Por Alonso Rosales
La escalada de tensiones en Oriente Medio ha dejado de ser un conflicto lejano para convertirse en una crisis con repercusiones globales. Aunque el escenario militar se concentra en el golfo Pérsico, sus efectos ya se sienten en economías tan distantes como Japón, India, Nueva Zelanda y los países escandinavos, impactando directamente en la vida cotidiana de millones de personas.
El encarecimiento del petróleo ha sido el primer golpe. En Japón, país altamente dependiente de las importaciones energéticas, el precio de la gasolina se ha disparado un 18 % en apenas una semana, alcanzando niveles no vistos desde 1990. Este incremento no solo afecta el transporte, sino que también encarece la distribución de bienes y servicios, elevando el costo de vida en general.
En la India, el impacto va más allá de los precios. Sectores como la hostelería enfrentan dificultades operativas debido a la escasez de gas licuado, obligando a miles de negocios a recurrir a alternativas como la leña, el carbón o el diésel para mantener sus actividades. Al mismo tiempo, aerolíneas como IndiGo y Air India han aumentado sus tarifas para compensar el alza del combustible.
Nueva Zelanda tampoco ha quedado al margen. En pocas semanas, el precio de la gasolina ha registrado incrementos cercanos al 20 %, generando una fuerte presión sobre los consumidores. La aerolínea nacional Air New Zealand ha seguido la misma tendencia internacional, ajustando al alza sus tarifas ante el aumento de costos.
En el norte de Europa, el impacto ha sido inmediato en la aviación. La aerolínea SAS ha cancelado más de 100 vuelos desde distintos aeropuertos de Noruega, citando el encarecimiento del combustible como una situación “catastrófica”. Se prevé que estas cancelaciones continúen en las próximas semanas.
El origen de esta crisis económica global radica en un punto estratégico: el estrecho de Ormuz. El bloqueo de esta vía clave para el tránsito de petróleo y gas ha generado una fuerte incertidumbre en los mercados internacionales, provocando una subida generalizada de los precios energéticos.
El efecto dominó es claro. Primero sube el costo de la energía, luego aumentan los gastos de transporte y logística, y finalmente el impacto llega al consumidor en forma de inflación. Este fenómeno, conocido como “inflación importada”, puede desencadenar medidas económicas como subsidios gubernamentales o ajustes monetarios que, a su vez, podrían ralentizar el crecimiento económico global.
Si el conflicto continúa intensificándose, los efectos podrían agravarse aún más. Se espera un aumento en los precios de alimentos, transporte y servicios, además de mayores tensiones en las cadenas de suministro. En definitiva, aunque la guerra se desarrolle a miles de kilómetros, sus consecuencias ya están presentes en las facturas y en la vida diaria de personas en todo el mundo.
FUENTE RT NOTICIAS


