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martes, 26 de octubre del 2021

Ser escritor y tener hambre

Hambre y sed. Pero no de comida ni agua, sino que de algo más. Una ambición grande, un no sé qué externo a este planeta, un murmullo cósmico o divino. Muchos se han devanado los sesos pensando en el sentido de la musa o de la inspiración y yo pienso en la luz del Sol y me imagino que los poetas somos como fotones que trascienden el espacio-tiempo con el uso de la palabra, porque en esta tierra tropical de injusticia y falsedad, los poetas terminan muertos: apuñalados por sus amigos, en el paredón, comprados por la gran industria o sepultados en el más vulgar ostracismo.

Y, sin embargo, las palabras habrán de embadurnar consciencias y transformar sociedades. ¿No me creen? Lo mejor está por verse. Aunque a Roque Dalton lo asesinaron sus aliados y Horacio Castellanos Moya se vendió a la industria editorial española, ellos no son el paradigma de lo que la palabra puede hacer, ellos son ejemplos de cómo la palabra puede bailar de un lado a otro y alterar el orden y luego devanarse entre el patetismo y el heroísmo forzado.

No se confundan, de lo que les estoy hablando es de la alborada que se alza cuando un escritor se atreve a desafiar el statu quo con el simple uso de la gramática, cuando el coraje emerge de la individualidad y se convierte en colectividad en una sociedad que desprecia el arte que transforma el espíritu y se apega al arte de consumo, a piezas que generan alienación y embrutecimiento. Es sorpresivo cómo la gente pasa de largo de los escritores y del trabajo teórico, pero se sientan en una butaca y aplauden al primero que despierte emociones fáciles e instantáneas. La vida nos exige mayor seriedad. Los problemas sociales están ahí y en esta alborada de la que les hablo, un escritor no puede hacer caso omiso de lo que la biósfera le susurra en sueños. Un escritor, aunque tenga hambre, tiene un compromiso infranqueable con la existencia. La mística lo atraviesa, los misterios lo engalanan, las profecías lo seducen y debe saber moverse en el vértigo vertiginoso de los abismos tántricos.

Ser escritor y tener hambre. Y sed. Algo así fue la paradoja que vislumbró Cervantes y entonces puso a Don Quijote a buscar lo imposible. De eso se trata el acto de la escritura: explorar más allá de los límites trazados por los símbolos y el lenguaje, encontrar el santo grial con otro nombre, con palabras antiguas que evocan las cuevas primeras que sirvieron de refugio a la expansión del homo sapiens por el planeta. Desde aquel entonces, el hambre ha sido un problema, pero ahora, el asunto fundamental es que el hambre se ha convertido en la condición constitutiva de todo escribiente, poeta, trovador, profeta, mística palabra que sale de lenguas ralas y blancuzcas que expresan con o sin metáforas que el estómago ruge.

Pero no se angustien, se está alzando la alborada de los escritores y pocos podrán parar nuestro aliento de fuego. ¿Hambre? ¿Sed? La trascendencia es una puerta abierta de par en par y es posible ir más allá del instante, crecer, romper, mutar, transformar lo cotidiano contando cuentos o escupiendo poemas en el trópico que va a retumbar con el hambre de los escritores ignorados, porque la mayoría tiene sus ojos sumergidos en la tevé o en su teléfono celular donde lo volátil prima.

Escribir exige coraje para decir lo que se piensa sin tapujos ni maquillaje ni maniobras lingüísticas ni divertimentos angostos ni vacío metido en una taza de café. ¿Y yo qué pienso? Pues que este país es inviable por donde sea que se lo vea si la cultura sigue sometida a los ritmos del comercio, si los escritores siguen siendo criaturas a las que nadie lee ni escucha, si es más importante vender que nutrirse, ilusionar que sublimar, hablar vaguedades inciertas que surcar con las letras un horizonte de verdades que pueden ser esgrimidas en contra de cualquiera que ose coartar las facultades de lo que implica ser escritor y tener hambre.

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