Por Francisco de Asís López Sanz
En un mundo donde la memoria histórica ya no es opcional, sino imperativo diplomático, España tiene la oportunidad de liderar una reparación que trascienda disculpas formales. La reciente votación en la ONU, donde Estados Unidos se opuso a condenar la esclavitud como el crimen más grave de la historia, ha expuesto fracturas globales. Francia, Países Bajos y Portugal ya han avanzado tiempo atras en reconocimientos oficiales, mientras el Reino Unido resiste reparaciones materiales. España, con su vasto legado iberoamericano, no puede quedarse atrás: debe anticiparse cerrando primero supuestas heridas como la controversia con México sobre los abusos de la Conquista, y proponiendo recuperar puentes con las comunidades afrodescendientes de América.
Primero, el caso México. Las tensiones diplomáticas por una disculpa oficial, en principio innecesarias al haberlad presentado el rey emerito en Oaxaca en 1990, no obstante siguen envenenado relaciones que podrían florecer en mutuo respeto. Aquí entra la figura de la Virgen de Guadalupe, figura materna que une más que divide. Sin la evangelización española, no existiría esta advocación que México venera como propia e inherente a su alma nacional. Un gesto conjunto —una exposicion Guadalupe, con declaración compartida de reconciliación cultural, o quizás un peregrinaje bilateral— desactivaría polémicas estériles. No se trata de negar agravios indígenas, sino de elevar un símbolo por encima de ellos: Guadalupe como reparación viva, recordándonos que la fe forjó identidades compartidas.
Segundo, el comercio de esclavos. España participó, sí, pero también abolió la trata antes que otros y protegió comunidades en sus territorios. Aun así, el silencio alimenta acusaciones. En lugar de esperar condenas, Madrid debería impulsar una “reconexión afroatlántica”: programas con África Occidental para que afroamericanos rastreen linajes, recuperen archivos y fortalezcan lazos fraternales. Becas, festivales culturales y fondos para preservación de patrimonios orales no son caridad, sino justicia poética. Países como Colombia ya crearon comisiones de reparación étnica; España podría liderar una red iberoafricana.
Esta agenda gana profundidad al integrar temas vitales: el rol de la mujer, la erradicación de la violencia doméstica, la paz, el medioambiente y la recuperación de raíces culturales. Las mujeres afrodescendientes, guardianas de saberes ancestrales, son clave. En el Chocó colombiano o los Montes de María, lideresas protegen ríos de la minería ilegal, siembran azoteas urbanas y transmiten memorias que el conflicto armado amenaza. La violencia doméstica, herencia de desigualdades coloniales, socava esta fuerza; programas de reparación deben priorizar refugios y educación en igualdad, tejiendo paz desde el hogar.
El medioambiente amplifica el llamado. Pueblos afro e indígenas defienden territorios que mitigan el cambio climático, practicando agriculturas sostenibles que honran ancestros. España, con su experiencia en cooperación verde, podría financiar “escuelas de madres guardianas”: formación en permacultura, liderazgo femenino y derechos territoriales. Así, reparar no es mirar al pasado con culpa, sino sembrar futuro: mujeres empoderadas reconectan identidades rotas, cultivan paz y salvan el planeta.
En resumen, España debe actuar ya. Incluyendo una cumbre atlántica —con México, Colombia, Africa del Oeste y Brasil— sellaría compromisos concretos. No por presión externa, sino por vocación propia: la misma que llevó a Colón a abrir caminos y a Isabel a soñar imperios justos. Reparar es reconectar: historia, mujeres, tierra y paz en un abrazo transatlántico. El tiempo apremia; la dignidad, recompensa eterna.



