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martes, 26 de octubre del 2021

Reflexión sobre el silencio

Es poco (o casi nada) lo que se dice sobre el valor del silencio, quizás porque una larga tradición autoritaria se las arregló para imponerlo como mecanismo de sometimiento y miedo. Pero no es de ese silencio “impuesto” del que aquí­ se trata, sino del silencio como una opción y una alternativa al ruido imperante y a la obligación socialmente condicionada de no permanecer en silencio, sino a sumar la propia voz al ruido predominante. Es decir, en los tiempos que corren lo obligado no es silencio –que está mal visto– sino su contrario: el ruido, el bullicio. De ahí­ la importancia de reivindicarlo como un valor imprescindible para una vida buena, como ya lo sabí­an los moralistas romanos en la antigüedad clásica, los Padres de la Iglesia y los pensadores orientales.

Hermano gemelo de la prudencia, el silencio es más radical. Aquélla invita a la mesura en el decir y en el obrar, este a suspender el decir, ya sea de forma temporal o ya sea de forma definitiva, como hicieron en el pasado monjes, santos y ermitaños  en la tradición cristiana. En una sociedad del bullicio como esta en la que nos toca vivir, quizás sea imposible el silencio absoluto. No lo es, sin embargo, el silencio parcial, el silencio temporal. Justamente, la sociedad del bullicio nace necesaria y urgente la puesta en vigencia una práctica del silencio que poco a poco se vaya convirtiendo en un hábito individual y colectivo que incida –junto con valores como la prudencia, la honradez, la sensatez, la tolerancia y la moderación— en las formas de comportamiento vigentes, y ayude a su transformación.     

¿Silencio para qué? Para muchas cosas, francamente positivas y sanas. En primer lugar, para conversar con uno mismo, como querí­a Antonio Machado, quien además esperaba también hablar algún dí­a con Dios.

En segundo lugar, silencio para resguardarse, para protegerse, de las inclemencias de un entorno hostil y pernicioso para la salud mental y corporal de las personas. En la tradición budista esto es evidente. También lo es en las tradiciones hinduistas y confucianas que reconocieron el valor esencial del silencio para el cuido de la vida mental y corporal.

En tercer lugar, el silencio es un importante recurso para no interferir abusivamente en el espacio mental, pero también fí­sico de los otros. O sea, el silencio nos protege de los demás, pero también los protege a ellos de nosotros. Se trata, en ese sentido, de un mecanismo de autocontrol, ante la propia vocación a ser ruidosos y a inmiscuirnos en la vida interior de los demás, violentando muchas veces el derecho al silencio que ellos nos hacen. Hijos e hijas de una cultura del bullicio y del ruido, hijos e hijas de una cultura que castiga el silencio y alienta el no quedarse callados, nosotros también debemos “practicar al arte de no hablar” para no interferir en el silencio de otros o para ayudarles a cultivarlo.

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