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sábado, 27 de noviembre del 2021

Roque Dalton: el poeta más indócil

En mayo se cumplen 84 años del nacimiento de Roque Dalton y 44 de su cobarde asesinato. Ningún otro poeta salvadoreño, vivo o muerto, genera tanto morbo como Dalton, y no es de menos, pues con justicia es considerado como uno de los grandes poetas salvadoreños del siglo XX. Su vida y su obra pueden verse en varias claves: la literaria, la polí­tica, la militar, la vital; y dentro de cada una de esas claves hay pequeños submundos o microcosmos que a su vez tienen muchas derivaciones, ramificaciones, vertientes. En el plano poético, Dalton fue Nerudiano, luego se pasó a la familia de Vallejo, con éxito transitó por el surrealismo, se montó en la ola generacional latinoamericana de la poesí­a de emergencia y finalmente unificó palabra y ejemplo hasta llegar a las últimas consecuencias.

Roque vivió, bebió, bailó, ganó premios internacionales de poesí­a, viajó, escribió libros memorables, se ganó el respeto de sus contemporáneos  y de generaciones subsiguientes, escribió una novela, ensayos polí­ticos, dramaturgia, etc. Todo esto lo logró a menos de cuatro dí­as de cumplir sus cuarenta años. Pocos poetas salvadoreños, ya sean de esos que llaman «consagrados», contemporáneos o jóvenes, pueden presumir de tales logros a tan corta edad, por lo que Roque se constituye un caso aparte dentro de nuestra historiografí­a literaria. A cuarenta y cuatro años de su asesinato, y más allá de la siempre infaltable exigencia a sus asesinos para que confiesen adónde están enterrados sus restos, Roque está más vivo, más indócil que nunca, porque a su ya famosa leyenda ahora se le van sumando estudios serios sobre su poesí­a. Los libros Las brújulas de Roque Dalton, de Luis Melgar Brizuela; y Roque Dalton: la radicalización de las vanguardias, de Luis Alvarenga, se constituyen en pilares fundamentales sobre los cuales se puede iniciar una discusión seria sobre una obra que es tan polifacética como polémica. Mucho se ha escrito sobre la poesí­a de Roque y sobre Roque mismo, pero muy poco con suficiente claridad y profundidad como para generar luces sobre  esa gran ruleta rusa que es su poesí­a. Más allá de los ensayos de James Iffland sobre el humor, de Rafael Lara Martí­nez sobre la invención literaria de Roque, de Rafael Menjí­var Ochoa sobre el «apologismo póstumo», y de una gran cantidad de artí­culos y comentarios que se centran más en la leyenda que en la obra, los estudios de Luis Melgar Brizuela y de Luis Alvarenga son los verdaderos interlocutores de una discusión que tienda a edificar la crí­tica objetiva sobre la totalidad de la obra poética de Dalton. Sobre estos pilares faltarí­a edificar estudios más profundos sobre la utilización del humor, sobre la influencia de los poetas franceses, sobre su poesí­a con matices surrealistas, sobre su poesí­a amorosa, etc.

Las publicaciones recientes que han habido, como los tí­tulos del Ministerio de Educación (Para ascender al alba, antologí­a poética; Pobrecito poeta que era yo, novela) y las antologí­as temáticas de Editorial Cinco (Hace frí­o sin ti, Paí­s mí­o vení­), son otros ejemplos de lo indócil de Dalton y su obra, y es que después de cuarenta y cuatro años, por fin empezamos a colocar la obra de Dalton en su justa dimensión, sin los pasionismos propios de la leyenda, sin los endiosamientos de unos y la utilización como bandera de otros, simplemente como una de las mejores obras poéticas salvadoreñas del siglo XX, pero también con sus aciertos y desaciertos, con sus grandes elevaciones y sus caí­das, con sus luces y sus sombras. A pesar de todo, Dalton sigue y seguirá siendo uno de los puntos más altos de la poesí­a salvadoreña,  pero con el valor agregado que ahora tenemos referencias puntuales que junto a futuros estudios, colocarán la obra poética de Dalton en su justa dimensión.

 

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