Por Alonso Rosales
La crisis económica iraní ha alcanzado un punto crítico. El presidente Masoud Pezeshkian ha reconocido que la población enfrenta serias dificultades económicas, mientras la inflación, la depreciación del rial, la escasez y el impacto de la guerra con Estados Unidos e Israel golpean directamente el poder adquisitivo de millones de familias.
Los datos muestran la magnitud del problema. La inflación anual iraní llegó al 66 % en julio, mientras los precios al consumidor aumentaron 87,9 % interanual y los alimentos registraron una inflación de 128 %, según datos del Centro Estadístico de Irán citados por Reuters.
La situación se ha agravado por la guerra, la interrupción del comercio, los daños a infraestructura y el bloqueo naval estadounidense. Familias iraníes han reducido el consumo de alimentos básicos, mientras empresas han cerrado o reducido personal ante la caída de la actividad económica. AP también señala que la inflación podría aproximarse al 70 %, mientras la economía enfrenta una contracción superior al 5 %.
Pero detrás de esta crisis económica existe una estrategia política mucho más amplia.
El presidente Donald Trump ha anunciado una nueva campaña de “guerra económica y aislamiento” contra Irán, amenazando incluso a terceros países y empresas que mantengan relaciones comerciales con Teherán. Washington pretende cortar las fuentes de divisas iraníes, particularmente las relacionadas con el petróleo, y aumentar el costo económico de mantener la actual posición de la República Islámica.
El objetivo implícito es evidente: llevar la presión económica hasta el interior de la sociedad iraní y convertir el deterioro de las condiciones de vida en presión política contra el Gobierno.
Gregory Brew, analista del Eurasia Group, considera que las nuevas medidas necesariamente tendrían que dirigirse contra los socios comerciales de Irán, especialmente China. Su advertencia revela el principal problema de la estrategia de Trump: para estrangular realmente a Irán, Washington tendría que enfrentarse también a quienes mantienen abiertas sus principales vías comerciales.
El analista Sina Toossi, del Center for International Policy, observa el conflicto desde otra perspectiva: la presión estadounidense no necesariamente conduce a la capitulación iraní. Según su análisis, Teherán parece haber llegado a la conclusión de que, si la confrontación resulta inevitable, debe responder con mayor intensidad y no permitir que Washington o Israel definan unilateralmente las condiciones del conflicto.
A esta lectura se suma Hamidreza Azizi, investigador del German Institute for International and Security Affairs, quien ha advertido que los verdaderos problemas del poder iraní pueden hacerse más visibles cuando la población deje atrás la lógica de la guerra y vuelva a exigir soluciones para la economía y sus condiciones de vida.
Los tres enfoques permiten entender una contradicción fundamental: Trump puede deteriorar todavía más la economía iraní, pero eso no significa automáticamente que los iraníes vayan a rebelarse a favor de Washington.
Existe descontento interno, y sería un error negarlo. Las protestas anteriores demostraron que amplios sectores de la sociedad iraní cuestionan al poder político. Sin embargo, una cosa es protestar contra el Gobierno y otra muy diferente aceptar una estrategia de cambio político diseñada desde Washington o asociada con Israel.
La memoria histórica pesa. Para muchos iraníes, la presión extranjera puede transformar una protesta contra el Gobierno en una defensa del país frente a una amenaza externa. De ahí que el cálculo de Trump pueda contener una paradoja: cuanto más intenta presentar la crisis económica como instrumento para provocar una rebelión, más posibilidades existen de que sectores de la población cierren filas frente a lo que perciben como una imposición estadounidense o israelí.
Esto no significa que todos los iraníes respalden al régimen ni que la oposición carezca de fuerza. Significa que el nacionalismo persa y el rechazo a una intervención extranjera pueden coexistir con una profunda insatisfacción social.
La estrategia de Trump, por tanto, enfrenta un dilema. Puede aumentar la inflación, reducir los ingresos petroleros y profundizar el deterioro económico, pero también puede fortalecer el discurso de resistencia de Teherán.
Irán está económicamente golpeado, pero una sociedad empobrecida no necesariamente es una sociedad dispuesta a convertirse en instrumento de una potencia extranjera. Esa puede ser, precisamente, la mayor debilidad política de la apuesta de Washington.


