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viernes, 15 de octubre del 2021

Un dí­a de la madre levemente odioso

Tal vez alguien dirí­a que fui leal y fui bueno.
Pero solamente tú recordarí­as
Mi manera de mirar a los ojos.
                                                Roque Dalton

Nadie pronunció su nombre, pero el 10 de mayo de 1975 el cielo estaba limpio.

En El Salvador las madres se despertaban con una mirada de esperanza y volcaban su ternura en agradecimientos por los regalos envueltos en papel manila de millones de hijos e hijas, cantaban canciones de amor, abrazos repartidos como lluvias primaverales del cielo que en verdad, ese dí­a estaba limpio y se celebraba el dí­a de la madre.

Las jaurí­as del comercio anunciaban en voz partida la oferta y la demanda de ese dí­a en plena jungla promontorio de todos los afanes revueltos en una fiesta pagana de esas mujeres que parieron la historia a cuestas del Pulgarcito despojado en el basurero burgués de la batalla diaria por el poder.

En las montañas verduscas de la soledad desquiciada aullaban las Villas de Lobos agazapados en la infamia y la tierra mascullaba el silbido fatal de la sangre encharcada en el follaje salvaje de una guerra de guerrillas en medio de una ofensiva brutal del imperio contra los hermanos salvadoreños.

El subterráneo de la selva apestaba a muerte todos los dí­as, pero ese 10 de mayo la pólvora de la traición encontraba la muerte al pie de la letra a un hijo que pensaba en su Siempreviva viejita, en el abrazo, en La Ventana en el Rostro de la viejita, en el tiempo revivido como las Doradas Cenizas del Fénix, ese dí­a de la madre era el Turno de los Ofendidos. Y el turno de los traidores.

La fiesta era larga en las ciudades, habí­an madres del club rotario, del ejército, de la escuela, de los burdeles, las viejas rí­gidas con el papel moneda de los pobres también celebraban el dí­a de la madre en los dorados pasillos de la democracia… todo donde pudiera llenarse el mercado feudal e hipócrita de la ternura empapelada con lisonjas, cualquier espacio era forrado con el oropel del dí­a de la madre.

Una bala pasó como un ave en medio del pulgarcito, un tufo a sangre con verso coagulado, un apocalí­ptico viento de alevosí­a y muerte pasaba desquiciado por las fiestas y el cielo era limpio.

Nadie dijo nada, nadie pronunció ningún nombre.

El silencio se derrumbó despacito con un proyectil bajo un Libro Rojo.

Una madre no vio llegar a su hijo, se sentó ella, arrugadita con el corazón bajo las pupilas y miraba por la ventana esperando al poeta.

Nadie pronunció su nombre.

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