Zarko Pinkas |
Solo yo quiero poseerme.
No hay nada más que importe.
Desde los techos del edificio
miro caer el granizo sobre la ciudad.
Cada piedra golpea los tejados,
las ventanas, los rostros que nadie recuerda.
En la ventana de enfrente
una mujer cuelga la ropa.
La observo sin saber por qué pienso
que también eso debería pertenecerme:
su sombra, sus manos, la tarde
que cae lentamente sobre sus hombros.
Y vuelvo a mí.
Yo.
Siempre yo.
Poseerme, tener todo lo que creo tener.
Guardar cada cosa
hasta el último rincón de mi cuerpo,
como si la existencia pudiera cerrarse
con una llave entre las manos.
Pero abajo la calle es gris.
Los hombres sin techo buscan un pedazo de pan
mientras el granizo arrastra
lo poco que todavía poseen.
Los miro y por un instante no sé
si soy uno de ellos
o si no soy parte de nada.
La ciudad desaparece bajo el hielo.
Entonces comprendo
que he pasado la vida queriéndolo todo
y que, al final, solo queda
una habitación llena de cosas que no son mías.
Ahora solo quiero una cosa:
poseer mi propio cuerpo
hasta el final,
hacerlo mío aunque nunca lo haya sido.
Y entonces la verdad entra conmigo
como el frío por una ventana rota:
ni siquiera esto me pertenece.


