Por Alonso Rosales
Europa está entrando en una nueva etapa estratégica. La guerra de Ucrania ya no se analiza únicamente como un conflicto localizado entre Rusia y Ucrania, sino como el principal escenario de una confrontación más amplia entre Moscú y el sistema de seguridad euroatlántico.
El analista de asuntos globales de CNN Brett H. McGurk, en un análisis publicado el 21 de septiembre de 2026, plantea una pregunta central: ¿por qué varios países europeos están preparando a sus sociedades para escenarios que van mucho más allá del campo de batalla ucraniano?
La respuesta, según McGurk, está relacionada con una combinación de factores: el aumento de las operaciones híbridas atribuidas a Rusia, la vulnerabilidad de las fronteras orientales de la OTAN, la incertidumbre sobre la respuesta estadounidense ante una eventual crisis y la transformación de la guerra moderna, en la que un conflicto puede comenzar mucho antes de que aparezcan los tanques.
Suwałki: el punto donde la geografía se convierte en estrategia

Uno de los principales focos de preocupación es el corredor de Suwałki, una franja de aproximadamente 105 kilómetros entre Polonia y Lituania que constituye la conexión terrestre entre los Estados bálticos —Lituania, Letonia y Estonia— y el resto del territorio de la OTAN.
McGurk sostiene que este corredor representa una de las vulnerabilidades geográficas más importantes de la alianza. Una crisis allí no necesariamente tendría que comenzar con una invasión convencional. Podría desarrollarse mediante una operación limitada, una incursión, una provocación o una combinación de acciones militares y no militares.
El problema estratégico sería entonces político: determinar hasta dónde estaría dispuesta a llegar la OTAN para responder.
Ese dilema constituye precisamente uno de los elementos fundamentales de la disuasión. Una alianza militar no solamente necesita disponer de armas; también necesita convencer a un potencial adversario de que existe voluntad política para utilizarlas si fuera necesario.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha señalado que la alianza realiza ejercicios para distintos escenarios relacionados con la defensa de su territorio y que una agresión contra un miembro tendría consecuencias severas. Pero el cálculo de Moscú dependería, en última instancia, de cómo interprete la cohesión política de la alianza.
La guerra que no empieza con una guerra
Uno de los conceptos más importantes del análisis de McGurk es el de la “zona gris”.
En la confrontación contemporánea, un Estado puede intentar afectar a otro sin cruzar inmediatamente el umbral de una guerra convencional. Ciberataques, sabotajes, operaciones de influencia, ataques contra infraestructuras, interferencias digitales, drones o acciones encubiertas pueden generar presión sin producir necesariamente una declaración formal de guerra.
Esta transformación obliga a los gobiernos europeos a pensar en la seguridad de una manera diferente.
La OTAN publicó el 15 de septiembre sus nuevos requisitos de resiliencia nacional. El documento contempla la continuidad de los gobiernos, energía, alimentación, agua, comunicaciones, transporte, servicios sanitarios y capacidad para atender víctimas masivas durante una crisis o conflicto.
La importancia de este cambio es considerable.
Durante décadas, la defensa europea estuvo concentrada fundamentalmente en las fuerzas armadas. Ahora la seguridad nacional comienza a entenderse como un sistema mucho más amplio: hospitales, redes eléctricas, telecomunicaciones, carreteras, puertos, cadenas de suministro y hasta la capacidad de mantener funcionando un gobierno forman parte de la ecuación estratégica.
Ucrania como laboratorio de la guerra moderna
La experiencia ucraniana ha demostrado que la resistencia de un país depende tanto de sus soldados como de la capacidad de mantener funcionando su sociedad.
Ucrania ha tenido que mantener servicios esenciales bajo ataques contra infraestructura energética, comunicaciones y transporte. Esa experiencia está siendo observada por los países de la OTAN.
La propia organización reconoce que las autoridades ucranianas están compartiendo experiencias sobre cómo mantener servicios críticos durante ataques prolongados.
Esta situación produce una paradoja histórica: durante años, Ucrania aprendió de las estructuras militares occidentales; ahora los países occidentales están estudiando cómo Ucrania ha conseguido sostener su infraestructura civil bajo condiciones de guerra.
La nueva doctrina de resiliencia de la OTAN refleja precisamente esa transformación. La organización señala que sus miembros deben estar preparados para resistir, responder y recuperarse rápidamente de perturbaciones y ataques, incluidos los híbridos y los ataques contra infraestructura crítica.
Europa ya no piensa únicamente en el frente militar
El cambio también puede observarse en Reino Unido.
El Gobierno británico ha incrementado sus preparativos de defensa y en junio de 2026 anunció un nuevo plan de inversión militar, acompañado de recursos adicionales para capacidades de drones, aviación de combate, tecnología y disuasión nuclear.
El primer ministro británico Keir Starmer describió el escenario internacional como particularmente peligroso y defendió la preparación militar como un instrumento destinado a impedir una guerra, no necesariamente a buscarla.
Esta lógica es fundamental para comprender el actual rearme europeo.
Prepararse para una guerra no significa necesariamente querer una guerra.
Desde la perspectiva de la disuasión, la idea es exactamente la contraria: demostrar que una agresión tendría un costo suficientemente elevado para evitar que el adversario decida ejecutarla.
Sin embargo, existe un riesgo inherente. Cuando varios actores aumentan simultáneamente sus capacidades militares, despliegan fuerzas y realizan ejercicios, también aumenta la posibilidad de errores de cálculo, incidentes fronterizos o interpretaciones equivocadas de las intenciones del adversario.
La variable estadounidense
Aquí aparece uno de los elementos más delicados del análisis de McGurk: Estados Unidos.
La arquitectura de seguridad europea ha dependido durante décadas de la presencia militar estadounidense. Pero Washington tiene simultáneamente compromisos estratégicos en Europa, Medio Oriente y el Indo-Pacífico.
Eso introduce una cuestión fundamental para los europeos: ¿qué ocurriría si Estados Unidos tuviera que responder simultáneamente a varias crisis?
La preocupación no necesariamente significa que Washington vaya a abandonar Europa. Significa que los gobiernos europeos están considerando escenarios en los que la capacidad estadounidense podría estar dividida entre diferentes teatros.
La consecuencia es una mayor presión para que los europeos desarrollen capacidades propias.
En términos geopolíticos, esto podría producir una transformación profunda de la relación transatlántica: Europa tendría que asumir una proporción mayor de la responsabilidad por su propia defensa, mientras Estados Unidos continuaría siendo el actor militar fundamental de la alianza.
La nueva frontera de la seguridad: la sociedad
Quizá la mayor transformación sea que la seguridad europea ya no se limita al ejército.
La OTAN plantea actualmente una concepción de “toda la sociedad”, en la que gobiernos, empresas, sistemas sanitarios, compañías energéticas, operadores de telecomunicaciones y redes de transporte deben participar en la preparación frente a crisis.
Esto significa que una guerra contemporánea puede afectar a una población incluso sin que exista una batalla convencional en su territorio.
Una interrupción prolongada de electricidad puede paralizar hospitales. Un ciberataque puede afectar bancos y comunicaciones. Un ataque contra un puerto puede alterar cadenas de suministro. Un sabotaje ferroviario puede dificultar el movimiento de tropas y mercancías.
La guerra moderna, por tanto, se vuelve transversal.
Rusia y el dilema de la escalada
El desafío para Moscú y para Occidente consiste en evitar que una sucesión de incidentes termine produciendo una escalada que ninguno de los actores haya buscado inicialmente.
Un dron que cruza una frontera, un ciberataque, una operación de sabotaje o un incidente militar pueden generar respuestas graduales. Cada una de ellas puede parecer limitada por separado, pero juntas pueden modificar rápidamente el equilibrio político.
Ese es precisamente el escenario que preocupa a numerosos estrategas europeos.
La cuestión ya no es únicamente si Rusia puede conquistar determinado territorio. La pregunta es si puede utilizar acciones limitadas para poner a prueba la cohesión política de la OTAN.
Y la respuesta occidental tampoco consiste exclusivamente en aumentar el número de soldados o tanques. También implica demostrar que las sociedades pueden resistir una crisis prolongada.
Una Europa que abandona la comodidad estratégica
Durante buena parte del período posterior a la Guerra Fría, numerosos gobiernos europeos redujeron sus capacidades militares y asumieron que una guerra convencional en Europa era poco probable.
La invasión rusa de Ucrania modificó esa percepción.
Ahora Europa está recuperando capacidades militares, reforzando fronteras, aumentando la cooperación con la industria de defensa y preparando sistemas civiles para situaciones de emergencia.
El cambio es, en esencia, geopolítico.
Europa está pasando de una estrategia basada fundamentalmente en la confianza en la estabilidad del continente a otra basada en la preparación frente a la incertidumbre.
McGurk interpreta esta transformación como una respuesta al temor de que Rusia pueda intentar poner a prueba la cohesión de la OTAN más allá de Ucrania. Pero los documentos oficiales de la alianza muestran que la preparación también tiene una dimensión más amplia: la OTAN está desarrollando capacidades para enfrentar una variedad de amenazas, desde ciberataques y sabotaje hasta desastres, interrupciones de suministros y ataques contra infraestructura crítica.
La paradoja de la disuasión
Europa enfrenta ahora una paradoja.
Para evitar una guerra, necesita demostrar que está preparada para combatirla.
Pero cuanto más intensos son los preparativos militares, mayor puede ser la percepción de amenaza en el otro lado.
La estabilidad dependerá entonces de la capacidad de los gobiernos para combinar preparación militar con canales diplomáticos, mecanismos de comunicación y medidas destinadas a evitar errores de cálculo.
La gran pregunta europea no es necesariamente si habrá una guerra más amplia mañana.
Es si Rusia llegará a la conclusión de que la OTAN no respondería ante una agresión limitada, o si, por el contrario, los preparativos europeos conseguirán convencer a Moscú de que cualquier intento de dividir la alianza tendría un costo demasiado elevado.
Ese es el verdadero centro de la nueva geopolítica europea.
Como plantea Brett H. McGurk en su análisis para CNN, la preparación se está convirtiendo en una parte esencial de la disuasión. Europa no necesariamente se está preparando porque considere inevitable una guerra con Rusia; se está preparando porque sus gobiernos consideran que la posibilidad de una crisis mayor ya no puede ser descartada.
Y en la nueva Europa de la posguerra de Ucrania, la frontera entre la paz y la guerra es cada vez menos una línea geográfica y cada vez más un espacio político, tecnológico, económico y estratégico.
Fuente principal: análisis de Brett H. McGurk, CNN, 21 de septiembre de 2026. El análisis fue complementado con los documentos oficiales de resiliencia y preparación de la OTAN publicados en septiembre de 2026.


