- Publicidad -spot_img
Especiales de la SemanaPor primera vez en Brasil

Por primera vez en Brasil

¡Sigue nuestras redes sociales!

Sao Paulo, Brasil, es el lugar visita Wilmar Harley Castillo. Nos narra sus encuentros en la Escuela Nacional Florestan Fernandes; su llegada a Montes Claros, encuentro con campesinos, y la gastronomía brasileña.

Por Wilmar Harley Castillo Amorocho


Esta nova oração, 
É uma canção da vida 
Pelo sangue da ferida no chão 
Que não cicatrizará 
Nem tampouco deixará de abrir
A rosa em nosso coração... 
Oração Latina

Las sorpresas fueron el alimento diario y permanente en la primera visita a Brasil, que fue a su capital financiera, Sao Paulo. Su cara de mostrar al mundo no tiene grandes lunares que opaquen los colores y brillos que la ciudad tiene para compartir a quien la visita. Sobre esos lunares hablaré más adelante.

La vista no alcanza a dimensionar un territorio urbano donde sobreviven 22 millones de habitantes. Por más edificios de apartamentos que se levanten por debajo de la altura de un mirador gratis de la Avenida Paulista, esos monstruos de cemento resaltan en las selfis. Las exposiciones de arte, la música callejera, los restaurantes, calles, puentes, ciclo rutas, murales y diferentes colores de piel y formas de ojos, no paran de moverse en este concreto brasilero, donde los pixies tienen su cuota en el control sistémico en la respiración de sus usuarios.

Aunque sea permanente medir la altura de los edificios con los ojos, es inevitable fijar la atención en las carpas y camas que nacen en el pavimento. Tal vez para los niños y niñas que viven así, sea una temporada de camping en la ciudad, donde papá y mamá, o solo uno de los dos, los han convidado a jugar sin saber cuándo terminará ese juego.

Como cualquier otra ciudad donde la plata (o los pixies) vale más que la vida, Sao Paulo tiene actividades para todos los gustos. En una calle se están buscando desprevenidos para robarles el celular y a la vuelta de la esquina se presenta un grupo de teatro callejero presentando la historia de la semana del arte moderno brasilero. Solo es cuestión de caminar con los ojos bien abiertos y con el bolso hacia adelante.

Todo esto no hubiera sido posible sin la ayuda de mi amiga Jenni, que junto a su compañero, fueron mis guías turísticos y gastronómicos. En la próxima visita habrá que agendar la caminata por el barrio, porque tanto brillo en paredes y pieles blancas, encandelillan al final del día.

Escuela Nacional Florestan Fernandes

Al lograr conectarme al wifi de un local de juguetes y figuras anime en miniatura en la terminal de Tietê, me comuniqué con una vieja amiga del Estado de Amazonas. La cerveza nos acompañó hasta que nos recogió el conductor asignado, que nos llevaría a la Escuela Nacional Florestan Fernandes (ENFF). Luego de una hora de camino, tiempo suficiente para la actualización de chismes personales y políticos, la ENFF abría su puerta para albergar a este colombiano que solo sabía decir, boa noite y bom día.

La Mística se respira en este centro de educación desde su entrada. Todas las células del cuerpo interactúan con el sentido político que tiene este territorio. Las relaciones entre quienes convivimos permiten sentir la tranquilidad colectiva, la unión por una causa común y la posibilidad de aprender recíprocamente. De la mano de albañiles, carpinteros, pintores, cocineros, personal de aseo, intelectuales, profesores, campesinos, jóvenes y mujeres, brasileros y extranjeros, la ENFF permite ser un territorio de aprendizaje político en cualquiera de sus espacios y en cualquiera de las actividades que allí se realicen.

Entre todo lo conocido, me gustó la sensibilidad de sus paredes que tienen plasmada la poesía popular y frases de algún compañ[email protected] o [email protected] no olvidado. Gracias a esa parte del paisaje, buscaré la poesía de Pagu. Ojo, no hay que encariñarse mucho con la ENFF, pues el salir de ella puede empujar a un estado de extrañeza que puede, y ha pasado, llegar a la depresión, por eso el intenso frio en la madrugada será mi alivio para no llorar cuando recuerde este territorio donde se cosecha la esperanza popular.

Escuela Nacional Florestan Fernandes, Sao Pulo, Brasil. Fotografía: Nacho Lemus.

Las ideas se mastican día y noche. Dentro y fuera de los salones de clase. Hasta los dormitorios se convierten en círculos de la palabra donde se repasan las teorías del día o se analiza la situación del país, del movimiento social, de la sociedad, de la comida o de la pareja sentimental. La palabra compartida refuerza el cemento y quienes participamos dejamos nuestro aporte para que esa infraestructura perdure por los siglos de los siglos.

Sin embargo, no solamente los vivos conviven en la ENFF. Aquellos que dejaron esta tierra, naturalmente u obligados, también caminan los pasillos y comparten clase, piden la palabra en las reflexiones personales y en los debates colectivos, hasta en el baile de las noches culturales, se ve a uno que otro moviendo el cuerpo al ritmo de la Samba y el Forró. Nadie descansa.

Entre el cuaderno usado, el acuerdo parido, los abrazos tejidos, la cachaza compartida, la risa honesta, la Mística, el piso trapeado y la comida degustada, la ENFF es un canto de la victoria popular que resuena más allá de Brasil.

Montes Claros, la tierra donde el rojo significa vida digna y belleza natural

Para salir de la ENFF, se organizó por día, hora y asignación de conductor, aunque estuve preparado para salir a las 8:00 am el domingo 15 de mayo, se juntaron mi portugués nada entrenado y la salida de otro conductor para que yo terminara saliendo de la ENFF con un conductor diferente al asignado. El buen amigo me dejó en el terminal de Tietê, en Sao Paulo. A las 10:30 am salió el bus que 16 horas después, me tendría caminando en el municipio de Montes Claros (MC), Estado de Minas Gerais (MG), territorio donde la tierra y el atardecer son rojos.

Viajar por tierra en Brasil, pone a prueba la resistencia del cuerpo, pone a prueba al bolsillo, también pone a prueba la imaginación y la memoria. Pero si el viaje es en compañía, es más agradable y hasta acelera el tiempo. Mi compañía fue la gripa. Con la cual aprendí: llevar suficiente papel.

Montes Claros, Minas Gerais. Fotografía, Achetrón.

Con tres horas demás en el viaje, fui recibido por mi amigo Samuel afuera del terminal de MC. Quien estaba acompañado de Gabriel, ambos miembros del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y que a partir de allí caminaría junto a ellos, esta parte del nordeste brasilero. Con un lapsus de dos días, pues la gripa me amarró los pulmones, asunto que agradezco, porque el remedio fue comer.

“Has de la medicina tu alimento y has de tu alimento tu medicina” fue lo que me enseño Samuel a través de los platos típicos brasileros, como la Panelada, una sopa hecha con la pata y el mondongo de la res, sazonada con bastante ajo y cebolla, sal al gusto. Su preparación es sencilla, todos los ingredientes se cocinan durante dos horas en una olla pitadora hasta que espesa, se acompaña con arroz blanco y listo, Lázaro se levantó ese mismo día.

De ahí en adelante, el churrasco con chorizo, carne de res, alas de pollo y pescado junto a cerveza, vino y cachaza, arroz con pequi, jugo de caña con jengibre, tinto, pan y jamón, entre otros platos hicieron parte de la rutina campesina en MG.

Acampamentos del MST

La cocina es el lugar de la confianza

El MST se caracteriza por su lucha por la tierra, ocupando las tierras improductivas estatales o privadas, recuperando así el territorio para construir la Reforma Agraria Popular. El primer asentamiento visitado, se ubica a las afueras de MC, a unos cuarenta minutos en carro. En este lugar, conocí el centro de formación, donde niños y jóvenes del acampamento y veredas aledañas reciben primaria y secundaria en la mañana, tarde y noche. Cuenta con restaurante escolar, biblioteca y sala de informática, planta docente y [email protected] que garantizan su funcionamiento.

En este acampamento también tienen la planta agroindustrial donde producen salsa de tomate empacado en embace de vidrio y cachaza, todo sembrado y cosechado en este acampamento bajo la Agroecología. Además, cuentan con una cocina adecuada para alimentar a esta comunidad, incluyendo a sus visitantes. En medio de ollas, Samuel me explicó que la cocina es el punto de encuentro para conversar y reír, a donde se llevan a las amistades como acto de confianza. Esa noche, cocinamos gallina criolla con arroz.

La agricultura es ya el sector más productivo en la economía de Brasil. Fotografía: FAO.

¿Qué tienen en común un panadero, una niña y un colombiano?

En el trayecto para llegar al acampamento en Bocaiuva, probé el frijol tropero con carne al sol. El frijol caraota, el del grano pequeño, se sirve con mandioca en polvo y se acompaña con arroz blanco; la carne por su lado me explicó Samuel, se cortan los trozos, luego se le hecha mucha sal y se cuelga al sereno para luego ser fritada o cocinada. El sabor y la suavidad de este plato es un masaje para la boca.

Con la barriga llena, seguimos la carretera al acampamento. Recogimos a un viejo amigo de Samuel, con el que iríamos a conocer las casas de los campesinos Sin Tierra. Primero visitamos a los padres del amigo de Samuel, quienes nos recibieron con té y galletas. La mamá nos mostró su huerta, donde conocí el árbol de papaya más grueso que haya visto; luego y con mucho orgullo, la anfitriona nos mostraba la planta del Pequi, aquella fruta con la que se prepara ese famoso arroz amarillo. Después hablaré de esta curiosa fruta.

De ahí recorrimos otro tramo entre subidas y bajadas, hasta llegar a la casa de Jackson, otro viejo compañero de Samuel. Acompañado de su hija, Jackson nos invitó a la cocina, donde nos dio a probar tres cachazas hechas con tres plantas diferentes. Luego calentó tinto y nos trajo pan de queso hecho por él, porque entre risas, Samuel me decía que Jackson además de ser campesino, también es panadero, de lo cual no dudé por la delicia de pan de queso compartido.

La feijoada es el plato naciona de Brasil. Fotografía: Turismo Brasil (turismobr.com)

Para la hija de Jackson, ver y oír a un colombiano fue el acontecimiento del día, pues pedía con curiosidad que yo hablara algo en español y al instante reventaba de risa. La niña sacó un celular de la habitación y nos tomó una foto a Samuel y a mí, asunto que sería recordado en las sucesivas visitas. Después vimos a los cerdos de monte que estaban criando en la parte de atrás de la finca. Con el atardecer rojo de fondo, nos despedimos de esta familia con la que resultamos teniendo en común, el gusto por la panadería, las risas, la memoria y el amor por la tierra.

El eucalipto no marchita el amor popular

La Serranía del Espinazo nos acompañó en todos los recorridos. No nos perdía de vista, como la mamá que protege a su sangre. En el paisaje observado mientras íbamos hacia otro acampamento, aparecieron extensas hectáreas de eucalipto que al lado izquierdo de la carretera iban más allá de la vista y del lado derecho, amenazaban con invadir a la Serranía, pues en sus faldas se implantó este desierto verde. Desde los años 80` el capital privado colonizó ese territorio con eucalipto.

A pesar de ese fondo, nos recibió una familia de compañeros acampados. La mamá, coordinadora del trabajo de mujeres en ese territorio y el papá, coordinador del acampamento, nos recibieron con los brazos abiertos. Su amabilidad se transmitió en almuerzo, té, café, fruta e historias graciosas ocurridas en eventos estatales y nacionales donde participaron.

Este acampamento se logró instalar en el 2016, en medio de eucaliptos y paramilitares. Levantadas las casas y las huertas continuaron con otras problemáticas, como el suministro de agua potable, pues en esta tierra el agua subterránea está a 20 metros, el metro de perforación cuesta aproximadamente 200 mil reales más el costo del motor y las mangueras que se requiere para tener agua potable. Mientras se ganan esa pelea con el Estado, deben tazar el agua que llega los lunes de cada semana en carros tanque. La sed del eucalipto es más importante que la sed de las personas.

Brasil: La empresa de monocultivos de eucaliptos Veracel Celulosa intenta expulsar a los indígenas Pataxó de su territorio. Fotografía: Movimiento Mundial por los Bosques Populares

En este hogar acampado, se dejó encargada la preparación de un pato para comer de regreso, pues el plan después de la visita fue ir al rio Jequitinhonha. Este nombre proviene del pueblo indígena botocudo, que significa Trampa de pez, su fondo oscuro no permite ver los cuatro metros de profundidad que logra tener, además fuimos en la época del año donde el agua es fría, por lo que solo mojé mis pies. Samuel si se bañó de cuerpo entero, sin importar la noche que nos cogió ventaja.

De vuelta donde Cabezón y su compañera, comimos el pato guisado, hecho en olla de barro, que con arroz blanco y gaseosa, terminamos así este día de recorrido por los territorios del MST. Si, Cabezón es el apodo del coordinador del acampamento, y cuando lo ví capté de inmediato la razón de su apodo. Aquí nadie se salva.

Con churrasco se despide a los amigos

Recuperar la tierra es una tarea gigante, que conlleva la responsabilidad colectiva de garantizar el pedazo de tierra para vivir y cultivar, es decir, cada familia asentada asume el compromiso de ser comunidad bajo el objetivo de la Reforma Agraria Popular. Por lo que las tareas van desde buscar la tierra improductiva, organizar la ocupación, ganar la tierra ante el Estado y los hacendados, desarrollar los ejes de lucha (formación, producción, agricultura, Agroecología, etc.) y establecer la convivencia comunitaria que resista los retos y necesidades impuestas por el Capitalismo.

El hecho de permanecer acampado, es resistencia, se lucha y vive dentro de un modelo social y económico que le molesta ese plan de vida campesino. Mientras el MST vive y lucha, los ojos y corazones del pueblo brasilero están mirando el acontecer electoral presidencial, pues Lula y gran parte del pueblo brasileño están luchando para ser gobierno en las elecciones de octubre de este año, coyuntura a la que el MST también le está metiendo fuerte el azadón.

Típico plato de la gastronomía de Bolo Horizonte. El pequi es una fruta brasileña, que se utiliza como ingrediente para sazonar varios platos como: pollo, arroz, entre otros. Prueba esta receta sabrosa. Fotografía: Cocina Brasileña (cocinabrasileña.com)

Caminar los acampamentos, comer con sus protagonistas, escucharlos, reflexionar sobre su lucha especifica como si fuera parte del MST, me permitió palpar sus logros, tensiones y retos que tiene esta compañerada. Con el cariño campesino me recibieron y con la paciencia necesaria comprendían mi portuñol. Agradecido estoy con cada uno y una de [email protected] compañ[email protected] que hizo parte de este caminar, que aunque no los nombro, están tatuados en el corazón.

Pequi: Es una fruta que tiene adentro espinas pequeñas, que si no se tiene precaución puede hacer pasar un desagradable rato en el hospital a quien la muerda. Solo se raspa con los dientes. Todo su sabor queda en el arroz.

Vem teçamos a nossa liberdade
Braços fortes que rasgam o chão
Sob a sombra de nossa valentia
Desfraldemos a nossa rebeldia
E plantemos nesta terra como irmãos!

Vem, lutemos punho erguido
Nossa força nos leva a edificar
Nossa pátria livre e forte
Construída pelo poder popular.
Fragmento del Himno del MST
close

¡Hola! Nos gustaría seguirle informando

Regístrese para recibir lo último en noticias, a través de su correo electrónico.

Puedes cancelar tu suscripción en cualquier momento.

Comparte este contenido en:
Wilmar Harley Castillo
Wilmar Harley Castillo
Comunicador social, especialista en Política Pública para la Igualdad; comunicador de la Coordinadora Nacional Agrario de Colombia. Columnista y comunicador de ContraPunto
spot_img

Participe con su comentario

También te puede interesar

Últimas noticias