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domingo, 23 agosto 2026

La granja de bots de Cerimedo: la usina digital que desnuda el lado oscuro de la política de la desinformación

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Por Alonso Rosales

La política latinoamericana enfrenta una nueva batalla que ya no se libra únicamente en las urnas, los parlamentos o las calles. Se libra frente a pantallas, algoritmos y miles de cuentas capaces de fabricar artificialmente la sensación de que una determinada idea es mayoritaria.

El hallazgo de una denominada “mini granja de bots” durante un allanamiento en un inmueble vinculado al consultor argentino Fernando Cerimedo vuelve a colocar esa maquinaria en el centro del debate. La Fiscalía de La Paz informó que fueron secuestrados equipos que serán sometidos a peritajes para determinar cómo funcionaban, qué cuentas administraban y con qué finalidad eran utilizados. En el mismo operativo también fueron encontrados dinero y documentación que forman parte de otras líneas de investigación.

Cerimedo no es un desconocido en la política digital latinoamericana. Fue estratega de la campaña presidencial de Javier Milei y ha estado relacionado con distintos sectores de la derecha y la ultraderecha regional. También ha sido señalado por investigaciones periodísticas por su participación en operaciones digitales y campañas de desinformación.

Pero conviene hacer una precisión fundamental: el hallazgo de una granja de bots no demuestra por sí mismo que esos equipos hayan sido utilizados para cometer un delito electoral o para fabricar una determinada campaña de desinformación. Eso deberá establecerlo el peritaje y, eventualmente, la justicia.

Lo que sí permite comprender el caso es cómo funciona una de las herramientas más peligrosas de la política contemporánea.

¿Qué es una granja de bots?

Una granja de bots es una infraestructura tecnológica utilizada para administrar numerosas cuentas digitales, automatizadas o coordinadas, desde un mismo sistema.

El objetivo puede variar. Algunas estructuras se utilizan para tareas legítimas, como pruebas de software o administración automatizada de servicios. Pero en operaciones políticas clandestinas pueden emplearse para generar artificialmente actividad en redes sociales.

El mecanismo es relativamente sencillo.

Una operación puede disponer de cientos o miles de perfiles. Algunos pueden ser completamente automatizados; otros pueden estar parcialmente controlados por personas. Esas cuentas pueden publicar mensajes, compartir contenidos, reaccionar a determinadas publicaciones o repetir una misma narrativa.

El resultado es una ilusión.

Una persona entra a una red social y observa que determinada etiqueta aparece miles de veces. Ve cientos de comentarios que repiten una acusación contra un adversario. Encuentra fotografías, videos o supuestas noticias circulando simultáneamente.

Puede llegar a pensar: “todo el mundo está hablando de esto”.

Pero quizá no sea cierto.

Puede tratarse de una multitud fabricada artificialmente.

La manipulación de las masas

Aquí aparece el verdadero peligro.

Las granjas de bots no necesitan convencer directamente a millones de personas. Su objetivo puede ser mucho más sofisticado: hacer que una mentira parezca popular antes de que alcance a millones de personas reales.

Las redes sociales utilizan sistemas algorítmicos que detectan interacción, velocidad de propagación y participación. Cuando una publicación recibe rápidamente numerosos comentarios, reacciones o compartidos, puede adquirir mayor visibilidad.

La operación comienza entonces a retroalimentarse.

Bots → interacción artificial → mayor visibilidad → usuarios reales → nueva interacción → tendencia.

El contenido inicialmente artificial puede terminar llegando a personas reales. Y cuando estas personas comienzan a compartirlo, la frontera entre propaganda fabricada y conversación auténtica se vuelve prácticamente invisible.

Ese es el poder político de estas herramientas.

La fábrica de consenso

La operación más peligrosa no necesariamente consiste en inventar una mentira.

Puede consistir en fabricar consenso.

Una estructura digital puede instalar una determinada interpretación de un acontecimiento y repetirla hasta convertirla en el marco desde el cual miles de ciudadanos interpretan la realidad.

Si un político es presentado durante días como “corrupto”, “traidor” o “enemigo del pueblo”, la repetición puede terminar creando una percepción social independientemente de que las acusaciones estén demostradas.

Lo mismo puede ocurrir en sentido contrario: un candidato puede ser presentado artificialmente como inevitablemente ganador, extraordinariamente popular o víctima de una conspiración.

La política deja entonces de competir solamente por votos.

Compite por controlar la percepción de la realidad.

La conexión con la nueva ultraderecha digital

El fenómeno no pertenece exclusivamente a una ideología. La utilización de cuentas falsas, bots, campañas coordinadas y desinformación ha sido documentada en diferentes países y por actores políticos de distintas tendencias.

Sin embargo, en los últimos años, sectores de la nueva derecha radical latinoamericana han desarrollado una estrategia particularmente agresiva de comunicación digital, vinculada a la política de confrontación permanente, la viralización de mensajes y la construcción de enemigos políticos.

Cerimedo se convirtió en una de las figuras más visibles de ese ecosistema. Investigaciones periodísticas han señalado antecedentes de utilización de trolls, bots y campañas destinadas a intervenir en la conversación política de distintos países.

Por eso, el hallazgo de Bolivia tiene una dimensión que supera al propio consultor.

La pregunta importante no es solamente qué había dentro de una habitación.

La pregunta es qué red podía existir detrás de esos equipos.

¿Quién financiaba la operación?

Esa debería ser una de las preguntas centrales de la investigación.

¿Quién pagaba los equipos?

¿Quién diseñaba las campañas?

¿Quién producía los contenidos?

¿Quién proporcionaba las listas de cuentas?

¿Quién decidía qué adversario debía ser atacado?

¿Existían contratos políticos?

¿Había conexiones con campañas electorales?

¿La infraestructura era utilizada exclusivamente en Bolivia o podía operar simultáneamente en otros países?

Las respuestas podrían revelar mucho más que una simple instalación informática.

Podrían mostrar cómo determinadas operaciones políticas transnacionales utilizan herramientas digitales para intervenir en democracias nacionales.

Trump y la política de la manipulación digital

La expansión de estas técnicas tampoco puede analizarse aislada del fenómeno internacional de la política digital asociada al trumpismo y a la nueva derecha radical.

El modelo político que gira alrededor de Donald Trump ha demostrado la enorme importancia de las redes sociales, la comunicación directa con seguidores, la confrontación permanente con periodistas y adversarios y la utilización de mensajes emocionales para movilizar políticamente.

Pero sería incorrecto afirmar que toda comunicación política favorable a Trump utiliza bots o que todo simpatizante trumpista participa en operaciones de cuentas falsas.

El problema es otro: la tecnología permite que pequeños grupos organizados produzcan una apariencia de movilización masiva, y esa herramienta puede ser aprovechada por actores políticos de cualquier signo.

La democracia queda vulnerable cuando los ciudadanos ya no pueden distinguir entre una opinión espontánea y una campaña coordinada artificialmente.

El verdadero objetivo: controlar el algoritmo

La granja de bots representa, en realidad, una disputa por el poder de los algoritmos.

Quien logra imponer una narrativa en las primeras horas de una crisis puede condicionar la conversación pública durante días.

Quien consigue convertir una acusación en tendencia puede obligar a los medios tradicionales a cubrirla.

Y quien logra presentar una mentira como una opinión mayoritaria puede provocar que ciudadanos reales terminen reproduciéndola convencidos de que están simplemente siguiendo “lo que piensa la gente”.

Esa es la paradoja de la era digital:

una máquina puede fabricar una multitud y después utilizar esa multitud artificial para convencer a una multitud verdadera.

Por eso, el caso Cerimedo merece una investigación profunda, transparente e independiente.

No se trata de perseguir una ideología ni de censurar opiniones políticas. Se trata de determinar si se utilizaron recursos tecnológicos para manipular deliberadamente la conversación pública, fabricar tendencias, difundir desinformación o intervenir ilegalmente en procesos políticos.

Si los peritajes demuestran que la infraestructura encontrada fue utilizada con esos fines, Bolivia podría haber descubierto algo mucho más importante que una simple “granja de bots”.

Podría haber encontrado una pequeña pieza de una maquinaria política digital mucho mayor.

Y si esa maquinaria cruza fronteras, financiamientos y campañas electorales, entonces la pregunta deja de ser quién controla unas cuantas cuentas falsas.

La pregunta pasa a ser mucho más inquietante:

¿quién está intentando controlar lo que millones de ciudadanos creen que es la realidad?

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