Zarko Pinkas-Ramírez |
En mi propia soledad me reflejo a mí mismo,
camino en mi mente, sin mapa ni abismo.
Ojeo los viejos momentos, gastados por dentro,
recuerdos que pasan como hojas al viento.
Abren caminos sobre horizontes sin sentido,
senderos de polvo que nadie ha seguido.
Y el sentido no existe —lo pienso a menudo—,
porque todo se vuelve sencillo y desnudo.
Al final todo queda tan hueco y tan breve,
una frase olvidada que el tiempo se lleva.
La vida se encoge, se vuelve pequeña,
como un gesto cansado que nadie recuerda.
Pero en medio del polvo aparecen instantes,
alegrías fugaces, pequeñas, brillantes.
Una risa, una luz que atraviesa la tarde,
un rumor de esperanza que aún no se deshace.
Y por breve que sea ese hilo encendido,
le devuelve al silencio un latido escondido.
Tal vez todo sea simple, tal vez pasajero,
un minuto de luz en el reloj del universo.
Pero basta ese instante —tan frágil, tan lento—
para salvar del vacío el peso del tiempo.
Porque incluso la nada, si aprende a esperar,
guarda un breve momento para respirar.


