Por Alonso Rosales, analista internacional
Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre una supuesta apertura a negociaciones en Medio Oriente deben analizarse con cautela. Más que un genuino interés por el diálogo, lo que se observa es una estrategia dilatoria mientras se preparan escenarios militares más amplios, particularmente el eventual despliegue de tropas terrestres en la región.
Desde la perspectiva iraní, la desconfianza no es gratuita. Irán ha señalado que no está dispuesto a sentarse a negociar bajo condiciones poco claras, donde los mensajes llegan a través de terceros y no mediante canales diplomáticos directos. Esta postura encuentra sustento en antecedentes donde procesos de diálogo han sido seguidos por acciones militares. Negociar bajo esas condiciones no es diplomacia seria; es, en el mejor de los casos, una simulación.
En este contexto, los errores de política exterior de Trump son evidentes. Su cercanía y alineamiento con Benjamin Netanyahu han condicionado decisiones estratégicas que responden más a intereses externos que a una visión equilibrada de la política internacional. Esto no solo arrastra a Estados Unidos a conflictos innecesarios, sino que también incrementa su ya abultada deuda externa en un momento económico delicado.
Las consecuencias de esta escalada no se limitan al ámbito militar. El impacto económico ya se siente a nivel global: incremento en los precios del petróleo, dificultades en el suministro de gas en países como India o Bangladesh, y tensiones en cadenas de suministro críticas como fertilizantes. Europa comienza a racionalizar combustibles, mientras que en Estados Unidos el costo energético sigue en aumento. La guerra, en definitiva, la pagamos todos.
A esto se suma el desgaste político interno. Las últimas encuestas reflejan una caída significativa en la aprobación de Trump: apenas un 29% en manejo económico y un 35% de aprobación general, cifras que lo colocan entre los presidentes peor evaluados en décadas. En un contexto preelectoral, con las elecciones de medio término en el horizonte, estas decisiones podrían tener un alto costo político.
En el plano militar, las advertencias no han sido pocas. Expertos en seguridad, incluyendo exfuncionarios con experiencia en antiterrorismo, han señalado que una incursión terrestre en Irán podría convertirse en un nuevo Vietnam. No se trata de un enemigo menor: Irán ha declarado la movilización de hasta un millón de hombres para defender su territorio, además de ampliar sus fuerzas de reclutamiento, incluyendo jóvenes en estructuras como la milicia Basij.
Este nivel de movilización refleja un elemento clave que muchas veces se subestima: el nacionalismo. Más allá de las críticas al régimen iraní, una parte importante de su población está dispuesta a defender su sistema político frente a lo que perciben como una injerencia extranjera.
En paralelo, decisiones estratégicas como el posible control o imposición de peajes en el Estrecho de Ormuz —por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial— añaden una dimensión económica crítica al conflicto. Cualquier interrupción en ese punto tendría consecuencias devastadoras para la economía global.
Mientras tanto, en el ámbito político estadounidense, incluso dentro del propio Partido Republicano hay señales de fractura. La Cámara de Representantes ha mostrado reticencia en aprobar iniciativas clave relacionadas con seguridad nacional, dejando a Trump en una posición cada vez más complicada.
Otro aspecto preocupante es el uso de información privilegiada. La filtración de decisiones estratégicas —como la suspensión temporal de un posible ataque a infraestructura energética iraní— ha generado sospechas de beneficios económicos indebidos, desatando un escándalo bursátil que pone en entredicho la ética del liderazgo presidencial.
En el terreno militar, tampoco puede afirmarse que Estados Unidos e Israel estén ganando la guerra. Si bien poseen superioridad tecnológica y armamentística, Irán ha demostrado capacidad de respuesta, incluso logrando impactar territorio israelí pese a sus avanzados sistemas de defensa. Esto marca un cambio significativo en la dinámica del conflicto.
Finalmente, hay un factor que parece subestimado: el riesgo de expansión del terrorismo global. La narrativa de confrontación alimenta causas para grupos extremistas, aumentando la probabilidad de ataques contra intereses estadounidenses y occidentales en distintas partes del mundo, desde Europa hasta América Latina.
En síntesis, lo que se presenta como una estrategia de negociación podría ser, en realidad, una maniobra para ganar tiempo. Pero ese tiempo no necesariamente juega a favor de la estabilidad global. Al contrario, cada día que pasa bajo esta lógica acerca más al mundo a un conflicto de consecuencias imprevisibles.



