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lunes, 27 de septiembre del 2021

Todos somos Trump

Cuando Iron Maiden estuvo en la cima del heavy metal jamás pensó en hacer un concierto en paí­ses insignificantes como El Salvador.

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Esta reflexión no es una apologí­a del delito -un término jurí­dico que defiende ideas controversiales. No. No defiendo a un individuo que le falta filtro y le sobra el ego, pero tampoco estoy en condiciones de ser una brújula moral simulando que nunca he tenido ideas como las de Trump. Ni usted tampoco.

Cuando Iron Maiden estuvo en la cima del heavy metal jamás pensó en hacer un concierto en paí­ses insignificantes como El Salvador. Ahora que se ha esfumado su brillo y ya ni en su casa saben quiénes son, ahora comienzan a dar tours donde se pueda. De la misma forma Pamela Anderson, quien fuera famosa por su voluptuosidad y sus ví­deos, hace poco sale argumentando que está en contra del porno. Y claro, ya ella no vende como lo hizo en los ochentas y por eso se siente moralmente superior para hacer semejantes declaraciones. Tremer y los demás polí­ticos que orquestaron la salida de la presidenta Dilma de Brasil acusada de corrupción, ¡están todos acusados de actos de corrupción! Todo esto se hace a conveniencia, soy moralista en lo que me conviene e ignoro lo que no me favorece.

En las últimas semanas ha llamado la atención de los medios estadounidenses y mundiales el ví­deo de un programa de televisión “Access Hollywood” donde Trump se expresa vulgarmente sobre las mujeres. ¡Pero ese es Trump y él siempre ha sido así­! Dejemos de actuar o mostrarnos sorprendidos por el trato degradante y manipulador de Trump, no seamos moralistas con techo de vidrio. Basta recordar al hermano Jimmy Swaggaart o al pastor Carlos Rivas quienes en sus sermones exhortaban a sus fieles a actuar según el código moral cristiano mientras ellos le daban rienda suelta a sus deseos sexuales reprimidos por la religión detrás de BASTIDORES. Se me viene a la mente también el gesto muy religioso de Neymar al usar una bandana que decí­a “100% Jesús” cuando su paí­s ganó el oro en los Olí­mpicos. Las cámaras lo siguen mientras él -con la bandana bien puesta- se enoja con un aficionado quien dudaba de Neymar y le dice “¿No que no la iba a conseguir? Vete mucho a la mierda”. Entonces, ¿qué porcentaje de bandana le quedó en la boca con su comportamiento agresivo y hostil? ¿Qué dice la religión al respecto? ¡Tenemos todos una doble moral, nuestro lado Trump!

¡Vamos! Llamémosle depravado, violento y obsceno. A él no le importa. Es más, eso le ayuda a su rating. La conversación que debemos tener es con uno mismo. Hay que entender que el sexismo ha estado enraizado en nuestras sociedades modernas y no es exclusivo de los estadounidenses. ¿Por qué nos alegramos cuando nuestros hijos adolescentes tienen varias novias pero cuando nuestras hijas lo hacen automáticamente las tildamos de putas? ¿Por qué queremos controlar el cuerpo de las mujeres y prohibirles el aborto cuando es mucho más fácil prevenir con educación sexual y métodos anticonceptivos?

El racismo tampoco es exclusivo de Trump. Basta echar una ojeada a los anuncios en los periódicos para darse cuenta que la gente que sale en ellos no es gente como usted o como yo, es gente con facciones europeas, con un tono de piel claro, con un lenguaje alejado del voseo y con una posición social ajena a la nuestra. Y aun así­ nos escandalizamos cuando en los Estados Unidos matan a otro negro. En nuestros paí­ses matan a otro estudiante, a otro activista ambiental, a otro niño que huele pega en las calles, a otro travesti, a otro homosexual”¦ y lo justificamos diciendo que eso es amoral, que no va con las buenas costumbres, que lo prohí­be Dios. Pero Dios también prohí­be robar y si nadie nos ve nos quedamos con el dinero que se le cayó a la viejita en la tienda, o con el celular que dejaron olvidado en la parada de buses. Y Dios también te dice que no adulterarás pero si se nos da la oportunidad de salir con la secretaria de la oficina o de acostarnos con el profesor por una nota, lo hacemos. El sexismo nos corroe al prohibirles a nuestras hijas el sexo mientras por las calles andamos buscando qué cazar. ¿Y la moral? ¿Y la religión? No somos más que un atajo de traidores, petulantes e hipócritas.

Uno de los mayores miedos de los que apoyan a Trump es que otras culturas vengan a los Estados Unidos para apoderarse del paí­s y así­ cambiar su estilo de vida. Dicen que si gana Trump va a deportar a todos los inmigrantes ilegales y prohibirá la entrada de nuevos. ¡Vaya novedad! Los hispanos radicados en Estados Unidos ven con mala cara a los nuevos inmigrantes y hacen lo que pueden para evitar que “se adueñen de sus trabajos”, el mismo miedo sin base de los trumpistas. En Baja California, México, a los haitianos inmigrantes se les trata como si fueran parte de un cuento de Salarrué o de Allan Poe. En El Salvador los guatemaltecos indí­genas son objeto de burla y hasta hay una fuerza policial fronteriza que deporta a los hondureños y nicaragí¼enses que vienen al territorio a hacer los trabajos que los recipientes de remesas ya no quieren hacer. Los dominicanos odian a los haitianos que migran a su mitad de la isla. Los dominicanos se van para Puerto Rico a hacer los trabajos que los boricuas no quieren hacer. Los puertorriqueños son ciudadanos de segunda clase en Estados Unidos. Los brasileños detestan a los paraguayos por considerarlos inferiores”¦ en fin, la lista es enorme y nuestro odio hacia “el otro” -término sociológico que se centra en el análisis de cómo se construyen las mayorí­as y las minorí­as- también.

Hay que reconocer que lo de Trump no es un fenómeno nuevo ni mucho menos exclusivo de los estadounidenses. Lo que él ha logrado es despertar ese ego maní­aco nacionalista, sexista, misógino y racista que dormí­a en una sociedad polí­ticamente correcta. Hay que reconocer que todo esto es real y que nos afecta a nosotros como sociedad y afectará a nuestras hijas e hijos si no actuamos de forma honesta para erradicarlo. Hay que reconocer y entender que lo de Trump y la gente como él seguirá existiendo y las divisiones entre nosotros seguirán siendo la norma mientras no pongamos el dedo en la llaga y reconozcamos que tenemos un problema, que tenemos algo que cambiar para hacer de nuestro entorno un lugar mejor, un lugar donde impere el respeto hacia las ideologí­as del otro, el respeto a la diversidad religiosa sin imponer el criterio propio a la otra persona, el respeto a la preferencia sexual sin burlas ni indirectas, el respeto a la diversidad sociolingí¼í­stica que nos enriquece.

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Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.
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