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miércoles, 7 octubre 2026
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Ya estamos cabales

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Por: Nelson López Rojas

El otro día fui a cenar con una amiga. Era domingo por la noche y el restaurante estaba lleno, como suele ocurrir cuando todos salimos a comer pupusas. Había unas veinte personas esperando y yo no tenía reservación. Entonces apareció el gerente, me reconoció, llegó a una distancia prudente y me dijo con el dedo índice: «seguime». Y lo seguí, pues he aprendido a no hacer muchas preguntas. No pregunté quién había llegado antes, cuánto tiempo llevaban esperando ni si aquella mesa estaba reservada. Tampoco tuve que pedir el favor, bastó con que el gerente me reconociera.

No sé si ocupé una mesa que le correspondía a alguien más o si había una explicación perfectamente legítima. Lo que sí sé es que no me interesó averiguarlo mientras la excepción me beneficiaba. Sería absurdo equiparar aquella cena con un contrato público de millones, una plaza universitaria fantasma o un nombramiento político adjudicado a dedo, pero la diferencia de escala no quiere decir que no sea un privilegio cuando somos nosotros quienes lo recibimos.

El problema comienza cuando creemos que todo trato indebido necesita un sobre con dinero. Hay ventajas menos visibles y socialmente más toleradas que funcionan mediante favores, recomendaciones y excepciones. Como cuando tu mamá dice que es malo robar y uno entiende que se refiere a robar un banco, porque una a una cora le ponés la pata encima y ya.

Tenemos varias palabras para describir estas prácticas. Cuando una amistad determina un trato preferencial, hablamos de compadrazgo; cuando lo determina el parentesco, de nepotismo; y cuando una institución recluta y se reproduce reiteradamente dentro de su propio entorno, hablamos de endogamia. No son fenómenos idénticos ni toda reproducción interna implica favoritismo, pero pueden alimentarse mutuamente. El amigo recomienda al primo, el primo recomienda al colega, el colega entra al comité, el comité contrata al amigo y el amigo publica al colega y así. Una cadena de favores con ritmo de aquella canción de la Celia Cruz: Songo le dio a borondongo/ borondongo le dio a bernabé/ bernabé le pegó a muchilanga/ muchilanga le echó a burundanga porque a burundanga le hinchan los pies.

Después de algunos años, todos pueden mirar alrededor y preguntarse por qué allí siempre terminan llegando los mismos. La respuesta no requiere demasiado misterio pues los mismos están eligiendo a los siguientes, algo así como los Gremlins que parecen multiplicarse, hello!

Cuando alguien propone incorporar a una persona de fuera, ahí aparece una expresión muy conocida en nuestro medio: «Ya estamos cabales». Están cubiertos los puestos, repartidas las funciones y acomodados los conocidos.

Quienes practican el nepotismo y el compadrazgo no necesariamente se consideran corruptos. El corrupto, en nuestra imaginación, es Paquito el de los saquitos, el funcionario que cobra una comisión, el empresario que soborna o el político que desvía millones. En cambio, quien consigue un puesto para su hijo puede pensar que no hay nada de malo porque «el chico es buen profesional». Quien contrata al hermano afirma que conoce su capacidad o quien coloca al amigo explica que es una persona de confianza. Y así vamos. Y el hijo puede ser competente, el hermano puede ser excelente y el amigo puede ser extraordinario. La pregunta es si tuvieron que demostrarlo en las mismas condiciones que los demás. Reconocer el mérito de una persona y utilizar una relación para evitarle la competencia son decisiones distintas, aunque produzcan el mismo nombramiento.

Hay, además, criterios de selección que rara vez aparecen en las bases de una convocatoria, pero que pueden pesar más de lo que admitimos. Uno de ellos es el atractivo físico y basta con leer expresiones como «excelente presentación», «buena presencia» o «proyecta una buena imagen» para sospechar que, a veces, la apariencia es un currículo suplementario. La persona necesita experiencia, publicaciones, idiomas, competencias digitales y referencias, pero también puede beneficiarse de una presencia física que los evaluadores convierten, consciente o inconscientemente, en una señal de competencia. Puede ser que todo eso sea cierto; el problema aparece cuando confundimos una característica que nos resulta agradable con una evidencia de capacidad. Ya ves lo que dicen que en El Salvador ser blanco y con ojos color cielo ya tenés la mitad de la vida resuelta.

Ahora, otro caso son las universidades que nos ofrecen un laboratorio particularmente interesante. Una institución contrata a uno de sus graduados; después a otro; después a otro. Con el tiempo, los nuevos profesores son seleccionados entre los estudiantes que los profesores anteriores formaron allí. Esa continuidad puede conservar conocimientos y sostener proyectos valiosos, pero también puede convertirse en una costumbre que ya nadie considera necesario justificar. Una universidad puede estar llena de personas capaces y, aun así, haber dejado de preguntarse sistemáticamente si afuera existe alguien mejor para una tarea determinada.

Jorge Manuel Molina Aguilar, en «Más allá de la endogamia académica», advierte sobre la reducción de perspectivas que puede producir la reproducción constante de los mismos perfiles. Luis Armando González, en «Endogamia académica», cuestiona el cierre institucional y el provincianismo. Ambos permiten situar la discusión más allá de la simple procedencia de una persona porque importa cómo se mantiene abierto el intercambio de conocimientos y quién tiene oportunidades reales de incorporarse.

Aunque la analogía biológica llega hasta cierto punto, esto no se trata de miedo como en la novela del Gabo donde la Úrsula teme casarse con su primo José Arcadio porque sus hijos pueden nacer con una cola de cerdo por la unión entre primos. En las instituciones no se transmiten genes, sino criterios, hábitos y posiciones de poder. Un círculo puede reproducirse con eficacia sin demostrar que sus decisiones fortalecen a la institución. Quien entra aprende qué conductas se premian, a quién conviene agradecer y qué desacuerdos tienen un costo. Si después participa en la selección de nuevos integrantes, tiene la posibilidad de conservar esas condiciones y de ahí que la continuidad del grupo puede terminar presentada como prueba de una excelencia que nunca tuvo que medirse fuera de él.

El mismo problema puede aparecer en las editoriales académicas. Los mismos autores publican, los mismos editores deciden, los mismos investigadores revisan y los mismos grupos organizan congresos. Nada de esto constituye por sí solo una irregularidad, pero si entendemos que una comunidad científica necesita colaboración, continuidad y personas con experiencia, como señala González, publicar solo a investigadores de la propia institución cierra las puertas a contribuciones externas. Cuando esas redes dejan de ser instrumentos de cooperación y se convierten en clubes pueden producir un sistema en el que la pertenencia a una red determinada se convierte en una ventaja acumulativa. La endogamia no necesita una conspiración; basta con una larga cadena de decisiones pequeñas, razonables y aparentemente inocentes.

Imaginemos ahora a Juan, el jardinero personal de un gerente, contratado por recomendación suya para recuperar el jardín de una institución. El encargo tiene presupuesto, plazo y trabajos definidos. Pasan los meses, quedan tareas pendientes y los pagos continúan sin que nadie evalúe el cumplimiento. Un jardín siempre necesita mantenimiento, pero eso no explica por qué una obra acordada nunca se termina ni por qué nadie distingue entre ambos servicios.

No hace falta atribuirle a Juan un plan para eternizar el contrato, basta con observar que su relación con el gerente lo protege de preguntas que otro proveedor tendría que responder. Aquí pedir cuentas adquiere un costo personal y comparar precios parece una deslealtad porque cambiar de jardinero puede llegar a ser un problema entre amigos.

Por eso las convocatorias públicas son necesarias, aunque también pueden convertirse en teatro. Se anuncia una plaza, se reciben treinta currículos, se nombra un comité, se entrevistan candidatos, se llenan rúbricas y se redacta un acta. Todo parece impecable. Solo hay un pequeño problema… el ganador ya estaba elegido por la jefa. Los otros veintinueve candidatos no estaban realmente compitiendo por el puesto; estaban ayudando a demostrar que hubo competencia.

Tampoco se trata de exigir selecciones completamente impersonales. Las referencias, la experiencia previa y el conocimiento directo pueden aportar información relevante, pero una recomendación debería permitir examinar mejor a alguien, no dispensarlo del examen. La diferencia depende de criterios explícitos, comparación real, decisiones justificadas y evaluadores capaces de reconocer sus conflictos de interés y apartarse cuando corresponde.

El favoritismo también modifica la manera en que una sociedad entiende el mérito. El joven descubre que prepararse no siempre basta. El investigador sospecha que conocer al editor puede pesar más que los pares evaluadores o que la calidad del artículo. El empleado observa que la proximidad o el servilismo al jefe lo protege del mal desempeño.

Cuando ese realismo significa buscar primero al contacto y después cumplir los requisitos, el mérito empieza a parecer ingenuidad. Y entonces uno aprende… no necesariamente a ser corrupto; aprende a ser «realista» o vivo… o vivián.

Y aquí volvemos al restaurante. Yo no soborné al gerente, no hice trampa, no exigí un privilegio y ni siquiera pedí que me hiciera pasar. Él me reconoció. Quizá había una razón legítima para darme aquella mesa; quizá alguien esperó más por mi entrada. No lo pregunté. ¿Cuántas veces aceptamos una excepción sin averiguar qué la justifica? ¿Cuántas veces llamamos «favor» a algo que, si se lo concedieran a otra persona, llamaríamos corrupción?

No creo que la solución sea dejar de ayudar a nuestros amigos o familiares, eso sería absurdo. Podemos orientarlos, compartir información, ofrecer referencias honestas y celebrar sus logros, pero una cosa es ayudarlos a competir y otra asegurarles el resultado de una competencia. Una oportunidad que debía estar abierta a todos no se vuelve nuestra por el hecho de que podamos influir en su adjudicación.

Una buena institución necesita poder decir que, aunque seas mi amigo, tendrás que cumplir los mismos requisitos; aunque seas mi hermano, no voy a intervenir en tu evaluación; o, aunque seas de los nuestros, tu manuscrito puede ser rechazado. Si ganás, habrá razones que puedan explicarse a quienes perdieron y, si no ganás, nuestra relación no permitirá cambiar las reglas.

La próxima vez que alguien diga «ya estamos cabales», habría que preguntar cómo llegamos a estarlo. Si comparamos capacidades, justificamos decisiones y dejamos competir a quienes no conocíamos, la frase puede expresar una tarea cumplida, pero si bastó con reconocer los apellidos y devolver los favores, quizá solo estamos diciendo que ya estamos cabales con todos los nuestros.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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