spot_img
miércoles, 17 junio 2026
spot_img
spot_img

Padres, goles y otras formas de cultura

¡Sigue nuestras redes sociales!

Por: Nelson López Rojas

Hoy, 17 de junio, se celebra el Día del Padre en El Salvador. Es asueto nacional por decreto legislativo y muchos padres están tranquilamente viendo el Mundial con una cerveza en la mano, mientras esperan que les sirvan la sopa de gallina que les prometieron sus hijos y mientras le gritan a la tele que ese delantero “no sabe definir”, aunque ellos mismos se lesionan al amarrarse los zapatos.

El Día del Padre es una fiesta curiosa que se celebra tanto a los padres que están como a los que se fueron.  Este es un país donde muchos padres cruzaron fronteras para mantener a sus familias, donde algunos se fueron por hambre, otros por miedo y otros por esperanza. Son esos padres que enviaron consejos por teléfono, fotografías donde parecían felices, pero sobretodo enviaron remesas. El Día del Padre también pertenece a quienes tuvieron que aprender a vivir sin uno, a quienes heredaron silencios en lugar de consejos y a aquellos padres que un día salieron a comprar cigarros y no volvieron, o los que prometieron volver en diciembre y todavía siguen volviendo.

“Madre solo hay una”, dicen. Es cierto. Y también es cierto que, en algunos hogares, los hijos terminan atrapados en un clásico interminable entre adultos que siguen disputándose el marcador años después. Pssst, seño… el partido ya terminó. Unos convierten al padre en héroe y otros en villano. Lo cierto es que la mayoría de las veces, la verdad se parece más a esos partidos desordenados de la Liga Mayor donde nadie juega perfecto y todos cometen errores. Después de todo, criar hijos nunca ha sido un deporte para profesionales.

Los hijos pasan la vida intentando entender a sus padres, mientras los padres pasan la vida intentando merecer a sus hijos. Pocas veces lo conseguimos del todo y quizás por eso existe esta fecha, para recordar que la paternidad no es la copa que se recibe, sino un partido con un extra tiempo eterno. Y quizás por eso el fútbol aparece tan naturalmente en este Día del Padre. Para muchos de nosotros, las primeras lecciones sobre el mundo llegaron frente a una televisión, al lado de un padre, un abuelo o algún adulto que nos enseñó a celebrar, perder, levantarnos y volver a intentarlo.

De niño me aprendí todos los países, capitales, idiomas y monedas de las selecciones que participaban en el Mundial. O sea, para los enemigos del Mundial: ver fút no solo te hace vago, te ayuda a ver el mundo de otra perspectiva. En el libro El fútbol a sol y sombra, más que contar partidos o estadísticas, Eduardo Galeano usa el fútbol como una forma de hablar de la corrupción del deporte moderno, pero también de la sociedad, la política, la pasión popular, la belleza y la cultura.

Anoche había un evento literario y no fui porque quise quedarme en casa bajo la lluvia viendo el Mundial desde mi hamaca. Veo mi teléfono y leo un mensaje de un semi-intelectual indignado, ese personaje inevitable en estos días. Esa especie que convierte cualquier preferencia personal en una superioridad moral. Mientras millones de personas observan un partido, ese ser observa a las personas observando el partido.

Y las juzga.

Lo reconocerán fácilmente. Es esa criatura extraña que concluye que la civilización está colapsando junto a Arjona y Coelho. Para él, cada gol es una derrota de la cultura, un libro menos leído. No entiende cómo pude preferir ver a Messi meterle tres goles a Algeria en lugar de asistir a una presentación donde los asistentes se felicitan mutuamente por haber asistido. Hay una tendencia entre ciertos círculos culturales a presentar una falsa dicotomía: o vas a la presentación de un libro o ves el partido; o leés filosofía o ves el Mundial; o sos culto o sos futbolero. La realidad humana es más compleja, como diría Mägo de Oz.

Esos guardianes de la alta cultura parecen convencidos de que la manera correcta de vivir consiste en consumir productos intelectualmente aprobados las veinticuatro horas del día porque seguramente desayunan a Schopenhauer, almuerzan a Byong Chul-Han, meriendan a Salarrué y antes de dormir leen poesía islandesa del siglo XIII en el original. Par favar.

Entonces invocan a Borges (por aquello que cuando le preguntaron por el fútbol dijo que era “popular porque la estupidez es popular”). También sostuvo que no entendía la pasión por veintidós hombres corriendo detrás de una pelota. Es cierto, Borges dijo cosas bastante despectivas sobre el fútbol. Sin embargo, él desconfiaba de casi todos los fenómenos de masas, de los nacionalismos, los partidos políticos, los cultos a la personalidad y las multitudes. Su problema probablemente era menos con el fútbol en sí que con la idea de la masa endiosante.

Galeano, en cambio, veía algo completamente distinto. Decía que cuando un gran jugador amaga a varios rivales está creando belleza, no muy distinta de la que produce un poeta o un músico. Un gol también es cultura, no mejor o peor que la literatura o el teatro. Simplemente otra forma de cultura.

Mire, amigo erudito: un Mundial ocurre durante unas pocas semanas cada cuatro años. Una presentación de libros puede repetirse, reprogramarse o ser reemplazada por otra. Además, las experiencias culturales no compiten necesariamente entre sí. Un lector apasionado puede pasar la mañana leyendo a Borges, la tarde viendo a Austria contra Jordania y la noche escribiendo un cuento. Un estudiante puede asistir a una presentación de libros el jueves y gritar un gol el sábado sin sufrir daño cerebral irreversible.

El Mundial es, quizás, la última ceremonia global que comparte el planeta entero para olvidarnos del Estrecho de Ormuz y ver que los iraquíes no son los monstruos que nos pintan. Durante unas semanas, millones de personas hablan de lo mismo, ríen por lo mismo, sufren por lo mismo y recuerdan exactamente dónde estaban cuando ocurrió algo extraordinario. Mientras tanto, países que rara vez aparecen en los mapas de los noticieros hoy aparecen en los mapas del deseo. Cabo Verde, Curazao, Jordania, Uzbekistán o Haití. Durante unas semanas existen con una intensidad que la política nunca les concedió, y, durante noventa minutos, la geografía se vuelve una superstición.

Eso no convierte al fútbol en religión o aberración, como dicen. La verdadera aberración es la intolerancia disfrazada de refinamiento o la idea de que la gente solo merece respeto cuando disfruta exactamente las mismas cosas que nosotros. La literatura necesita lectores, el fútbol necesita aficionados, y la sociedad necesita menos personas convencidas de que una tarde viendo un partido equivale a una traición a la inteligencia.

Quizás por eso el fútbol se parece tanto a la paternidad. Ningún padre perfecto existe, ningún equipo juega siempre bien y ninguna biblioteca ni el Yipití contiene todas las respuestas. Los padres se equivocan, los árbitros también, y hasta los intelectuales más severos terminan defendiendo con pasión alguna causa tan irracional como un penalti al minuto noventa.

Hoy, mientras algunos celebran a sus padres, otros los recuerdan y otros siguen esperando una llamada que no llega, millones de personas estarán viendo un partido. No porque el fútbol sea más importante que la literatura, sino porque, igual que las buenas historias, nos permite compartir alegrías, derrotas, recuerdos y esperanzas. Al final, un gol celebrado con un hijo vale tanto como una conversación sobre Borges; una sopa de gallina en familia puede ser tan formativa como un seminario de teología; y un padre viendo el Mundial desde una hamaca demuestra algo que ningún libro explica del todo: que hay que disfrutar la vida y el partido mientras duren.

Así que feliz Día del Padre para los que están, para los que se fueron y para los que siguen intentando volver. Ah, y también para los intelectualoides que hoy reniegan del Mundial mientras revisan de reojo el marcador en su teléfono (aunque no lo admitan, todos terminamos jugando en el mismo equipo humano).

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

También te puede interesar

Últimas noticias