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viernes, 07 de mayo del 2021

Populismo en Absurditán

Nadie puede negar que atravesamos un largo perí­odo de crisis, profunda y polifacética. Es una época propicia para que resurja el populismo, lo vemos ahora construyendo ilusorios correlatos, “todos, salvo nosotros, son corruptos”, apoyándose en la real corrupción en la sociedad y el Estado salvadoreños (aunque limitándola a un solo partido). Esto ha alimentado de manera indistinta y difusa la exasperación de muchos. El populismo urge pues como condiciones para mantener su influencia de un fortalecimiento coyuntural del sufrimiento social, de la frustración económica y simbólica. Se trata de una herida narcisista del cuerpo social que exige reparación, restauración de su dignidad perdida en un deslizamiento padecido y el restablecimiento de la identidad derrumbada.

El populismo requiere de un resentimiento en busca de un objeto y un objeto designable a ese resentimiento. Se puede reconocer en esto el esquema de la consabida teorí­a del “chivo expiatorio”. En nuestro caso, en el caso salvadoreño, el presidente ha designado varios objetos al resentimiento popular, el partido FMLN, la cúpula y sus familiares, los diputados que no voten conforme a sus caprichos, los funcionarios denominados “vagos que solo van a recibir el sueldo”, los jueces “cómplices de la corrupción y defensores de las maras”, los periodistas “cómplices de las maras”, etc.

Los partidarios del presidente se han agrupado y se identifican como los restauradores de la dignidad nacional, de la limpieza generalizada de la vida pública y los únicos partidarios de la honradez. Esta reforzada identidad se caracteriza en que el individuo se siente poseí­do por una misión, todos se agrupan en derredor de esta misión restauradora del honor nacional, de esta herencia (ideales que fueron abandonados por otros y valorizados ahora por el nuevo partido y su jefe). El populismo detenta su eficacidad en la disponibilidad permanente de polaridades identificadoras que sabe proponer.

El populismo también es volver constante y sistemáticamente inmediato el respecto entre el individuo y lo que se le describe como amenaza, todo lo que puede perder si el populismo no se impone o encuentra obstáculos. El gran peligro de no poder asumir la tarea, su misión purificadora y redentora. Este populismo manipula psicológicamente el temor de quedarse sin el “padre” (patria) como fuente del valor personal, de su fuerza, de su identidad. Toda masa populista (o fascista), lo sabemos, vive su identidad en la persona del jefe, poseí­da por ese transfert (transferencia). Este populismo es como una religión de la fuerza, pues es una religión del padre. El populismo que estamos observando posee una lógica que lo hace recurrir a fantasmas identificadores muy fuertes y de múltiples sentidos, los más primitivos: los ligados al honor, a lo í­ntimo de lo que se ha recibido, de lo que ha sido trasmitido, que hay que conservarlo puro, sin mezclas, lo auténticamente patriótico.

El ansia de identidad es indisociable del deseo de integridad, por consecuencia del deseo de pureza. Ellos y el lí­der, mejor dicho el lí­der en su nombre, en nombre del pueblo será implacable en la restauración de los verdaderos valores patrióticos abandonados por el infame partido corrupto. La palabra-clave del jefe populista, que deja caer en su persona el lado positivo y en sus adversarios lo negativo, será siempre preservar: por su parte la preservación de los valores auténticos de la nación y del lado de sus adversarios la preservación de sus privilegios y sus posiciones.

Todas las iniciativas del jefe son anunciadas como exigencias populares o directamente decididas por el pueblo mismo. Los masivos e incontrolados despidos y supresión de secretarí­as se presentan como el profundo deseo del pueblo y el pueblo reacciona con violencia en su propio discurso en las redes sociales. Este pueblo se presenta sediento de venganza y está dispuesto a arrasar a todo aquel que quiera oponerse a sus designios cumplidos y realizados por el jefe. Si el jefe promete la muerte a los mareros, aplauden y llegan a pedir incluso la muerte de los jesuitas por su complicidad y defensa de las maras. Claro esto se expresa en los sitios en donde el fanatismo se cuece en su propio caldo, en los foros en Facebook de Nuevas Ideas.

La ley si resulta un estorbo, se le ignora, se le hace caso omiso, incluso se viola en permanencia la misma Constitución. Lo único que cuenta es la auténtica voluntad del pueblo, expresada y cumplida por el jefe. ¿Hacia dónde nos lleva todo esto? Si observamos incluso sin lupa crí­tica la composición del gobierno se trata de una coalición de la derecha y un amasijo de familiares y amigotes de farras. La polí­tica socio-económica no va a restaurar nada, tampoco innovar: se seguirá en lo mismo, por los mismos carriles de siempre, pero al fanatizar a su pueblo las posibles protestas vendrán cuando el régimen ya haya implantado su impronta dictatorial y absolutista.

El gobierno anterior organizó, por lo menos consintió, la organización de grupos de exterminio, los asesinatos como cumplimiento de sentencias extrajudiciales, se trataba de mareros y como se trata del enemigo designado en prioridad, la inmensa mayorí­a ha aprobado o por lo menos mostró cierto contento, pocos fueron los que protestaron y se indignaron. Este proceder totalitario y criminal no ha desaparecido, pero debemos de darnos cuenta que poco a poco nos estamos acercando a las antiguas prácticas de las dictaduras pasadas.

Si las leyes salen sobrando y no es necesario respetarlas, si la Asamblea sufre y acepta los chantajes del Ejecutivo y los jueces, todos los jueces son considerados como asociados a la misma delincuencia, las instituciones funcionan según el paupérrimo criterio de nuestro Duce nacional y nacionalista, la precaria democracia que deseábamos reforzar ha muerto y la hemos enterrado sin llantos, ni lamentaciones. Aclaro, el nacionalismo del jefe populista no impide para nada ser sumiso entreguista y vendepatria.

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Carlos Ábrego
Columnista Contrapunto

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