Roque Dalton, el escrutador, el de mirada penetrante

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Leí por vez primera un poema de Dalton en mi adolescencia en una antología de poesía latinoamericana. La poesía del resto de América Latina que circulaba en mi país por ese entonces era a cuenta gotas –y esto no creo que haya mejorado al paso de los años

Por Jorge Boccanera

He tenido a la largo de mi vida múltiples encuentros como lector con la obra de Roque Dalton y siempre me ha llamado la atención su precocidad ya que muy temprano -no había cumplido los 30 años- contaba con una obra afianzada y reconocida; una producción truncada por su asesinato que sigue impune, a cargo del extravío seudorevolucionario. Criminales que si no fueron juzgados por la justicia, han sido juzgados por la gente.

Me ha llamado la atención, decía, ese hombre multifacético –poeta, periodista, narrador, viajero, ensayista, dramaturgo que además tenía en ciernes un guión de cine- por su carácter irreverente, su capacidad de trabajo, su formación –era un lector febril- su erudición y su modo de polemizar, de abrir debate –principalmente en dos ejes principales: la poesía y la política, sobre los que uno puede o no acordar, pero nunca dudando de sus firmes convicciones.  

Quizá, como dice en su poema “Las Cicatrices”, haya sido un observador crítico (“Así fui llamado el escrutador”), un desadaptado irreverente ante el poder y su falsa moral. Después de todo, una de las etimologías de “escrutador” señala: “el de mirada penetrante”. 

Leí por vez primera un poema de Dalton en mi adolescencia en una antología de poesía latinoamericana. La poesía del resto de América Latina que circulaba en mi país por ese entonces era a cuenta gotas –y esto no creo que haya mejorado al paso de los años. Pero a veces, aunque no conseguíamos los libros que buscábamos con empeño, bastaba un solo poema aparecido en alguna  antología de poesía latinoamericana  para que nos topáramos con algún hallazgo. Me pasó con Jorge Teillier, Ernesto Cardenal, Fayad Jamis, Saúl Ibargoyen, Juan Bañuelos, Antonio Cisneros y otros a los que luego tuve la suerte de conocer e incluso de hacer una amistad.

Así me topé con el poema de Dalton “El arte de morir” de su libro El turno del ofendido. Fue a inicios de los 70; yo daba los toques finales a mi primer libro, Los espantapájaros suicidas y no dudé en colocar como epígrafe de uno de mis textos, el remate de “El arte de morir” que dice: “…sobre todo procúrese/ que no se caiga el arma de las manos/ cuando se venga el suelo velozmente hacia el rostro”.

El poema me impactó por su tono combativo en línea con la temperatura política de la época; pero, aunque no se explica la poesía ni el misterio que vibra en el alma de cada lector, vi en ese texto había algo más que arenga política. Desde ya hay allí una marca recurrente en su poesía: la ironía, desde un epígrafe del escritor suizo-alemán Friedrich Dürrenmantt que señala la paradoja de que “el único arte que hemos de aprender hoy”, es el arte de morir. También concurre en ese texto otro de sus temas, el amoroso, concentrado en un momento crucial: “recuérdese… el nombre de la única que existe”. Tópicos a los que se agrega otro de los ejes de su obra, la muerte, siempre al acecho, alfombrándole el paso al caminante con un campo minado. Muchas veces volví a ese texto que se resignificaba en cada lectura y tomaba la forma de una receta, dispuesto en base a la enumeración que caracteriza los pasos a seguir de ciertas fórmulas: “Tómese, mátese, hiérase, hágasele, grítese, recuérdense, procúrese”.

El poema da para interpretaciones varias, desde preguntarse cuánto tiene de sacrificial considerando aspectos religiosos del poeta que se formó con los jesuitas, o de apologético de la lucha armada, de bajada de línea política (en muchos de sus ensayos políticos Dalton defiende el concepto de “vanguardia política”), o como acto desesperado de quien ha dejado de creer en la justicia.

Personalmente creo que “El arte de morir” es una metáfora de la conciencia y que el “arma” que cita el autor, alude en  a lo que debe permanecer por su virtud de “auténtico”, palabra que repetía Dalton, caída en desuso en estos tiempos de individualismo rabioso y cambio de piel a conveniencia. Lo auténtico condensa lo legítimo, lo insobornable y se desdobla  en gesto solidario, empatía, integridad y constancia -pienso en las palabras “porfía” y “emperrado” que  Juan Gelman coloca en sus últimos títulos.

En 1976 salí exiliado de mi país tras el golpe militar y en ese viaje de casi seis meses rumbo a México, me fui adentrando más en los libros que conseguía del salvadoreño, a la par que encontraba –por avatares del destino- con gente o temas relacionados con él. Así conocí en un Congreso de Escritores en Panamá a los poetas salvadoreños Manlio Argueta y Mercedes Durand, amigos de Dalton, integrantes del grupo Generación Comprometida. Luego de paso por Costa Rica, recibí de Manlio en EDUCA los ejemplares recién salidos de imprenta de la novela póstuma Pobrecito poeta que era yo; debía entregarlos a periodistas y escritores de México para su difusión en los medios. También en Costa Rica iba a conocer a otro de sus amigos cercanos, Sebastián Vaquerano, que incluso viajó a Chile con Dalton en 1953 en plan de estudios y que entre 2009 y 2019 fue embajador de El Salvador en Costa Rica. 

Dalton me seguía  acompañando en esa travesía en bus por Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala. Como sostenía Julio Cortázar, otro amigo suyo, las casualidades no existen, existen las causalidades. Ni bien llegué a México fui invitado a una lectura de poesía junto al poeta Juan Bañuelos (seguramente amigo de Dalton, ya que pertenecía al grupo “La Espiga amotinada” junto a E. Zepeda, un íntimo del salvadoreño) y al chileno José de Rokha, hijo del gran Pablo de Rokha). Cuando pregunté de qué se trataba, me dijeron que era un homenaje al autor de La ventana en el rostro. Luego, en esta cadena de azares, que no lo son tanto, hice amistad con dos escritores que muy cercanos al poeta; el cubano Fayad Jamis y el citado Eraclio Zepeda. A esa altura ya había leído bastante de su obra, que fue extensa, inconclusa, de ensambles múltiples; quizá otra travesura del poeta. Imagino el dolor de cabeza de los críticos dados a la labor de ordenarla. En 1980, a la gran artista suizo italiana, Manuela Generali, residente en México, le tocó realizar junto al pintor Gustavo Aceves un mural de grandes dimensiones para la biblioteca del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de Naucalpan, de la UNAM, ubicado al norte del Estado de México. En los prolegómenos de la obra, realizada con acrílico y montaje fotográfico en cuatro grandes lienzos, Generali me puso al tanto del proyecto me solicitó le sugiriera un nombre. Le propuse El turno del ofendido. La obra representaba, en palabras del escritor mexicano Guillermo Samperio, un recorrido “desde David y Goliat hasta la revolución Mexicana, evocaciones de la violencia opresora y revolucionaria: el mundo como una condena del cual emergen demonios furiosos buscando su libertad”. Bueno, ¿pero para qué sirve todo este prolegómeno de mi participación con mucho de anécdota. Creo que da cuenta del modo en que una marea escritural como la de Dalton, ha bañado distintas costas e impactado a escritores más jóvenes; revelando, conmoviendo, mostrando, influyendo, dialogando. Seguramente cada vez más a medida que se reeditan sus libros en diferentes países y se traducen a distintas lenguas.       

Roque y su esposa Aída Cañas, detenidos en la Policía Nacional de El Salvador

Antes de adentrarme más en su escritura quiero señalar un detalle de orden biobibliográfico. En varios libros sobre el poeta, se señala que antes de obtener el premio Casa de las Americas con Taberna y otros lugares en 1969, había obtenido dos menciones en dicho concurso. Pero el libro Memoria del Premio de Inés Casañas y Jorge Fornet, (1999), habla de tres menciones: en 1962, El turno del ofendido; en 1963, Los testimonios y en 1966, Los pequeños infiernos. Vale decir que en cinco años obtuvo cuatro galardones de ese prestigioso certamen; de ahí la consideración que se le dispensaba a ese poeta, muy joven aún, que iba a dar en la década de los años ‘60, creo yo, su producción más destacada.  

Concluyo esta primera parte de mi intervención contándoles que el título de mi último Monólogo del necio, aparecido en 2015, tiene reminiscencias de un libro editado 60 años atrás: El turno del ofendido. Es un modo de homenajear al poeta.

Quiero ahora quiero referirme a la escritura de Dalton, ya vastamente analizada por críticos de El Salvador y del extranjero, y a sus influencias. Ya han sido mencionadas las de Pablo Neruda, Cesar Vallejo y Bertolt Brecht, en sus libros iniciales, más las de poetas salvadoreños que lo antecedieron: Oswaldo Escobar Velado (con su “Patria exacta”), Ítalo López Vallecillos y sobre todo Pedro Geoffroy Rivas, interesante autor en la cuerda existencial de su largo poema “Vida, pasión y muerte del anti-hombre”, quien adelantó versos que utilizaría Dalton para su novela  (“Pobrecito poeta que era yo”) y alguna línea que parece adelantarse a su destino aparte de llevar aire de epitafio: “y me he muerto en la flor de los años y a media carcajada de la vida”.

Veo otras vertientes en la poética de Dalton en dos escritores europeos, el suizo Friedrich Dürrenmatt (1921-1990) y el checo Vladimir Holan (1905-1980). El primero, narrador, filósofo, pintor, dramaturgo, de afilado estilete mordaz, que escribe: “La Tierra es una bomba de gasolina en la que no se prohíbe fumar”; “Tristes tiempos estos en los que hay que luchar por lo que es evidente”;  “No dudo de la necesidad del Estado; dudo de que nuestro Estado sea necesario”. Quizá Dalton sintió aquí la cercanía entre su impulso irónico y el tono entre paródico y absurdo que campa en los diálogos de Dürrenmatt, presente en el epígrafe que colocó al citado poema “El arte de morir”.

Por su parte el checo Vladimir Holan aparece mencionado por Dalton en una carta enviada desde Praga a Álvaro Menéndez Leal en julio de 1966, donde cuenta estar traduciendo poesía checa ayudándose con un “amigo latinoamericano (que, agrega) hace la traducción literal y yo hago la versión poética definitiva”. Si bien menciona a varios de los poetas checos que le interesan por estar a la altura “de Aragón, Saint John Perse  Eliot”, entre todos ellos menciona en especial a uno: “Holan es un genio”, dice con énfasis. Este poeta, que pasó de una poesía hermética a una más ligada a lo social, escribió los libros Trueno y Primer testamento, además del diario personal Trapos, huesos, piel, escrito durante la invasión nazi a su país. Afiliado al  Partido Comunista (PC) en 1946, fue acusado dos años después de artista “decadente” y pasó a integrar las listas negras. Decide entonces encerrarse, apartarse de todo (son tiempos de juicios sumarios a quienes critican al PC; una de esas víctimas fue la dirigente del Partido Socialista Milada Horáková, condenada a la horca en 1950), y se mantenerse en silencio durante quince años. Reaparecerá en 1962 y en 1965 se publica su antología Dolor. Posteriormente fue nominado al premio Nobel. Aunque Dalton militaba en ese entonces en el Partido Comunista salvadoreño, es más que posible que haya sentido aversión por las purgas de corte estalinistas y la intransigencia dogmática.

Holan fue un poeta de imágenes contundentes dentro de una visión cáustica y nada complaciente. Escribe versos como los que siguen: “voy a tener un hijo dijo la muerte”; “Las gentes sencillas son las únicas que no buscan la felicidad”; “Ella, uno de los mil espectadores de las ejecuciones”. No cabe duda que tocaron las fibras de Dalton las imágenes de cuño expresionista de Holan, además de sus extensos “poemas épico-líricos en los que la línea narrativa sirve de base a reflexiones de descarnada lucidez”, según califica los textos del checo el crítico de literatura eslava Alejandro Hermida de Blas. 

Pienso que el salvadoreño y el checo comparten además: un profundo sentimiento de soledad y la mirada del extranjero aún en suelo propio; el latir del amor melancólico, y el elemento lírico de la mano de reflexiones que ponen el dedo en la llaga del absurdo del vivir diario. Además Holan intercala diálogos en sus textos, utiliza puntos suspensivos como un efecto de teatralidad que completa el verso y da paso a una poesía con un efecto oral amplificado con frases dichas por distintos hablante, con uso generoso de la anáfora y la enumeración, recursos todos presentes en la obra de Dalton.

Otra vecindad a subrayar en la poesía de Dalton es la de  Ernesto  Cardenal. Se conocen en Cuba en 1970 invitados ambos a integrar el jurado del premio Casa de las Américas. El poeta nicaragüense ya había dado paso a títulos en la década anterior que podrían considerarse como la columna vertebral de su obra: Hora Cero, Gethsemani Ky, Epigramas, Salmos, Oración por Marilyn Monroe y El estrecho dudoso. Su escritura entronca con una línea expresiva con peso en la oralidad, el prosaísmo descriptivo y la crónica, continuando la brecha abierta por Salomón de la Selva (Dalton lo había conocido en México) con su libro Ciudad tropical y otros poemas (escrito en inglés, 1918) y especialmente  El soldado desconocido (1922), y continuada por la producción, apenas unos años después, del grupo nicaragüense “Vanguardia”  integrado entre otros poetas por Joaquín Pasos, Pablo Antonio Cuadra y sobre todo José Coronel Urtecho y sus ensayos y traducciones de la New Poetry norteamericana. Urtecho se prodiga en esos poetas que, dice, escriben “con un lenguaje visual, viviente, como el que se habla con los sonidos y cadencias de la voz humana”, y menciona a Carl Sandburg, Vachel Lindsay y Edgard Lee Masters, además de los grandes maestros Walt Whitman y Edgard Alan Poe.  

A esta corriente que se la rotuló como “conversacional”, Cardenal agrega un cruce de discursos que enlaza la historia precolombina con pasajes bíblicos y la modernidad en un ejercicio de montaje, valiéndose además de consignas políticas, letras de canciones, onomatopeyas, datos de la botánica, la astronomía, la economía; palabras indígenas, cifras,  partes de guerra, marcas comerciales, siglas, telegramas, apuntes de viaje. Todo en ajustadas descripciones que según el poeta cubano Cintio Vitier, dan “proféticos cantos” que parten de “un realismo revolucionario y místico” y funcionan como documentales y reportajes.

De modo similar puede observarse en la obra profusa, diversa, caleidoscópica y con fuerte marca autobiográfica de Dalton, un collage que incorpora franjas narrativas,  monólogos dramáticos, noticias, cartas, diálogos, conversaciones, testimonios, locuciones populares, intertextos, transcripciones, ensayos, diálogos, soliloquios, anécdotas, refranes, noticias, letras de corridos mexicanos, más numerosas reflexiones  y teorizaciones políticas. Pero además, según lo señala el crítico Roberto Paz Manzano en su libro La teoría literaria de Roque Dalton, textos de Historia, La Biblia, el Popol Vuh y los mitos populares.

Ya en sus primeros libros de 1962, Dalton da desde los títulos algunas claves de su posición junto al oprimido, al sojuzgado, al marginado, al despojado al que ante cualquier reclamo le cierran la puerta en las narices, para usar una metáfora popular que alude al rechazo, y se alza contra el ninguneo. De ahí La ventana en el rostro y El turno del ofendido, del preso, el exiliado, el borracho, el ciego, el desamparado, el solo. Sobre todo en sus poemas “Los muertos”, “Los condenados”, “Los locos”. O mejor, el “Poema de amor” (lo incluye en Las historias prohibidas de Pulgarcito), donde traza el dibujo de un compatriota siempre postergado, explotado, invisivilizado. Algún escritor salvadoreño me dijo alguna vez que este poema debería ser el himno nacional de su patria.

En esa dirección, podría decirse que su escritura se abre a una poesía coral, un cruce de voces o mejor, un ejercicio de traspasos de voz donde toma la palabra el prisionero, el humillado, el antiguo mexica que rinde su oración al Maíz (97), una “Ella” que dialoga en “El paso de los años” y numerosos personajes, incluso una criatura mitológica: el Nahual, o un  conquistador español como Don Pedro de Alvarado o la confesión de José Cipriano Morales (Dalton no menciona su nombre en el poema), el hombre que dio muerte al ex presidente Maximiliano Hernández Martínez en 1966.

Otro ejemplo de este recurso se ve claramente en los   monólogos dramáticos que arman la trama de muchas páginas de Taberna y otros lugares, a partir de un cuchicheo, un registro de bajezas. Por medio de este cotilleo de alcahuetes cortesanos, Dalton cuestiona elípticamente la deslealtad, la hipocresía, la ignominia.

Hay traspasos de voz también en los  parlamentos que se alternan en el “conversatorio” del poema “Taberna” que coloca a modo de transcripciones, diferenciados con tipografías diferentes.

Otra herramienta expresiva de Dalton son los heterónimos; dentro de los juegos de identidad da paso a los autores apócrifos de sus Poemas Clandestinos: el estudiante Timoteo Lue, la gremialista Vilma Flores, el dirigente católico Jorge Cruz, el estudiante Juan Zapata y al escritor Luis Luna. Aunque en realidad más que heterónimos son seudónimos, ya que la poesía que escriben lleva el sello de Dalton. Este artificio de simulacro tiene que ver con la “despersonalización del hablante” y el “estallido del sujeto poético” al que alude el poeta Pedro Lastra refiriéndose al desdoblamiento del autor en autores falsos, textos apócrifos, traspasos de palabra, remedos y parodia; vale decir un sujeto que se descentra en hablantes ficticios.

Los ejemplos abundan desde Pessoa y sus heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, a Valery Larvaud y su invención del poeta A. O Barnabooth); más cerca en el tiempo y el espacio el nicaragüense Joaquín Pasos manejaba varios autores creados por él, desde Pedrito Ortíz, a quien le hacía firmar manifiestos, al galán de cine  Jimmy Pasos Durán, y al viajero Juan Arguelles Darmstadt; José Emilio Pacheco crea dos escritores falsos: Julián Hernández y Fernando Tejada, mientras Juan Gelman crea, entre muchos apócrifos, a José Galván y Julio Greco. Hay que recordar que un amigo de Dalton, el cubano Rogelio Nogueras (muerto también a los 40 años) escribe en 1981 Imitación a la vida, una especie de antología de autores inventados de diferentes tiempos y territorios, dando incluso datos biográficos tomados de fuentes imaginarias.

Por último, me gustaría decir junto a su contundente y celebrada poesía de tintes políticos, hay un Dalton intimista, un lirismo de imágenes fulgurantes que tienen que ver con la búsqueda del sí mismo, el sentido de la existencia y la pasión amatoria. Ejemplo de ellos son los poemas “Cita”, “Desnuda”,  “El Venado”, “Alta hora en la noche”, “Insomnio”, “El desierto” y entre muchos más, “Doradas cenizas del Fénix”.  

Poeta, creador y militante, Dalton fue un pensador que interpeló a fondo a la realidad que le tocó vivir y sintetizó en la rotunda brevedad de su “Arte poética”, la línea de su vida y su entrega: “poesía/ perdóname por haberte ayudado a comprender/ que no estás hecha sólo de palabras”.

*(Texto para las Jornadas sobre el poeta, 1/12/22)

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Jorge Boccanera
Jorge Boccanera
Escritor y periodista argentino, colaborador de ContraPunto en temas sociales y culturales
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