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miércoles, 26 agosto 2026
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Escrito en una servilleta: No te enojes

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Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Cuando les digan que estoy en capilla ardiente temblando de frío, antes de que lo sepa o lo sienta yo, sabrán que me gusta interrogar a los ríos caníbales para que, por la buenas o las malas, confiesen quién les puso la mesa y les dio los cubiertos; descubrirán, al momento de vestirme por última vez, que me gustan las camisetas negras con emblemas de grupos musicales y el pelo rojo del Maquilishuat recién bañado; sabrán que puedo domesticar alacranes para que cambien su aguijón venenoso por una metáfora indecible a plena luz de la noche.

Cuando les cuenten que me están dando los santos óleos extra vírgenes, antes de que lo sepa yo, descubrirán que mi voz es como el aire tenue de los ventiladores en los mesones insólitos de Ciudad Delgado y del barrio La Vega; que me gustan los desayunos típicos, con refill ilimitado de café, en el mercado San Miguelito; que todos los días compro peines finos para espulgar los piojos de la apatía social y las ladillas que saltan de la cabeza de los sofistas; que me alucinan los números primos tomando el sol en las gradas de Catedral; que me gusta el sorbete de coco, de Don Narciso, porque no lo derrite el sol del mediodía; que me atrae la tibia esquina de la muerte en la que los besos se convierten en otra cosa bajo la falda del tráfico; las curvas sanguíneas y venéreas de las calles que sueñan con ser avenidas; deambular a la deriva, y a la buena de dios, por el centro histórico con un bolsa de palomitas de maíz de dudosa procedencia; saludar a los recuerdos que pasan frente a mí cuando me lustran los zapatos en el parque Libertad: hola, qué tal, tenía años de no verte; caminar sin sentido por la calle de la Amargura, para hallarle sentido al sin sentido del país cruel que fuimos.

Cuando sepan que exhuman mi cuerpo en la capilla Sixtina del cantón Milingo, antes de que yo lo sienta en cadáver propio, sabrán que perdí la inocencia con la hija mayor de don Virgilio, y que mis jadeos fueron insuficientes para recorrer, a pie, sus piernas de contorsionista de circo que, rebeldes, se perdían en la poza de agua pura que le hacía el feo al río sucio que le dio vida; que admiro a las mujeres que caminan erguidas y se ven elegantes y hermosas aunque vistan ropa vieja sin marca ni plancha de por medio; que un miércoles por la tarde descubrí el secreto del pintalabios mágico en el último beso de mi abuela, y que desde ese día me dediqué a ser en un predicador del beso de buenas noches dado en el día.

Cuando vean que mi nombre completo sale en un obituario incompleto, antes de que yo lo lea, sabrán que me afilié en la intocable dignidad del gato, y que me fascina el inconfeso embrujo de la luciérnaga a la que no le gusta el chambre; que tengo por oficio sacarles los ojos a los cuervos de la falacia de los últimos días; que me gustan las brújulas que apuntan a todos lados, sólo porque sí; que soy alérgico a las hienas que se creen leones eruditos y feroces; que varias veces sufrí, en corazón propio, la huelga general de latidos caídos; que me levantaba con el primer rayo de café negro; que me gusta la música y la poesía porque son un antídoto infalible contra el aroma del ciprés predestinado y son la premisa de la ruptura de los paradigmas de la sociología.

Cuando oigan al cura pronunciar mal mi nombre en el momento de las peticiones, sin habérselo pedido yo y sin que nadie lo corrija, les dirán que me gusta leer los libros de Saramago, García Márquez y Verne bajo la luz de un candil que puede viajar en el tiempo, para no olvidar de dónde vengo ni quienes fueron mis parientes lejanos; les dirán que me gusta soñar bajo la lluvia de pájaros que traen noticias de los escrutinios finales y construyen máquinas de hacer hombres; que fui vetado por las máximas autoridades de la universidad por haber expresado mi opinión política sin haber pasado por el confesionario de la burocracia académica. Cuando vean que mi espejo se siente abandonado, antes de que yo me pare frente a él, sabrán que no me gusta el café con esencia de cereza, porque le sentía sabor a cementerio.

Cuando sepan lo que sabrán que me ha pasado, antes de que yo lo sepa, odiarán a los párpados con la misma intensidad con que los odio yo. En ese momento,  tiraré los dados para iniciar el último juego de “no te enojes”.      

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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