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jueves, 2 julio 2026
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Escrito en una servilleta: Mafalda: la niña que inventó la rayuela (2)

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"A sesenta y un años de crear a Mafalda, el 29 de septiembre de 1964, Quino, sigue siendo el ícono de la cultura argentina que se rebela y revela": René Martínez Pineda.

Por René Martínez Pineda.

Quino, fue un representante exquisito de los signos zodiacales de agua, pues fue un Cáncer puro a lo largo y ancho de su intelecto. Con una sonrisa insondable, caminó por el mundo, para conquistarlo, pero sin dejar de ser un hombre retraído, deslumbrante y subversivamente adictivo que terminaría siendo admirado por los demás, incluido el policía de San Telmo, que siempre estaba listo para usar “el palito de abollar ideologías”, porque aún no se había globalizado el uso de la corrupción como capucha para torturar las utopías de Felipe en las bodegas del almacén de Don Manolo.   

A sesenta y un años de crear a Mafalda, y haber sido creado por ella, el 29 de septiembre de 1964, Quino, sigue siendo el ícono de la cultura argentina que se rebela y revela. A lo largo de seis décadas, hemos vivido leyendo y releyendo a Mafalda, sobre todo cuando la conciencia social flaquea y nos hace ser indecisos como el mar, ese mar que ella definió cuando su papá, le preguntó: “¿y Mafalda? ¿qué te parece el mar?” Y ella respondió: “hasta ahora, un indeciso”.

Quino, tuvo un origen profético: sus padres eran oriundos de Fuenguirola, una ciudad portuaria fundada, por los fenicios, de la mano del buen vino, el pescado fresco, y las charlas amenas, con sarcasmos indecibles, como el que soltó, Manolito, cuando la maestra le preguntó: “Veamos, Manolito, ¿qué es lo que no has entendido?”, y él responde: “desde marzo hasta ahora, ¡Nada!”. Quino, empezó hace más de medio siglo con un dibujo que era tan pulcro, e ingenuo, que no parecía destinado a tomarse el púlpito de la política, pero entonces pasó la vida por Buenos Aires, y obligó, a Mafalda, a salir a la calle a ensuciarse de sociedad y hacerle la guerra a la injusticia parapetada en los kioskos de revistas (mis lugares preferidos, en Buenos Aires), en uno de los cuales dijo: “curioso, uno cierra los ojos y el mundo desaparece”. Porque en las calles de Buenos Aires, como en las de San Salvador, en las revistas y periódicos eso hacía el mundo: desaparecer del imaginario de las personas que habían cerrado los ojos para no saber que estaban en desgracia, o para no ver a los que estaban más jodidos. “Habría que dar techo, trabajo, protección y bienestar a los pobres”, dijo, Mafalda, y Susanita respondió: “¿para qué tanto? Bastaría con esconderlos”. Esa breve charla definió, de principio a fin, la triste realidad de los países latinoamericanos que jugaban rayuela con las desgracias cotidianas, y tenían las venas abiertas y los ojos cerrados, a los cuales, Mafalda, la pregonera de las ideas de Quino, definió como “países amateurs”, para evadir el dolor de llamarlos “países subdesarrollados”.

Empujado por esa calamidad ideológica y mutismo inocuo que frenaba todo tipo de transformación social, el joven mendocino, de sonrisa leve e ideas pesadas, decidió hacer del mundo de las tiras cómicas el otro frente de las luchas libertarias, un frente suicidamente sarcástico. Mafalda, se convirtió en el referente moral de la izquierda y, Quino, en la fuente inagotable de conciencia crítica de los críticos que brotaba de un lápiz amenazando la hipocresía y obscena apatía de las clases medias que vivían “el mundo feliz”, en la sórdida tranquilidad hegemónica de los años 60 que parieron, por cesárea, la tétrica Alianza para el Progreso, impusieron “gobiernos-caramelo”, e inauguraron la Torre Brunetta, en Buenos Aires, como monumento de más de cien metros de alto a una modernidad que no era vivida por la mayoría de la gente. “¿Gobiernos-caramelo? ¿y qué demonios es un gobierno-caramelo?” le pregunta, a Mafalda, y ella responde: “¿a vos cuánto te dura un caramelo, Miguelito?”. Y entonces, Quino, se levanta como alternativa de otro discurso desde el lado opuesto del costumbrismo caudaloso de humor bonaerense y se convierte en la posibilidad de lo imposible.

Quino, le dio otra connotación al humor, dotándolo de un silencio ruidoso –en sus primeros días sin personajes claves y, después, de la mano de Mafalda- de cara a impactar en el imaginario colectivo fundado en la búsqueda de la utopía de un mundo mejor. El entrañable mendocino, nos mostró que existen mil formas de hablar en silencio, y que las personas pueden protestar desde una historieta: el ser humano entra en la historieta para recuperar su humanidad, y la historieta entra en el humano para darle sentido ético a la construcción del futuro como un acto del silencio acumulado. Quino, hizo del silencio el mejor orador del mundo, y de Mafalda, la socióloga de las causas encontradas (no las perdidas) al darle a ella una inteligencia mundana y una dignidad fuera de este mundo. Eso hizo y, con ello, puso el horizonte de la revolución social en la vecindad de los principios. Y así, de golpe, Mafalda organizó a sus amigos y familiares en el gremio de lo cotidiano. Joaquín Salvador Lavado, lavando la suciedad de la política reaccionaria con el jabón de la conciencia, cruzó la frontera de la apatía para conquistar el territorio del poder social de la mano de la niña y, con unas cuantas frases, rompió la rutina de los imaginarios sin imaginación: “voy a jugar a la libertad. ¿A la libertad? Y ¿cómo?” –le pregunta, Felipe, a Mafalda. “Pues así… con una lamparita quemada en la derecha… y un libro de cuentos en la izquierda”, responde.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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