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lunes, 1 junio 2026

El monstruo bueno y el monstruo malo

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Por Max Herrador

Estos eran un par de gigantones que andaban siempre en camada peleándose y ultrajándose entre sí. Primero aparecía uno haciendo averías, comiéndose a las cabras de los colonos, aplastando de un pisotón a las gallinas y a los patos, pateando a los cuches, descabezando de tajo a las vacas, botando los ranchos a puros manotazos.

Al advertir eso, la gente salía huyendo en desparpajo porque sabían de antemano que el asunto no terminaría ahí. Al poco rato aparecía de la nada su gemelo para tratar de detenerlo, pero como no se dejaba, se armaba la de San Quintín, pescoceándose uno a otro en una pelea fratricida de grandes proporciones, por ser ambos gigantones.

Destruían las fachadas de los ayuntamientos, desarraigaban las columnas y los arcos de los portales, botaban los campanarios de los templos, hacían caer de las alturas los silos y los tanques de agua, desfollonando sus bases a puros trancazos. Las casas comunales quedaban en ruinas, también descuajaban de raíz los conacastes de las plazas, quemaban los cascos de las haciendas y hacían añicos las carretas y los carruajes también.

En última instancia, terminaban aterrorizando a cualquiera que se les atravesara; hasta los bravos chuchos finqueros huían despavoridos mientras aullaban con la cola entre las patas. Y así andaban día a día, de aldea en aldea, de pueblo en pueblo, de villa en villa, sembrando el miedo por doquier.

Las viejecitas, que eran más agudas en su sentir y pensar, escuchaban el retumbar de la tierra cuando se acercaban y anticipadamente advertían que pronto tendrían que lidiar con el monstruo bueno y con el monstruo malo, indicando a la lozanía y a las nuevas generaciones que fuesen cautos con aquel par de malandros, pues el juego de la mascarada de uno y otro era confuso.

No obstante, a donde llegaran era la misma historia, dejaban muertos de a montones, destrucción y desconcierto; sin embargo, había quienes tomaban partido y se armaban de valor, uniéndose al bueno para pelear contra el malo, pero de la misma forma había otros que creían que el malo era el bueno porque este atacaba a los malos mayorales que en tiempos normales azotaban a los pobres colonos. Al final, quedaba al atardecer la tendalada de cuerpos sin vida de las gentes que participaban en semejantes asaltos.

En cierta ocasión, ya caída la noche, los dos gigantones gemelos se carcajeaban al unísono en jolgorio mientras asaban a sus víctimas en una gran fogata, ensartándolas una tras otra en grandes pinchos y poniéndolos al fogón, y cuando ya estaban bien quemados y tostaditos, los tragaban; en una de esas, le dijo uno al otro:

––Mirá, compadre, ¿te fijaste la vieja gorda de pelo colocho que te defendía a capa y espada?  ––mientras le mostraba un cuerpo desflorado–– ¿Qué hago con ella… te la comés vos o yo?

Rascándose la nalga derecha y carcajeándose, el otro gigantón de manera jayana exclamó:

––Por supuesto que yo, ¡esta vieja puta es mía!  ––gritó al final, mientras le arrebataba el pedazo de carne amorfa para llevárselo de un solo a la boca, dándole un gran mordisco crujiente y engulléndola de un solo bocado.

Así de esa manera pasaban todas las noches, rifándose a sus víctimas en grandes risotadas, al compás de sonoros ventosos que se les salían producto de las descomunales hartadas que se daban.

Siempre, antes de dormirse, jugaban a los dados para designarse al día siguiente quién de los dos sería el bueno o el malo en la siguiente comarca, pues daba igual, ya que ambos eran casi idénticos, la única diferencia era en realidad que el bueno meneaba su cola de arriba hacia abajo y el malo la ondeaba en círculos concéntricos. Eran lo mismo, tal para cual, pues para unos había un gigantón bueno y para otros su hermano era el malo.

Cuento tomado del libro: “La Voz Anónima del Calvario” (maxherrador.com)

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Max Herrador
Max Herrador
Periodista y escritor salvadoreño, columnista y colaborador de ContraPunto

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