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martes, 30 de noviembre del 2021

Shuanggui

Shuanggui significa “doble designación”, eufemismo para referirse al método chino de desaparecimiento, tortura e interrogatorios en la campaña oficial contra la corrupción. En 2015 fueron investigados 330 mil casos y castigados 336 mil burócratas del partido. Éste tiene 88 millones de miembros. De modo que la cantidad de corruptos a los que el año pasado se castigó no representan ni el 0.4% de la militancia. Pero las autoridades se preocupan. Según el presidente Xi Jiping la lucha contra la corrupción “es una cuestión de vida o muerte”. Cabe interpretarlo literalmente.

Estoy leyendo la noticia en la edición digital del periódico español El Paí­s donde se informa del reporte sobre China de Human Rights Watch, organización defensora de los derechos humanos. El informe critica duramente los malos tratos y torturas que sufren los corruptos en dicho paí­s: aislamiento total, desorientación inducida, privación del sueño, de agua, de comida, palizas, etc.

Leo mientras espero mis medicinas en la farmacia del seguro social. Me han informado que hoy, miércoles 7 de diciembre, siguen sin disponer de carvedilol, un fármaco básico para quienes padecemos alguna cardiopatí­a. “Siga preguntando por teléfono si ya entró”, me  dicen amablemente. Asiento pacientemente. Por algo nos llaman “pacientes” a quienes hacemos uso de los servicios de salud. Reviso la fecha de mi receta: 23 de noviembre. ¡Dos semanas ya de desabastecimiento!

No puedo dejar de pensar en el señor Leonel Flores, ex-director del ISSS, condenado en juicio civil por enriquecimiento ilí­cito. Debe devolver más de 800 mil dólares. ¡Qué suerte tiene de ser funcionario corrupto en este paí­s y no en China! Allá los torturan y después los ejecutan, pienso, no sin cierta cruel satisfacción.

Me da cólera. Más que nada, me da cólera conmigo mismo. Por más de siete años me deducí­an en mis dos trabajos y nunca reclamaba la devolución que me correspondí­a por doble cotización. “Hay tanta necesidad y el ISSS sufre tantas carencias; está bueno que les quede – me decí­a– al fin y al cabo es un privilegio en este paí­s tener dos empleos”. 

Después dejé de hacerlo, desde que me dio el infarto y me toca gastar en medicinas porque no todas las cubre el seguro. He sido demasiado ingenuo. Ahora me doy cuenta que mi pequeño sacrificio terminó en los bolsillos de semejante sinvergüenza.

Tampoco tengo buena opinión de quienes recibieron sobresueldos. Pongamos 2 mil 500 dólares al mes, como espontáneamente admitió una ex-ministra, quien siempre me habí­a caí­do bien. Justificable, dice, porque el salario no es alto. Pero hay un pequeño detalle: el impuesto de renta. Al año son 30 mil; cinco años en el cargo suman 150 mil dólares. ¿Sin consignar en las declaraciones de renta?

Con sólo que el Estado recuperase de tanto funcionario inescrupuloso lo que el fisco dejó de ingresar podrí­a financiarse la construcción de un nuevo y moderno penal. El cual pudieran inaugurar, como primeros huéspedes, todos los abusivos que han medrado en cargos oficiales.

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