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martes, 19 de octubre del 2021

Una mirada de conjunto sobre la realidad nacional

Una vez finalizadas las vacaciones de agosto,  la sociedad salvadoreña –sus diferentes actores y sectores— se preparan para hacer frente al segundo gran tramo del año, que cerrará con las fiestas de navidad y año nuevo. Naturalmente que el significado y formas de encarar este periodo varí­an, según la propia realidad de cada cual.

A grandes rasgos se puede decir que para la mayor parte de la población, el propósito más importante es tener lo básico para vivir, lo cual comienza con contar con un empleo y unos ingresos dignos. Aquí­ comienzan las dificultades reales para la mayor parte de familias salvadoreñas, pues ni los empleos ni los ingresos responden a criterios de dignidad, sino más a bien a criterios de precariedad y explotación.

O sea, la vida real de la gente es sumamente difí­cil cuando la estructura laboral se concentra en los servicios y cuando la voracidad empresarial pone lí­mites injustos a las remuneraciones de los trabajadores y trabajadoras. Sin cambios reales en la estructura económica nacional será imposible que la vida real de la gente mejore. En consecuencia, esta dinámica social real, con sus ritmos, tribulaciones y afanes, continuará ahí­, abriéndose paso más allá de lo que se discuta en otros ámbitos de la realidad nacional.

En otro de los polos –opuesto precisamente al polo representado por la mayor parte de la sociedad— está la élite de poder económico, con sus ambiciones desmedidas, sus ansias de riqueza, su renuencia a mirar más allá de sus propios intereses, sus presiones y sus alianzas polí­tica y jurí­dicas.

El polo de poder económico –”los ricos más ricos de El Salvador”, como los llamó Marí­a Dolores Albiac— tiene  que ser puesto en la mira del análisis y de la crí­tica, pues es la contraparte que niega realmente los derechos y la dignidad de la mayor parte de los salvadoreños y salvadoreñas. Pese a la transición democrática, y a los innegables cambios polí­ticos en el paí­s desde 1992, la oposición ricos-pobres sigue siendo lacerante; es decir, sigue siendo una verdad de la realidad nacional que hay un polo de riqueza desmedida –con privilegios, ingresos, consumo y bienestar extraordinarios— y un polo donde predominan la precariedad y el abandono.

A muchos, hablar de esto les parece aburrido –incluso dinosáurico y polí­ticamente incorrecto–, ya que prefieren regodearse en el amarillismo simplista y manipulador que explota, con gran deleite, el contraste existente entre la “clase polí­tica” y la realidad de la gente. A diario, se ve cómo se explota ese contraste, mediante el cual no sólo se contraponen los ingresos, consumo y bienestar de los polí­ticos a la condición de precariedad del salvadoreño de a pie, sino que se “vende” la idea de que los problemas del paí­s tienen su raí­z en la polí­tica, y que si los polí­ticos no tuvieran los salarios que tienen o no viajaran en avión o no usaran autos –quienes presumen de radicales desean que los polí­ticos dejen de existir— las dificultades de El Salvador se resolverí­an por arte de magia.

Nada más falso que eso. Más allá de que la esfera polí­tica debe ser sometida a un juicio crí­tico permanente y que deben operarse correcciones significativas en sus prácticas, el contraste radical (y que explica los males estructurales del paí­s) es el que existe entre el polo de poder económico y el polo social. Esta es la oposición fundamental: poder económico versus sociedad. Lo cual quiere decir, por un lado, que sin entender la lógica del poder económico no se puede entender la lógica de la sociedad, con sus exclusiones, su miseria y su deterioro. Por otro, quiere decir que sin atacar los cimientos del poder económico –su voracidad, su incapacidad para ver más allá de sus intereses— los problemas sociales, económicos y ambientales más profundos no se van a resolver.

 En este sentido, se hace necesaria la mirada crí­tica y permanente sobre el poder económico. Hay que librar la batalla en contra de quienes –plumí­feros, comunicadores de baja ralea y cómplices del poder económico— se esfuerzan por sacar del foco de atención a los ricos más ricos de El Salvador. No hay que permitir que ganen la batalla, desviando la atención pública hacia un ámbito que no es el que, estructuralmente, niega los derechos fundamentales de los salvadoreños. Esto no supone ninguna complicidad con la polí­tica, en lo que la misma tiene de abusos, falta de decoro y moderación, sino un llamado a no confundir las cosas y a tener claridad acerca del papel del poder económico en la configuración de la realidad nacional, en sus dimensiones más profundas de cara a la vida real de la gente.

La crí­tica a la esfera polí­tica –que es la esfera del poder del Estado— debe ir más allá de los salarios, estilo de vida o falta de decoro del que hacen gala algunos polí­ticos: debe apuntar a su compromiso y eficacia en la protección de la sociedad, antes que nada de la voracidad de los ricos más ricos. Es decir, una de las grandes tareas de la polí­tica –en El Salvador y cualquier parte del mundo– es el control del poder económico, cuya propensión a crecer a expensas y en contra de la sociedad es permanente. Este es el mejor criterio para juzgar el desempeño polí­tico; es el mejor criterio para separar a los buenos de los malos polí­ticos. Y, en este sentido, los polí­ticos de la peor calaña son aquellos que se convierten en cómplices del poder económico y sus abusos. Cuando hacen esto, se colocan en contra de la sociedad, por su alianza con quienes acumulan riquezas y privilegios mediante mecanismos de explotación legitimados con trampas jurí­dicas y con construcciones mediáticas que convierten en sí­mbolos públicos a quienes privadamente –y a veces no tan privadamente– obran como criminales.

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