Por Carlos Santos
Antes de que la guerra civil en El Salvador alcanzara su punto de ebullición, antes de que los muertos se contaran por miles y los desaparecidos comenzaran a llenar de pena y dolor a cientos de familias, José Manuel Abrego Quintero quiso ser sacerdote. Había sido un sueño desde niño. Su vocación y su fe lo llevaron al seminario, donde permaneció cuatro años aprendiendo que el hombre venía del polvo y al polvo regresaría, escuchando hablar de la salvación, del pecado y de la vida eterna, preparándose para administrar los sacramentos y acompañar a los muertos hasta la tumba. En aquellos años nunca imaginó que algún día serían otros quienes le ordenarían cavar la suya.
Eran los años en que El Salvador comenzaba a incendiarse por dentro. La pobreza tenía rostro y la riqueza estaba concentrada en pocas manos. La represión política se endurecía, las elecciones habían perdido credibilidad y las organizaciones guerrilleras crecían entre estudiantes, obreros, campesinos y sectores de las clases medias. La confrontación había entrado también en las iglesias: algunos sacerdotes hablaban desde los púlpitos de injusticia, pobreza y cambio social, mientras otros preferían guardar silencio. Monseñor Romero había comenzado a nombrar a los muertos y a denunciar públicamente la violencia que se extendía por el país.
José Manuel tomó entonces una decisión que creyó irrevocable: abandonó el seminario. Ya no sería sacerdote. Cambió la sotana que nunca llegó a vestir por la clandestinidad y se incorporó al Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, una organización político-militar clandestina, radical y vertical, convencida de que la revolución podía abrirse paso por medio de las armas. Con el tiempo terminó convertido en responsable de logística del ERP en la zona occidental del país. Tenía treinta y dos años, era mecánico y conocía una parte importante de la estructura clandestina: personas, casas de seguridad, rutas, contactos, lugares donde se ocultaban materiales y movimientos de algunos de sus compañeros.

En enero de 1983 descansaba en una casa clandestina de la organización cuando aparecieron varios hombres armados vestidos de civil. Tumbaron la puerta y José Manuel no tuvo oportunidad de escapar. En cuestión de minutos estaba reducido en el suelo, entre golpes e insultos. Los hombres se identificaron como miembros de un Escuadrón de la Muerte, lo vendaron, le amarraron las manos y se lo llevaron a punta de pistola. La primera parada fue la Policía Nacional de Santa Ana, donde comenzó un cautiverio en el que durante días no pudo distinguir claramente entre la noche y el día.
José Manuel no podía ver por la venda, pero escuchaba. Detrás de las paredes respiraban otros detenidos; llegaban hasta él voces apagadas, pasos, puertas que se abrían y cerraban, gritos e interrogatorios que comenzaban y terminaban. En los lugares clandestinos el oído termina aprendiendo a ver lo que los ojos no pueden. Después comenzaron las preguntas: querían saber dónde estaban las armas, quiénes eran los demás guerrilleros y dónde se encontraban las casas clandestinas. José Manuel guardaba silencio. Sus interrogadores sabían que era responsable de logística y que conocía información valiosa sobre la estructura occidental del ERP.
Durante días resistió los interrogatorios y las torturas. Cuando sus captores comprendieron que mediante los golpes no estaban obteniendo la información que buscaban, cambiaron de estrategia y decidieron hacerle creer que había llegado el momento de matarlo. Una madrugada lo subieron a un vehículo y salieron de Santa Ana. Durante el trayecto, José Manuel debió comprender que aquella podía ser su última noche. Las calles estaban vacías y, mientras el vehículo avanzaba hacia las afueras de la ciudad, se encomendó a Dios, al mismo Dios al que años atrás había prometido dedicarle la vida antes de abandonar el seminario y entregarse a la revolución.
El vehículo llegó finalmente a un lugar apartado que después identificaría como una finca. Lo bajaron, le quitaron las esposas y la venda, y uno de los hombres le anunció que aquella noche iba a morir. Después le entregaron una pala y le ordenaron cavar. José Manuel comenzó a hundir la herramienta en la tierra sin necesidad de preguntar para quién era aquella fosa. Cada palada sacaba tierra del suelo y, al mismo tiempo, parecía quitarle minutos a su vida. Detrás de él, los hombres armados esperaban apuntándole con sus rifles, mientras reían y fumaban marihuana.
Cuando la fosa estuvo terminada, José Manuel se arrodilló y volvió a hacer algo que había aprendido muchos años antes: rezó el Padre Nuestro. Después de cuatro años de seminario y años de revolución, se encomendó nuevamente al Dios al que desde niño había prometido dedicarle su vida. En algún momento escuchó un disparo y por un instante creyó que estaba muerto; se llevó las manos al cuerpo buscando una herida, pero estaba intacto. Poco después alguien recibió una orden por radio. Los jefes habían cambiado de decisión: no lo matarían allí, tenían que trasladarlo a San Salvador. José Manuel, todavía arrodillado, miró la tumba que acababa de cavar. Estaba lista para recibir un cuerpo, pero aquella noche no sería el suyo.
Volvieron a amarrarlo y lo subieron al vehículo. José Manuel no sabía si aquello significaba que iba a vivir o simplemente que habían decidido asesinarlo en otro lugar. Quizás pensó que Dios había escuchado su oración. Después de aproximadamente cuarenta y cinco minutos de carretera llegaron a Los Planes de Renderos, en la zona de Panchimalco, donde funcionaba una casa clandestina de interrogatorios. Al bajarlo del vehículo lo bañaron. Llevaba aproximadamente una semana sin conocer el agua y tenía el cuerpo cubierto de tierra, hojas y sus propios orines, pero quienes lo mantenían prisionero no pretendían limpiarlo por compasión: el agua serviría también como conductor para la electricidad.
Lo acostaron sobre una cama metálica a la que habían quitado el colchón, dejando solamente los resortes de hierro, y lo amarraron con alambres. Después colocaron cables eléctricos en los lóbulos de sus orejas y comenzaron las descargas. Su cuerpo convulsionaba contra los resortes mientras los interrogadores repetían las mismas preguntas: querían nombres, casas clandestinas y lugares donde se encontraban las armas. José Manuel perdía el conocimiento; entonces lo dejaban descansar durante unos minutos y, cuando volvía en sí, comenzaban nuevamente. Así pasaron días y noches. No le daban comida, pero continuaban mojándole el cuerpo para seguir aplicándole electricidad.
Finalmente comenzó a hablar. Dio nombres y reveló lugares donde la organización mantenía armas y estructuras clandestinas. Después fue trasladado al cuartel central de la Policía Nacional, en San Salvador, donde continuaron los interrogatorios y lo fotografiaron para los archivos de inteligencia. Aquella fotografía y sus datos terminarían formando parte del archivo que muchos años después sería conocido como el Libro Amarillo. José Manuel sabía que hablar podía haberle salvado momentáneamente la vida, pero también comprendía lo que significaba para su organización haber entregado información bajo interrogatorio. Recordaba las consignas revolucionarias que exaltaban la resistencia frente al enemigo y condenaban la delación. Había sobrevivido a sus torturadores, pero ahora también tendría que sobrevivir a la sospecha de sus propios compañeros.
Un día los policías le hablaron de alguien que José Manuel conocía. Le decían Roberto. Uno de los agentes le aseguró que su compañero no había resistido y se había ahorcado dentro de una celda. José Manuel nunca vio el cadáver. Roberto simplemente desapareció de la Policía Nacional de San Salvador. Después de aproximadamente quince días bajo custodia policial, José Manuel fue enviado al Centro Penal La Esperanza, en Mariona. Para entonces, la información obtenida durante los interrogatorios había permitido a las fuerzas de seguridad golpear estructuras del ERP en la zona occidental, localizar campamentos, capturar militantes y decomisar armas.
José Manuel permaneció aproximadamente seis meses en prisión. Allí comprendió que su situación había cambiado definitivamente dentro de la organización: había sido marginado y sobre él pesaba la acusación de haber traicionado a sus compañeros. Cuando llegó la orden de liberación de la cárcel, regresó a su casa en Santa Ana, pero en aquellos años salir de la cárcel no significaba necesariamente recuperar la libertad. Significaba solamente haber salido del encierro. El peligro podía comenzar precisamente al otro lado de las puertas de la prisión.
Permaneció alrededor de dos semanas en su casa. Los escuadrones de la muerte sabían dónde encontrarlo y lo mantenían vigilado. Una tarde, unos jóvenes armados se acercaron a la vivienda y, al advertir la presencia de policías estacionados afuera, comenzaron a disparar. Se produjo un enfrentamiento que José Manuel aprovechó para escapar y buscar ayuda de la Cruz Roja Internacional. Poco después logró salir del país y refugiarse en México, llevando consigo no solamente el recuerdo de las torturas, sino también los nombres y las historias de quienes habían pasado por cárceles, cuarteles y casas clandestinas.
Entre ellos recordaba a Miguel Ramírez, comandante “Clavo”, miembro de la estructura occidental del ERP que había sido capturado pocos días antes. Durante los interrogatorios, los policías le habían dicho a José Manuel que Clavo había sido quien lo delató. Tiempo después, ya en México, supo que el comandante había regresado a la lucha armada en las montañas de Morazán, quizás tratando de demostrar que continuaba siendo revolucionario y de borrar cualquier sospecha sobre su conducta durante la captura. Según el relato de José Manuel, poco después de llegar a Morazán el ERP acusó a Clavo de haber entregado información al enemigo y de colaborar con el gobierno. Finalmente fue ejecutado.
Era una de las paradojas más crueles de aquella guerra: un hombre podía ser capturado por el Estado, torturado para obligarlo a entregar a sus compañeros y, si sobrevivía, regresar a los suyos convertido en sospechoso precisamente por haber sobrevivido. La frontera entre víctima y traidor podía quedar reducida a lo ocurrido durante unas horas de interrogatorio, cuando un ser humano era llevado hasta los límites de su resistencia física y mental.
México quizá le salvó la vida a José Manuel por segunda vez. Permaneció allí desde 1983 hasta 1991. Durante esos ocho años buscó solidaridad cristiana para la lucha salvadoreña e intentó mantener vínculos con la organización. Según su propio relato, mostró humildad, obediencia y disposición hacia el ERP, pero nunca fue suficiente para borrar lo ocurrido después de su captura. Cuando finalmente regresó, El Salvador se preparaba para terminar una guerra que parecía interminable. Las conversaciones de paz avanzaban, los enemigos comenzaban a sentarse frente a frente y, meses después, los fusiles callaron con la firma de los Acuerdos de Paz.
José Manuel regresó al país del que había tenido que huir, pero el ERP nunca volvió a recibirlo plenamente como uno de los suyos. No le perdonaron haber entregado información bajo tortura y sobre él continuó pesando aquella lógica implacable de la guerra revolucionaria, según la cual la delación podía ser considerada una traición castigada incluso con la muerte. José Manuel, sin embargo, había sobrevivido a la Policía Nacional, a los interrogatorios, a las descargas eléctricas, a la tumba que él mismo había cavado y también a la sentencia invisible que durante años pareció acompañarlo.

Después de la guerra terminó vendiendo tamales por las calles de Santa Ana, cargando un guacal sobre la espalda. Aquel hombre que de joven quiso entregar su vida a Dios y después quiso entregarla a la revolución había terminado sobreviviendo a ambos mundos. Su existencia había recorrido un extraño círculo: del seminario a la clandestinidad, de la clandestinidad a las cárceles, de las cárceles al exilio y del exilio nuevamente a las calles de Santa Ana.
Muchos años después salió a la luz un archivo de inteligencia de las fuerzas de seguridad salvadoreñas que sería conocido como el Libro Amarillo. Entre cientos de fotografías, nombres y anotaciones estaba el suyo: José Manuel Abrego Quintero. Junto a su nombre aparecían cuatro caracteres: A190. Era la huella burocrática que había quedado de aquel hombre dentro de los archivos de una guerra que casi lo devoró.
José Manuel había cavado su propia tumba, pero no había muerto en ella.


