spot_img
martes, 7 julio 2026
spot_img
spot_img

Los pequeños duelos en el Mundial

¡Sigue nuestras redes sociales!

Por Nelson López Rojas

Este Mundial nos da un baño de realidad cada día. Se decía que Estados Unidos le ganaría fácilmente a una Bélgica que casi cae ante Senegal. Claramente ese 4-1 no estaba en los planes, ni el llanto de Ronaldo que se quedó viendo el estadio de Dallas con tristeza.

Brasil, meu Brasil brasileiro, quedó fuera. Antes se habían despedido Uruguay y Cabo Verde. Portugal y México también hicieron las maletas y, con cada eliminación, miles de aficionados sintieron que el Mundial se llevaba algo de ellos.

“Calmate, no seás exagerado” —dicen. Y aunque muchos que sufren la eliminación de un equipo no estaban en la cancha, ni marcaron goles, ni fallaron penales, la decepción que experimentan los aficionados es real, como un mini-duelo.

Le pregunté a Jorge Molina, psicólogo especialista en duelo, si podía hablarse de una forma de duelo cuando una selección queda eliminada del Mundial. Quizá sí, me dijo, porque lo que se entierra son expectativas. Y cuando una expectativa muere, algo dentro de nosotros se muere también y debemos aceptar una realidad distinta de la que habíamos imaginado.

Su observación me resulta interesante en un torneo como este. Mucha gente se ilusionó con Cabo Verde como su equipo favorito, fascinados por la posibilidad de que un pequeño archipiélago africano siguiera avanzando entre gigantes del fútbol. Cuando Argentina los eliminó, desapareció también una historia que miles de personas querían seguir viendo, todos se identificaban con el portero-electricista del bajo mundo.

Eso es precisamente lo que hace tan particular al fútbol. Los aficionados no invierten únicamente tiempo en los partidos, también construyen relatos sobre el futuro, visualizan celebraciones, remontadas y finales felices. Durante semanas viven dentro de una historia que todavía no ha ocurrido, pero que emocionalmente ya sienten como propia, y es por eso la eliminación duele y nos obliga a abandonar una versión del futuro que parecía posible.

La psicología deportiva conoce bien fenómenos similares. Existe lo que los especialistas llaman post-event blues, una sensación de vacío que aparece cuando termina un acontecimiento que ha ocupado una parte importante de nuestra atención emocional. Sucede después de unas vacaciones, después de una ruptura amorosa o después de un concierto inolvidable. El cerebro se acostumbra a vivir pendiente de una fuente constante de expectativa, y cuando esa fuente desaparece, aparece el duelo.

Hay miles de memes sobre la expectativa y realidad. Queremos que ocurra algo y terminamos creyendo que ese deseo aumenta las probabilidades de que suceda. Sabemos que nuestra selección tiene limitaciones, que enfrenta rivales más fuertes o que llega con problemas evidentes, pero seguimos con fe que levantará la copa.

“Sí se puede” —cantaban, pero la esperanza opera con una lógica distinta a la de las estadísticas y es por eso tantas personas rezan antes de los partidos. La pregunta inevitable es a quién debería escuchar Dios cuando un aficionado pide que gane España; otro, Argentina; otro más pide por Marruecos o Inglaterra. Más allá de cualquier respuesta religiosa, tendemos a creer que el mundo —o Dios— debería acomodarse a nuestros deseos y cuando eso no ocurre, aparece la frustración y hasta nos culpamos por la derrota.

Man, sé racional. Vos sabés que no tuviste ninguna influencia sobre el resultado, que Allah o Yizus no tuvieron nada que ver con tus deseos y no es que no hayas rezado bien, es que así es el fútbol. El duelo comienza cuando comprendemos que el pasado ya no puede modificarse.

En una segunda observación, Jorge Molina dice que después de todo duelo aparece una forma de esperanza. En el fútbol, esa esperanza tiene la característica particular de mirar hacia la próxima edición del torneo, la siguiente generación de jugadores, el próximo entrenador, las nuevas promesas o el próximo Mundial. Es una especie de reencarnación deportiva.

Hay gente que aprendió dónde queda Cabo Verde, que su capital es Praia y que su moneda es el Escudo. He ahí el verdadero encanto de los mundiales. Durante unas semanas, millones de personas compartimos una misma ilusión y descubrimos que todavía somos capaces de emocionarnos por algo que está fuera de nuestro control y recordamos que el deporte sigue siendo uno de los pocos lugares donde la esperanza puede competir de igual a igual con la realidad.

Por eso duele cuando eliminan a nuestros favoritos, pues se despide un espacio donde, por un instante, parecía que cualquier cosa podía suceder. Y no es malo sentir ese vacío. Al contrario, ese pequeño duelo nos recuerda que seguimos siendo capaces de creer, de ilusionarnos y de imaginar futuros mejores.

Sabemos que la realidad va a terminar imponiéndose, que el marcador será definitivo y aunque solo una selección levante la copa, siempre quedará la posibilidad de volver a intentarlo como ocurre con tantas cosas en la vida.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

También te puede interesar

Últimas noticias