Por: Nelson López Rojas
El XVII Congreso Centroamericano de Historia, celebrado la semana pasada en la UCA, me dejó más preguntas que respuestas. Entre ponencias sobre pueblos indígenas, movimientos estudiantiles, guerras, exilios, archivos y dictaduras, hubo un momento que me hizo sonreír al descubrir que los pipiles comían carne de perro mucho antes de que existieran los estereotipos con los que hoy solemos bromear en San Vicente o durante un clásico en el estadio Cuscatlán.
Hoy se cumplen cincuenta y un años de la marcha estudiantil del 30 de julio de 1975. Cientos de estudiantes de la Universidad de El Salvador salieron a protestar contra la intervención militar del Centro Universitario de Occidente, en Santa Ana. Para organizar aquella movilización no existían redes sociales, transmisiones en directo, ni lives de tiktokers, ni algoritmos capaces de amplificar una causa en cuestión de minutos. Había que recorrer facultades, repartir volantes, convencer a quienes dudaban y asistir a reuniones interminables. La protesta exigía tiempo, paciencia y la decisión de poner el cuerpo detrás de una convicción.
Ya todos sabemos cómo terminó. La represión militar convirtió aquella marcha en uno de los episodios más dolorosos de nuestra historia universitaria reciente. Las cifras de víctimas continúan siendo objeto de investigación, pero existe un hecho que permanece inalterable y es que quienes participaron sabían que defender una idea podía costarles la libertad, la integridad física o la vida.
No conviene idealizar a aquella generación. También estuvo marcada por errores, divisiones y profundas discrepancias políticas. Sin embargo, tenía la convicción de que un ideal solo adquiere fuerza cuando alguien está dispuesto a sostenerlo más allá del entusiasmo inicial.
Hoy no es que vivamos en una sociedad indiferente, no. Basta abrir cualquier red social para comprobar tanto “me indigna”. Nunca había sido tan fácil denunciar una injusticia, expresar una opinión o sumarse a una causa. Las plataformas digitales han democratizado la palabra y multiplicado nuestra capacidad para conectar personas y ese es un avance innegable. El problema es que confundimos la visibilidad de la denuncia con el compromiso. Publicamos, comentamos y compartimos, pero mucho menos a menudo dedicamos tiempo a estudiar un problema, persuadir a otros, construir acuerdos o sostener una causa cuando deja de ocupar el centro de la conversación pública. El costo de indignarse o de expresar una convicción nunca había sido tan bajo.
El 30 de julio recuerda una lógica distinta, pues la protesta no terminaba con una declaración pública; apenas comenzaba allí. Después venían las reuniones, los acuerdos, los desacuerdos, la organización y el trabajo paciente. La participación no era un instante, un post y ya. Era un proceso.
Esa fue, para mí, la enseñanza más valiosa del Congreso Centroamericano de Historia. La historia no existe para conservar el pasado como una reliquia ni para repetir ceremonias cada aniversario, sino para interrogar el presente.
Entre el 30 de julio de 1975 y nuestro tiempo no solo median cincuenta y un años de distancia. También media una transformación silenciosa en la forma de entender el compromiso. Hemos pasado de una cultura que exigía caminar y asolearse o mojarse para organizarse a otra donde basta un clic desde mi comodidad para sentir que participamos. Y no, no estoy añorando el sufrimiento ni deseando días sin internet. Aceptemos que el clic puede iniciar una conversación, pero debemos ser consecuentes y salir a votar o a visibilizar nuestro descontento ante las injusticias.
Las democracias no se sostienen con clics, pero sí con ciudadanos capaces de organizarse, debatir, asumir responsabilidades y perseverar cuando el entusiasmo inicial desaparece.
Si los muertos del 30 de julio hablaran, no nos preguntarían cuánto nos indignamos ni cuántas veces publicamos nuestra opinión, sino qué estamos dispuestos a hacer —y a sacrificar— por las convicciones que decimos defender.



