Zarko Pinkas-Ramírez |
Una pausa improvisada que terminó en música, catálogo y ambiente.
La visita al Centro Cultural de España no se concretó: a la una ya estaba cerrado. Plan caído. Así que tocó improvisar y entrar a un café cercano —el Rockarolla Café en Plaza San Benito— con una intención básica: sentarse, tomar una bebida, seguir el día.
Pero adentro no había pausa. Había un evento.
“Un café con Cerati Vol. 1” se desarrollaba en ese momento, con selectores poniendo vinilos en homenaje a Ahí Vamos. Y aquí el dato clave: no era música de fondo. Gustavo Cerati dominaba completamente el ambiente sonoro. Cada tema marcaba el ritmo del lugar, generando una atmósfera coherente, continua, sin ruido externo.
El ambiente se mantuvo cálido y activo durante la tarde, con el espacio prácticamente lleno y una convivencia natural entre distintas generaciones. Se podía ver desde jóvenes explorando vinilos hasta personas con más recorrido reconectando con la música de Gustavo Cerati, lo que le dio al lugar una sensación de diversidad y equilibrio poco forzada.
Esa mezcla de edades, sumada a la música constante y al entorno visual de discos y pósters, terminó construyendo una atmósfera agradable, de esas que invitan a quedarse sin necesidad de mayores artificios.
El espacio, además, ofrece más que música. Tiene un menú amplio: bebidas calientes, café, opciones frías como y snacks. Nada excesivo, pero sí lo suficiente para sostener una estancia cómoda. A eso se suma un ambiente bien logrado: ordenado, con buena vibra, de esos que invitan a quedarse sin que nadie lo fuerce.
En términos de oferta cultural y comercial, el lugar también cumple. Hay vinilos, CDs, material nuevo y usado, con variedad de precios. Por ejemplo, se podía encontrar un vinilo nuevo The Smiths – “Meat Is Murder” rondando los 46 dólares, un precio que, en contexto local, resulta competitivo frente a mercados internacionales. Lo mismo ocurre con otros discos y CDs: hay opciones accesibles y otras más de colección.
El punto es claro: no es solo un café ni solo una tienda. Es un espacio híbrido donde se puede escuchar música con intención, consumir algo sencillo y, si se quiere, salir con un disco bajo el brazo.
Y ahí es donde la casualidad juega a favor. Porque en una ciudad donde muchas veces el tiempo se impone, todavía existen lugares donde una tarde de sábado puede resolverse fácil: buena música, un ambiente decente y la posibilidad de encontrarse —sin planearlo— con algo que valga la pena.
A veces no se trata del destino.










