

Falsos gurús, falsos médiums, falsos profetas, personas que se presentan como profundas porque necesitan que los demás las vean de esa manera. ¿Dónde se ve lo falso? A veces, precisamente, en la necesidad de autodenominarse profundo.

No es que uno tenga que despreciar a quien busca respuestas. El problema aparece cuando esa búsqueda se convierte en una pose, en una forma de sentirse superior a los demás. Y eso, para mí, tenía algo en común con la necesidad de pertenecer a determinados grupos: el deseo de conseguir una aprobación externa que termina siendo más importante que lo que uno realmente es.

Aquel día, sin embargo, tenía otras cosas que hacer. Quería escuchar un cassette de Depeche Mode que había conseguido: Violator.

El álbum había salido el 19 de marzo de 1990 y era una maravilla. Puse el cassette y lo escuché completo. Estaban «Enjoy the Silence», «Personal Jesus» y aquellas canciones que parecían construir un mundo propio. También recuerdo sus videos, la estética visual, la imagen de Dave Gahan vestido de rey en el video de «Enjoy the Silence». Todo aquello tenía una belleza particular.

La música no era únicamente algo que sonaba de fondo. Había una estética, una atmósfera, un universo que uno podía habitar durante unos minutos. Depeche Mode tenía esa capacidad de construir imágenes y sensaciones que iban mucho más allá de las canciones.

Y ahí hay algo que siempre me ha parecido interesante: uno vive de niño a través de las caricaturas y los personajes. Crece, empieza a descubrir el mundo de la música y, sin darse cuenta, termina viviendo también a través de ella. Las canciones se convierten en el soundtrack de nuestras vidas. Hay discos que quedan unidos para siempre a una época, a una persona, a una noche o a una experiencia que quizá no tuvo ninguna importancia para los demás, pero que para uno permanece intacta.

Isabel no volvió a hablarme durante años. Más adelante supe que se había casado y que el matrimonio le había ido mal, pero no vale la pena entrar en detalles. Era su vida y no me correspondía juzgarla. Algunas de las cosas que me había preguntado durante nuestro primer encuentro, esa especie de feeling que buscaba, esa aceleración que parecía necesitar, quizá tenían un significado para ella que yo nunca llegué a comprender.

Cada quien cava su propia tumba a veces.

Yo seguí en la UCA. Y allí también aprendí algo que terminaría confirmando muchas veces: la gente puede ser miserable con dinero o sin dinero. No es una cuestión exclusiva de una clase social.

Había una mujer que parecía tenerme una antipatía especial. Yo no entendía muy bien por qué, hasta que empecé a sospechar que el hecho de que tuviera automóvil le molestaba. Y hay otro detalle curioso: durante casi un año la tuve como compañera en un aula magna y pensé que era hombre. Al final descubrí que era mujer. No lo cuento como una burla; simplemente así fue como la percibí durante aquel tiempo.

En la universidad yo llegaba, asistía a mis clases y me iba. No encontré allí una gran cantidad de personas con las que pudiera establecer una relación de amistad profunda. Con Jorge Martínez sí tuve una relación amistosa, porque era alguien con otro nivel intelectual y humano. Era inteligente, pero también empático, y esa combinación me parecía mucho más valiosa que cualquier demostración de superioridad.

Creo que todo aquello me fue dando una lección de vida. Empecé a entender que el dinero no convierte a nadie en una buena persona, que la pobreza tampoco garantiza la nobleza y que la inteligencia, por sí sola, no significa demasiado si no viene acompañada de cierta calidad humana.

Pero, cuando pensaba que ya había aprendido algo de aquellas experiencias, Helen volvió a aparecer de la manera más extraña.

Y esa es otra historia.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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