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jueves, 21 de octubre del 2021

Rescatar a la sociedad civil

Haciéndola un movimiento diverso y plural pero unido y autónomo.

Es deseable que la sociedad civil hegemonice sobre la sociedad polí­tica porque en aquélla se encuentran los ciudadanos conscientes de que la soberaní­a reside en el pueblo y no en el Estado ni en sus funcionarios. Pero esto sólo es posible si la sociedad civil está liderada por individuos autónomos que ejercen el poder ciudadano para fiscalizar al Estado y hacerlo trabajar con el pueblo (la sociedad civil) y no sólo con una clase polí­tica al servicio de una élite oligárquica que lo usa para no someterse a la libre competencia, la igualdad de oportunidades, el control de monopolios y la ley.

En este marco, fue un hecho perversamente genial el que luego de un contrainsurgente “proceso de democratización” ―después de tres décadas de guerra interna―, la cooperación internacional le propusiera a Arzú “fortalecer a la sociedad civil” pero no financiando movimientos emancipadores, sino a una variopinta constelación de oenegés, cada una con una agenda multiculturalista separada y a menudo contrapuesta la una frente a la otra, para que sus burócratas (que no lí­deres) fingieran vivir “luchando contra la impunidad”, contra “la corrupción”, contra “el racismo”, por los “derechos de los pueblos”, de “las minorí­as sexuales” etc., y enderezando sus luchas contra el Estado, a fin de suplantarlo (no como sociedad polí­tica, sino) como sociedad civil. Lo cual es un dislate, porque la meta histórica de la sociedad civil es la de hegemonizar, sí­, sobre la sociedad polí­tica (el Estado y sus instituciones) pero como conjunto de entidades y movimientos no-estatales, cí­vicos y autónomos. No como Estado. Por tanto, la financiación foránea de una sociedad civil local da como resultado que las luchas de esa fuerza social respondan a la agenda de los paí­ses donantes y no a las necesidades del paí­s recipiendario. Y si a esto agregamos que esos financiamientos se dan segmentados por separado y sin procurar que la sociedad civil presente un frente diverso pero unido ante la sociedad polí­tica, su naturaleza resulta ficticia y proteica, y su accionar disperso, centrí­fugo e inocuo como el de un hormiguero enloquecido por repentinos pesticidas.

Esto se entronizó aquí­ con los Acuerdos de Paz y la ola privatizadora. Se montó un simulacro de democratización mediante un simulacro de sociedad civil, armándola como un mosaico de oenegés, cada una con agendas particularí­simas que compiten deslealmente entre sí­ por los financiamientos externos. Es explicable que en un paí­s de muertos de hambre, con una clase media depauperada y una progresí­a y una izquierda desempleadas, la cooperación internacional capte a estos conglomerados (al borde de la marginalidad) y los rehabilite con salarios de respetables burócratas de oenegés que “luchan” por todas las reivindicaciones particulares pensables, enderezando sus baterí­as contra un Estado también financiado por la misma cooperación, pero no para depurarlo y hacerlo eficiente, sino para empequeñecerlo y volverlo inocuo, siguiendo así­ la agenda neoliberal, que es la que impulsan la mayorí­a de agencias de cooperación especializadas en financiar oenegés progres y de izquierda rosada, lila, fucsia y magenta.

Rescatemos, sí­, al Estado pero rescatando a la sociedad civil ―depurándola y haciéndola un movimiento diverso, unificado, autónomo y autofinanciado― como proyecto alternativo de paí­s. No como vil y corrompida cómplice del intervencionismo foráneo en asuntos internos.

Sitio web del autor, aquí­.

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