Por Luis Armando González

Hace uno días, en una interesante conversación con un ex alumno y ahora colega y amigo, salió el tema preocupante de la “endogamia académica”, sobre lo cual ya he escrito alguna línea. Brevemente, la expresión hace alusión a la propensión que existe en algunas instituciones académicas a encerrarse sobre sí mismas, valiéndose sólo de sus recursos internos para realizar sus actividades docentes y de investigación. En la plática con mi colega y amigo, él se refirió a una situación en la que percibe endogamia académica y que yo, por mi parte, acepto con matices. He aquí la situación: hay autores que publican sus trabajos en las revistas de las instituciones en las cuales laboran y no de otras instituciones académicas, lo cual, a su juicio, constituye una práctica endogámica perniciosa.
Tengo una visión distinta del asunto: no veo ningún problema en que los autores (docentes e investigadores) publiquen en las revistas (o editoriales) de sus respectivas instituciones, pues es una manera de que éstas últimas muestren a la sociedad lo que produce en su seno. Esta es una manera de proceder bien establecida en universidades y centros de investigación de prestigio y, desde mi punto de vista, se la tiene que seguir promoviendo. Los autores que trabajan en universidades y en centros de investigación deben tener, como plataforma básica para difundir sus aportes, las revistas y editoriales de sus instituciones.
Lo anterior, como tal, no es endogámico, pero se le pueden asociar prácticas de ese tipo. Esto puede darse cuando las revistas y editoriales se cierran a las contribuciones académicas generadas en el exterior, no apelando a criterios de calidad –absolutamente legítimos— sino a criterios formales (por ejemplo, al tipo de citación bibliográfica) o, peor aún, ideológicos. O también cuando, directa o indirectamente, se prohíbe a los académicos de una institución publicar sus trabajos en otra. La exclusividad es una práctica ciertamente nociva –y fuertemente endogámica—, ya que impide la circulación y el debate de ideas en espacios más amplios que los favorecidos por una determinada revista. Un autor, por el bien de la cultura intelectual de una sociedad, debería poder publicar sus trabajos en distintas revistas, siempre y cuando se deje constancia de ello. Las revistas que se empecinan en no publicar algo ya publicado, además de (posiblemente) perder la oportunidad de contar en sus páginas con un aporte valioso, cortan de un tajo la circulación de las ideas.
Esa es mi visión sobre los riesgos endogámicos respecto de las publicaciones. Asimismo, veo un riesgo endogámico en otro parte del quehacer académico: en la iniciativa (o decisión) que conduce a la contratación de docentes siempre y cuando cumplan con el requisito de haberse graduado de la carrera en la que impartirán clases. Esta iniciativa (o decisión) va en contra de prácticas académicas bien afianzadas en universidades de primer nivel, las cuales han fomentado y fomentan justamente lo opuesto: la incorporación de docentes de distintas procedencias (carreras y universidades) con el fin de enriquecer la formación de sus estudiantes. Este modo de proceder es anti-endogámico, y ello porque se quiere evitar los riesgos de la endogamia académica: caer en el círculo vicioso de repetir las mismas verdades y falsedades, los mismos enfoques y perspectivas, los mismos hábitos y comportamientos, sin que quepa la posibilidad de generar cambios a partir de otros enfoques, perspectivas y comportamientos.
Quienes promueven la iniciativa de que en una carrera sólo deben dar clases los graduados en ella no tienen ni idea del grave daño que causan a la cultura académica de un país. Quizás creen que obran de manera correcta, pero su creencia es equivocada; y con su iniciativa abren las puertas a una perniciosa endogamia académica que, como en la reproducción biológica, hará que los errores se reproduzcan una y otra vez. Para decirlo con peras y manzanas: las carreras universitarias (desde las licenciaturas, pasando por las maestrías, a lo doctorados) tienen asignaturas especializadas que suelen formar parte de carreras específicas; y es ese el aporte que dan a los estudiantes los docentes graduados en esas carreras específicas y en otras universidades. De prosperar la endogamia académica, docentes extranjeros de calidad no podrían dar clases en universidades que no sean las suyas. Esto no impide que un estudiante graduado en una carrera se integre a ella como docente, pero debe hacerlo en una asignatura específica en la que él o ella hayan demostrado la mayor excelencia. Se causaría un terrible daño académico si en una carrera –por ejemplo, una maestría en metodología de la investigación— que no concentra su formación en estadística, matemáticas, derecho[1] o filosofía (aunque sus estudiantes cursen alguna asignatura en esas temáticas) se eligiera en exclusiva a graduados en ella para que impartieran las asignaturas que tratan de esas áreas del conocimiento. A menos que esos estudiantes se hubieran formado previamente en cualesquiera de las áreas mencionadas (o en otras), una o dos asignaturas (aunque obtuvieran las mejores notas) estarían lejos de darles las capacidades y conocimientos que posee un estadístico, un filósofo, un matemático o un jurista.
Así pues, no se debe olvidar que una carrera académica no prepara a un graduado para desempeñarse como docente de calidad en cualquiera de sus asignaturas. Pensar que esto es así y que no se lo debe rebatir es bloquearse a la historia y quehacer efectivo de las universidades que lo son de verdad. Aquí se hace presente otro riesgo: el del provincianismo, es decir, la propensión a creer que la pequeña parte del mundo en el que vivimos es el centro del universo, el ejemplo del cual todos deben aprender. Universidad, como le dijo la recordada profesora Ana María Nafría a uno de sus colegas, viene de universal, esto es, de tomar en cuenta lo que sucede más allá del pequeño reducto en el que nos movemos. Es la universalidad de la universidad lo que se pone en juego con la endogamia académica y el provincianismo que se han puesto en boga en algunos ambientes académicos.
[1] Por ejemplo, si en la misma se ofreciera una asignatura que trate de la propiedad intelectual, los derechos de autor, los contratos académicos y las normativas jurídicas nacionales e internacionales relativa a las universidades.


