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jueves, 29 de julio del 2021

¿Voto nulo o boicot a elecciones?

Leyendo politólogos o estudiosos de polí­tica, me doy cuenta que hacen referencia a izquierdas y derechas. Nunca me ha gustado la simplificación de una perspectiva o práctica polí­tica como de izquierda y derecha, porque es un término estático y engañoso. Es muy común decir “fulano es de izquierda”. Más aún, hay quienes se autocalifican diciendo, “me conoces, siempre he sido de izquierda,” usualmente para decir algo que ni siquiera va con la auto-descripción que recién expresan. Muchos retrógrados o maliciosos en nuestro entorno se matriculan en conversaciones con tí­tulos de “soy neutro” o “no soy de izquierda ni de derecha,” cuando toda la vida han condonado la desigualdad e injusticia social. Creo que es hora que actualicemos nuestros conceptos. En El Salvador estamos ante la implosión de la clase polí­tica, como lo está el mundo entero, donde ésta estirpe ha agotado sus disfraces.

Salga mortero, cachinflí­n o buscaniguas el alcalde Nayib Bukele en las próximas elecciones presidenciales, la expulsión del FMLN del empresario ha sido el detonante de una efervescencia en el pensamiento polí­tico de los salvadoreños, dinamizado y engrandecido por las redes sociales. Desde antes de ser expulsado, el edil ya tení­a en jaque, tanto a dirigentes de su entonces partido como a la cúpula de ARENA. Independientemente de los errores de Bukele y las dirigencias de los demás partidos, su surgimiento y protagonismo se debe no a lo excepcional de su carácter, sino a condiciones sociales, económicas y polí­ticas especí­ficas del paí­s y del momento — cuando digo especí­ficas no quiero decir exclusivas, pero si particulares. Porque la dinámica que ha llevado a muchos partidos, otrora proscritos o de oposición, a gobernar sus paí­ses, a partir de la caí­da del socialismo de estado liderado por la ex Unión Soviética, es la que ha llegado a su momento de transición. Ningún cambio de los que se le presentan a El Salvador en este momento es aislado — la mayorí­a responden a su época, como la colonización de ífrica y América, las revoluciones del siglo XVIII y XX, y la descolonización de ífrica y Asia que trajeron las dos guerras mundiales. Todos estos fenómenos ocurren concatenados.

De la misma manera que la revoluciones americana y francesa promovieron directa e indirectamente los procesos y procedimientos de independencia de tantos paí­ses latinoamericanos a principios del siglo XIX y la humanización del capitalismo de Franklin Delano Roosevelt ayudó a derrumbar las dictaduras y descolonización de ífrica y Asia, el pragmatismo impuestos a las clases polí­ticas por la globalización neoliberal que desplaza y fosiliza los gobiernos estatales, ahora demanda cambios, que en el peor de los casos pueden ser una simple rotación. La remoción del Partido de los Trabajadores de Brasil y los Peronistas de Argentina no son casos aislados, a pesar de haber hecho reformas estructurales de mayor impacto en el continente. Los partidos conservadores fueron efectivos en atacarles y hacer de la corrupción en sus administraciones la causa para quitarles el apoyo popular y sacarlos del poder. Como muchos partidos autodenominados de izquierda en Latinoamérica, habí­an caí­do en el pragmatismo limitado de mantenerse en el poder, ya que las leyes de funcionamiento social y ciudadano de sus paí­ses están siendo dictadas por el mercado internacional. Al PT de Brasil, la clase media no le perdona el haber liberado a las trabajadoras domésticas de la esclavitud, que de trabajar 18 horas pasaron a tener derechos laborales. A los Kirchner tampoco les perdonan la re-estatización del agua, el correo, los ferrocarriles y aeropuertos entre otros recursos del estado que estaban privatizados en Argentina.

A El Salvador y Honduras, el apogeo de la recomposición de la clase polí­tica mundial le toma por sorpresa retrocediéndole el reloj a los años de los fraudes electorales y golpes de estado. EL Salvador a pesar de haber seguido todos los dictámenes de los organismos financieros internacionales en materia económica, financiera y diplomática, no ha obtenido palanqueo alguno con su aliado estratégico, Estados Unidos. Ni su cooperación en la persuasión de sus connacionales de desistir en migrar hacia el norte, ha sido satisfactoria para la administración Trump, quien en vez de compensarlo le rechaza el Estatus de Protección Temporal que tuvieron los salvadoreños durante los últimos 16 años.

Es dentro de este marco polí­tico que algunos millonarios del paí­s y hasta oligarcas ven la posibilidad de derrotar a las cúpulas de los dos partidos en el poder. Aunque Calleja y Siman ostenten la presidencia desde dentro de ARENA y Bukele lo haga desde fuera de su partido, su intento obedece a la misma dinámica plutocrática de remplazar la clase polí­tica. La diferencia entre los empresarios es que Calleja y Siman prometen hacerlo desde y con su partido, mientras que Nayib Bukele promueve una “refundación del paí­s”, que de mí­nimo resultarí­a en una recomposición de la clase polí­tica.

El no tener un partido, pero si un movimiento con muchas expectativas en estado embrionario, le deja A Nayib Bukele la organización y movilización masiva como única senda al poder. Una organización sólida no solo le facilitarí­a ganar las elecciones, sino que le ayudarí­a a gobernar como él ya lo ha planteado. Su planteamiento de organización horizontal con emisarios que faciliten la comunicación con los diferentes grupos que se están formando bajo el movimiento Nuevas Ideas ha sido efectivo en organizar eventos de gran envergadura dentro y fuera del paí­s. Sin embargo, está por verse la creación y legalización del partido polí­tico que ha iniciado Nuevas Ideas con miembros de la diáspora y en El Salvador. El éxito tanto de dicho movimiento, como de Bukele, estriba en cómo coordinen su accionar en la fundación del partido y como los cohesiona el programa de gobierno del edil y su implementación. Hasta ahora, Bukele ha sido efectivo en elevar el pensamiento crí­tico y despertar esperanzas, su integridad e integralidad dependen de que tanto empoderamiento genere en el movimiento que lo convierte en un poder en si.

Las elecciones de alcaldes y diputados de marzo serán la primera muestra del comportamiento del electorado salvadoreño para el movimiento Nuevas Ideas y Bukele. El planteamiento de votar nulo que salió de su presentación en Morazán, verá su certeza en los resultados de estos comicios. Aunque boicotear elecciones no es nada nuevo en El Salvador, explicarle al pueblo la remuneración por voto que reciben los partidos polí­ticos del erario público no tiene precedentes. El Bloque Popular Revolucionario boicoteo militante y violentamente los comicios electorales de 1977. Además de los llamados a no acudir a las urnas, muchas de estas fueron quemadas en sus respectivos precintos o lugares de votación. Pero una cosa es boicotear elecciones o el sistema electoral, y otra es votar nulo.

La evolución acelerada de los acontecimientos sociopolí­ticos de estos dí­as en el paí­s nos permite ver, que un instrumento polí­tico como las elecciones puede ser atacado por polí­ticos autodenominados de izquierda en un momento, y a vuelta de una década pueden estos mismos defenderlo, y seguirse considerando de izquierda. Es por eso que no acepto una tipificación simplista de derecha-izquierda como señalé al inicio. La clase polí­tica en El Salvador tiene corruptos, cómplices, oportunistas, incapaces, ineptos, imitadores, aspirantes y personas honestas inoperantes. No hay una propuesta contra la privatización, la desregulación del comercio y usufructo de los recursos del estado, que se oponga a esterilizar la semilla de nuestros alimentos y planificar una agricultura de autosuficiencia y sostenibilidad seria. No hay tales, tenemos una clase polí­tica postrada esperando envejecer y causar duelo en la Asamblea Legislativa con un salario a nombre de sus descendientes. ¿Qué es eso? ¿Derecha o Izquierda?

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