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miércoles, 27 de octubre del 2021

Volver a la “normalidad”: crónica de la crisis económica del 2020

Una consecuencia inevitable de la crisis económica y de salud será la mayor flexibilización y distanciamiento de la clase trabajadora. Este proceso será impulsado por la destrucción de espacios de empleo digno y la reproducción masiva de formas de subcontratación en situaciones de incertidumbre económica y sanitaria

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Pese a que el desarrollo de una vacuna y/o tratamiento contra el COVID19 es una cuestión de tiempo el regreso a la normalidad es una ficción y falsa esperanza porque no existe una normalidad a la que regresar, más bien se tendrá que construir una nueva normalidad acorde con los principios del ciclo productivo y las nuevas necesidades del capital a escala nacional e internacional. Esta nueva normalidad tendrá la consecuencia de reconfigurar sectores enteros de la economía, por ejemplo, transporte y turismo, espacio inmobiliario, subcontratación y automatización. En el caso del transporte, particularmente el aéreo y marítimo, implicará transformaciones radicales en la forma que el negocio se mantiene en el corto y mediano plazo y que podría implicar quiebras masivas; prueba de ello es la noticia de que Warren Buffett ha decidido vender toda su participación en las cuatro principales aerolíneas de EUA, una venta valga mencionar en pérdida neta.

Asimismo, las empresas de comercio y servicio más avanzadas y de vanguardia han notado la posibilidad de reestructuración de sus modelos de negocio en concordancia con las reglas de distanciamiento social de los Gobiernos, ello implica que el trabajo remoto podría establecerse como una forma de mantener sus operaciones y trasladar costos de reproducción a la clase trabajadora; se traslada el costo de alquiler, seguridad, iluminación, otros básicos, en general el OPEX o costos operativos de la empresa. Pero de igual forma, esta nueva forma de comprender el ciclo productivo tiene implicaciones delicadas para el sector inmobiliario nacional e internacional a través de la forma en que se ha organizado la competitividad del sector comercio y servicios: el espacio del coworking. En el mundo post COVID19 la aglomeración de personas implica un espacio de contagio que deberá evitarse, las empresas que logren sortear exitosamente redefinirán sus reglas de funcionar en base a desconcentrar sus operaciones hacia empleados trabajando desde sus casas. Lo anterior, si se expande a otros sectores como Gobierno o las ONG, implicaría un golpe a la demanda de espacios arrendables que a su vez arrastraría la demanda de espacios de nueva construcción, tanto en espacios residenciales como en espacios de oficina.  

Una consecuencia inevitable de la crisis económica y de salud será la mayor flexibilización y distanciamiento de la clase trabajadora. Este proceso será impulsado por la destrucción de espacios de empleo digno y la reproducción masiva de formas de subcontratación en situaciones de incertidumbre económica y sanitaria. Al establecerse cercos de salud a la población inmediatamente se aplican en desventaja a la clase trabajadora, en ello además implica una forma de desarticulación de la manifestación organizada y la mayor dependencia de la población hacia los Gobiernos y sus empleadores por lo que los términos de re- contratación serían dictados en condiciones desventajosas para los primeros. Así mismo, el miedo constituye un arma reforzada por los aparatos represivos del Estado para evitar cualquier tipo de disentimiento que contravenga los procesos de acumulación de por sí puestos en peligro por la pandemia.

Otros procesos que se expandirán en el mediano y largo plazo serán los referidos al replanteamiento de la estructura de las cadenas globales de valor y del comercio internacional en general. En el mundo post COVID19 se ha puesto de manifiesto la intrincada interdependencia de las economías y la peligrosa dependencia de EUA para con sus adversarios geopolíticos, en particular China y Rusia. Esto implicaría una renovada cruzada mercantilista por obligar a las empresas trasnacionales a sacrificar su eficiencia en favor de la resiliencia de los países centrales, EUA a la cabeza, lo cual mermara su margen de ganancia al tener que reconvertir sus sociedades nuevamente a una reindustrialización forzada. Este proceso general, no obstante, tendría como consecuencia la generación de tres subprocesos peligrosos para el capital: 1) una mayor inflación por efecto de una mayor distribución de la ganancia al incrementar los salarios de los países desarrollados que ahora deben emplear a los trabajadores en fábricas, 2) se reducirá peligrosamente la eficiencia y competitividad de las trasnacionales por efecto de los impuestos y costos laborales en países centrales, y 3) bajara notablemente la tasa de ganancia por consecuencia de los dos anteriores. El proceso contestatario que, por tanto, la burguesía impulsará con mayor decisión será la robotización y automatización de esa producción industrial repatriada a fin de mantener el control de la distribución primaria del producto social. Para los países periféricos, como El Salvador, este contra proceso tendría la consecuencia de destruir gradualmente dos fuentes esenciales de trabajo por Inversión Extranjera Directa: maquila, siendo reemplazada la fuerza manual por robots autónomos y “call center”, reemplazados los operarios por inteligencia artificial adaptable.

Para El Salvador, este regreso a la “normalidad” será un movimiento peligroso, ya que emprende un camino en medio del inicio de una recesión económica que impactará sectores como la construcción, comercio, servicios e industria; tendrá un mermado flujo de remesas en la medida el regreso a la normalidad se ralentiza en Estados Unidos y precisamente en los sectores que emplean la mayoría de emisores de remesa; para atraer Inversión Extranjera enfrentará un mundo menos dispuesto a invertir grandes sumas de dinero por efecto de la incertidumbre geopolítica creciente, los riesgos sanitarios y biológicos, así como la incertidumbre de estabilidad macro fiscal; relacionado con lo anterior, El Salvador enfrenta una considerable deuda pública y privada tasada en una moneda extranjera y con altísimos niveles de impago por parte de la población si no mejora la distribución del producto social, esto es, salarios y dotación de servicios públicos.

Si el resultado de estos procesos confluye en el Gobierno para promover una redistribución, la crisis bien podría representar una oportunidad de cambio y avance. Si, por el contrario, este proceso escala en una actitud neoliberal compulsiva en favor de las empresas y en perjuicio de la clase trabajadora, El Salvador podría sumar a su crisis económica y sanitaria, un estallido social que pondrá a prueba la capacidad de convencimiento del nuevo Gobierno y su temple democrático como nunca. 

LEA TAMBIEN: Viernes 13: Crónica de la crisis económica del 2020

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José E. Montoya Martínez
Profesor de Universidad de El Salvador e investigador de temas económicos y educativos. Columnista y analista de ContraPunto
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