Por Nelson López Rojas.
En El Salvador, el alcohol está en todas partes y sin restricciones. Se compra en tiendas, farmacias, gasolineras y supermercados. Resulta paradójico que haya farmacias que por convicciones religiosas restrinjan la venta de anticonceptivos, pero que en ese mismo local no existan limitaciones similares para bebidas alcohólicas, que tienen un fuerte impacto en la seguridad vial.
Culturalmente, no tenemos una sanción social fuerte al que bebe y conduce. “Yo manejo” dice el bolo; en muchos casos se celebra la imprudencia como si fuera valentía. No tenemos la valentía de quitarle las llaves al borracho y pedirle un Uber y nos limitamos a preguntar si está bien para manejar. No, mi vida. NO está bien.
Al inicio de este año, el presidente Bukele, después de enterarse de la muerte de los dos hijos de una mujer por un conductor alcoholizado, hizo aquel memorable video donde alababa las medidas de cero tolerancia aprobadas por la asamblea.
Bukele decía:
“No se debe manejar bajo los efectos del alcohol, yo entiendo que hay gente que dice: ‘solo fueron dos copas’, es que no se puede. No es que usted no pueda tomar, usted puede tomar, tome todo lo que quiera, este es un país libre, mayor de 18 años, puede tomar todo lo que quiera, compre una caja de cerveza para que le salga más barato y tómesela toda, todita, dóblese, pero no maneje”.
Pero como muchas cosas en este paisito, solo fue una llamarada de tusa. Al inicio, mis amigos temían tomarse una copa de vino en un evento social. Los retenes policiales eran evidentes. Las fotos de los borrachos capturados abundaban por el ciberespacio. Todo iba bien. Pero es de suponer que las ventas de alcohol, lo que realmente mueve a la economía, mermaban. Es de suponer que la industria se quejó y las autoridades desistieron. Ahora, los controles de alcoholemia son para los pobres, hay impunidad judicial, hay pocos incentivos para que bares o restaurantes adopten medidas de responsabilidad, y límites de alcoholemia que podrían ser más estrictos.
El Salvador cerró 2024 con 1,303 muertes por accidentes de tránsito, un 3.7 % más que en 2023, según datos del Observatorio Nacional de Seguridad Vial y la agencia EFE. Mientras tanto, hechos como el ocurrido en la carretera Comalapa, donde un vehículo conducido por personas en estado de ebriedad chocó con una rastra que, aunque sin luces, no merecía el desenlace que vio todo el país: el pasajero del automóvil murió decapitado.
Este incidente concentra varios de los factores que se repiten en cientos de tragedias cada año en el país y lo peor es que nadie hace nada. Todo sigue en la impunidad, con leyes insuficientes o que no se cumplen y con una cultura del guaro que relativiza el riesgo.
El informe del FONAT 2018–2022 dice que la conducción en estado de ebriedad fue la octava causa de siniestros viales. Octava. Como no está en el Top 3, así que quede. Señores, hubo más de 2,173 lesionados en ese periodo atribuibles directamente a los bolos. Vos y yo sabemos que los días más críticos son viernes, sábado y domingo, con un 61.2 % de los casos. Y de noche se empeora eso. No me digan que es difícil poner un retén cerca de Cadejo o de Rooftop, por deos. Que los niños de mami y papi que andan bolos manejando no se deban atrapar, es otra cosa. Y es grave.
Ya no hay maras, OK. Sin embargo, estos datos muestran que, aunque haya avances en seguridad, control delictivo y cámaras a lo Big Brother para los “3 doritos más tarde”, la vialidad sigue siendo un campo minado cuando alguien decide mezclar gasolina y licor.
Pero ¿nos hemos detenido a preguntar si siempre ha habido tanto bolo o será que algo no está bien y nos refugiamos en la bebida? La desesperación, la angustia y la ansiedad se entrelazan con el consumo de alcohol de una manera compleja. Muchas personas beben para aliviar la ansiedad, pero el efecto es temporal; una vez que pasa la euforia inicial, los síntomas empeoran. Después de beber en exceso, son comunes los sentimientos de culpa, vergüenza o pena por lo dicho o hecho bajo los efectos del alcohol. Los lapsos de memoria y el miedo a haberla regado pueden generar más ansiedad. El uso compulsivo de alcohol conduce a la autodesvalorización y la sensación de no poder controlar la propia conducta.
Esta situación emocional rara vez se discute cuando se habla de siniestralidad vial. Detrás del volante, esos estados de ansiedad y descontrol pueden traducirse en una mezcla peligrosa de impulsividad y negación del riesgo, que termina cobrando vidas ajenas e inocentes. El caso Comalapa —una tragedia potencialmente evitable— debe servir de alarma. Sin leyes disuasorias fuertes, fiscalización constante y un cambio cultural profundo, seguiremos acumulando cuerpos y sufrimiento.
En países como Suecia o Islandia, el límite legal de alcohol en sangre es de 0.02 %. Allí se usan dispositivos obligatorios de encendido (‘ignition interlocks’) para reincidentes y las sanciones son severas para todos. En el Reino Unido o en USA el límite es de 0.08 %, pero existen fuertes campañas de concientización y el uso del conductor designado es común. En Alemania y los Países Bajos el límite es de 0.05 %, acompañado de transporte público nocturno. Es decir, bolos hay por todos lados. La cuestión es cómo disuadir a los borrachos antes que decidan manejar.
Las reformas legislativas de finales de 2024 endurecieron multas, introdujeron suspensión de licencias, cursos de reeducación y penas más severas para quienes causen lesiones graves o muertes al conducir bajo los efectos del alcohol. Pero ya se nos olvidó. Y yo no conozco a nadie que esté en clases de reeducación vial o de concientización.
Es necesario QUE SE CUMPLAN las leyes. Que los controles de alcoholemia sean para el que anda en moto y también para el que maneja el Audi del año. Que se promuevan alternativas de transporte seguro. Que se regule la venta de alcohol con el mismo fervor con el que se censuran los condones. La combinación de leyes claras e igualitarias, sanciones reales y opciones seguras de transporte reduce significativamente los accidentes por alcohol.
Cada muerte por alcohol al volante no es accidente, es una cadena de fallas: falla en la ley, en la vigilancia y en la cultura que permite que alguien piense que puede volver a casa sin consecuencias. Hágale caso al presidente: dóblese, pero en su casa.
Y mientras tanto, los bolos siguen brindando y celebrando. “¡Un par y nos vamos!” Y sí, se van, pero no todos llegan.



