Por Gabriel Otero.
2015
No todo es asfalto y edificios en la Ciudad de México como lo considera la credulidad popular, la mayoría de chilangos desconoce que al sur, al oriente y al poniente del bullicio citadino hay una zona rural extensa que engloba el 59 % de su superficie en las alcaldías de Tlalpan, Milpa Alta, Tláhuac, Cuajimalpa, Xochimilco y algunas partes de Iztapalapa, la Magdalena Contreras y Álvaro Obregón, tierras destinadas a suelo de conservación, recarga de acuíferos, reservorio de especies endémicas y migratorias y sembradíos de hortalizas.
Abril, en mí historia personal siempre ha representado un mes de cambios, y en el año de 2015, días después del arribo de la primavera, asumí el reto de coordinar el Mercado de Trueque, un programa de la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México, creado en 2012, cuyo propósito radica en fomentar la cultura del reciclaje mediante el intercambio de pet, vidrio, papel, cartón, aluminio, tetrapak, aceites y electrónicos, por vegetales como lechuga, zanahoria, tomate, verdolaga, arúgula, amaranto, nopal, espinaca, apio, brócoli, acelgas, plantas aromáticas, además de flores, dulces y lácteos.
Cada persona podía llevar hasta 10 kilos de residuos, separados y limpios, que se pesaban y se intercambiaban por puntos verdes para ser gastados en el mercado, el requisito para los organizadores era que la hortaliza se adquiriera con los productores de la Ciudad de México, sin intermediarios de ningún tipo.
El programa fue muy exitoso y requería una inversión anual para la producción del evento y compra de vegetales e itinerarlo a sitios estratégicos de la ciudad capital.
Para abastecer el mercado y verificar que la hortaliza viniese del suelo de conservación, cada quince días debía recorrer sembradíos ubicados en puntos lejanos, desde las serranías del Ajusco hasta las chinampas de Xochimilco, así pude sentir la inmensa soledad de las nopaleras de Milpa Alta y comer tomates de invernadero, robustos, rojos y dulces en las colinas gélidas de Tlalpan.
Conocer tierras ignotas para mí y trasladarme en caminos de terracería y saltar de cerro en cerro en el sur de la ciudad, fue una experiencia grata y peligrosa, en algún momento nos topamos con fortificaciones extrañas en lugares de nadie, o vimos helicópteros volando a baja altura como en la búsqueda de gente o examinando asuntos que dan cabida a la conjetura.
En alguno de esos recorridos, me comentaron los campesinos que “El mochaorejas” conocido secuestrador, tenía una casa de seguridad a la vuelta de la esquina, en Santa Cruz Acalpixca y que ellos lo identificaron cuando salió un primer plano de su rostro en televisión. Daniel Arizmendi López alias “El mochaorejas” actualmente está purgando una condena de 480 años en el reclusorio de El Altíplano.
Y varias veces, cuando íbamos a Tulyehualco no podíamos pasar por encontrarnos al Niñopa o Niñopan, venerado en los pueblos originarios de Xochimilco, con una celebración diaria, pletórica de cohetes de vara, que ameritaba el cierre de calles y avenidas, pero eso era parte del folklore cotidiano.
Y pude constatar lo gigantesca que es la Ciudad de México con todo y su zona rural y las más de tres horas para llegar de un punto lejano al centro del universo chilango.
Amé y conocí más este sitio en el que he vivido 36 años.



