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martes, 26 de octubre del 2021

Pintad a Trump una Casa Blanca en un manicomio

Escribo estas líneas horas, días o a lo mejor semanas antes de que se sepa oficialmente quién ha resultado el vencedor en la disputa por la presidencia en los Estados Unidos y, por lo tanto, quién habitará en los próximos cuatro años la mansión conocida como la Casa Blanca.

No niego que me daría satisfacción leer y ver la noticia en los titulares de la prensa nacional e internacional escrita en grandes letras de molde, adornada con una foto del Tío Sam señalando a Donald con su índice derecho: “YOU’RE FIRED”

Empero, más allá de cualquier sentimiento negativo que gran parte de la humanidad pueda albergar en su fuero interno en contra de Donald Trump, es un hecho que hay que esperar hasta que se cuente el ultimo voto o hasta que uno de los candidatos alcance la cifra mágica de 270 o más miembros electores o gane por litigio. Es decir, la suerte todavía no está echada. Aún ninguno de los candidatos ha atravesado el Rubicón, aunque parece ser un vacilón trumpiano o trumpada de ahogado acusar de fraude al contrincante solo por el temor de perder la batalla electoral, con el agravante de no tener prueba alguna que justifique la presunta sospecha. Ahora bien, la receta del “fantasma del fraude” que está proponiendo Trump, es la misma que el Departamento de Estado ha practicado durante décadas en América Latina detrás de bambalinas. Cada vez que un candidato presidencial llegó al poder por la vía del voto popular y éste no tuviera el visto bueno y no cuajara en el menú geopolítico estratégico de los Estados Unidos, la acusación de fraude no se hizo nunca esperar. No reconocieron nunca los escrutinios finales y en muchos casos actuaron manu militari para evitar el ascenso del candidato triunfante, organizando y financiando crímenes o golpes militares. ¿Podrá tener éxito la misma receta casera en la propia cocina?

Raya en lo ridículo cuando Trump acusa a Biden de ser socialista o bien, que el “camarada Joe” va a permitir la penetración del comunismo chino en los Estados Unidos.  Esta acusación más que cinismo o chiste panfletario electoral de muy mal gusto, es simplemente una gilipollez del supuesto archimillonario neoyorquino. Solo los “Hillbillys” pueden creer tales sandeces. Es como creer en la existencia de la Ciguanaba, el Cipitío o el Cadejo, figuras fantásticas en el ideario mitológico de los salvadoreños.  Esto ya parece cosa de locos.

Donald Trump ha hecho de la política un espectáculo y está haciendo de las elecciones un verdadero culebrón televisivo. Recomiendo pues a los norteamericanos, que pinten de blanco un manicomio cualquiera en Washington D.C, ingresen en camisa de fuerza al ciudadano Trump y háganle creer que es la Casa Blanca.

Ahora bien, dejando atrás la ironía y el sarcasmo que me provoca el magnate norteamericano, quiero ponerme serio y astringente. En este sentido, lo importante es preguntarse: ¿Existe alguna diferencia esencial o fundamental político-económica e ideológica entre Donald Trump y Joe Biden? 

En mi opinión, tanto Trump como Biden son caras de la misma moneda imperial norteamericana. La diferencia entre ambos está en que Trump es un tipo prosaico, inculto, mal educado y racista declarado y Joe Biden no lo es.  Por lo tanto, me da lo mismo, políticamente hablando, quien sea finalmente el ganador.

Mientras tanto, seguiré a la espera del escrutinio final, ya que el espectáculo que está ofreciendo Donald Trump es algo inédito en la historia política y diplomática de los Estados Unidos.

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